por Alejandra Gómez Macchia

Comenzó por regir su casa, lo que para la mayor parte de los hombres no es menos arduo que gobernar una provincia

(Tácito)

Claudia Rivera Vivanco cree que gobierna una ciudad de primer mundo. No es así. Vivimos bajo un volcán que está a punto de reventar… y no es el Popo.

Señora Presidenta (dos puntos).

Hace mucho tiempo, antes  de que el internet desafiara a las manecillas del reloj, se acostumbraba escribir cartas a mano dirigidas expresamente a una persona con la cual uno deseaba tener comunicación. Cuando eso pasaba, el destinatario le respondía puntualmente al remitente y se creaba una dinámica que enriquecía a ambas partes.

Se estilaba redactar en los gabinetes  hermosas cartas de amor pecaminoso, también  cartas entre amigos y  cartas para hacer algunas sugerencias o reclamos a las autoridades.

Yo tengo su edad (o soy un poco más grande), sin embargo, le hablo de usted porque creo que uno debe tenerle respeto a quien –bien o mal–  ostenta una posición importante. Usted la tiene, lo sabe bien. ¿O no se ha enterado que es la segunda mujer en gobernar nuestra ciudad?

¿Sabe cuántos quisieran estar en su lugar hoy?

Muchos. Todos en determinado momento fantaseamos con la idea de llevar las riendas, ya no diga de un pueblo o una ciudad, sino de nuestra propia casa. Cientos de políticos de la vieja usanza y politicastros advenedizos morirían por estar en sus zapatos. Sin embargo, el pueblo la eligió a usted, aunque con todo respeto sabemos que ese puesto lo ganó gracias a la resaca de una ola gigantesca que se llama Andrés Manuel López Obrador.

Se llama atracción, y en el lenguaje de los astrónomos (que no de los místicos new age y astrólogos) es la fuerza que ejerce un cuerpo grande (enorme), sobre uno pequeño. Así pues, digamos que si mañana el sol cae al vacío (ese sol que no es más que una estrella menor dentro del universo) arrastraría con él a los nueve planetas y al cinturón de asteroides que conforman nuestro sistema solar.

El ejemplo le puede parecer tonto, pero es preciso entender que su suerte dependió de un cuerpo mayor que la arrastró con él, en este caso hacia las alturas en vez de precipitarla al vacío. Por lo tanto usted debería reflexionar un poco sobre esa ley, la ley de la atracción de los cuerpos, y de hacerlo debería empezar a comprender que necesita un poco de ayuda de aquellos cuerpos viejos (o más experimentados) para que usted, siendo el cuerpo más grande en este sistema que llamamos Ciudad de Puebla, pueda atraernos a los ciudadanos en vez de alejarnos.

Esto lo digo por lo siguiente:

Me acaba de llegar a mi correo su “Plan de acción intersecretarial y ciudadana en beneficio del centro histórico”.

Ufff.

En primer lugar, señora mía, permítame decirle que yo que aspiro a ser escritora me enredé a la hora de leer el título de su plan. Es difuso, confuso y obtuso. Demasiado largo y acartonado. Parece el título de un proyecto hecho por Fidel Velázquez o algún tricératops de la vieja camada priista.

Quien lea eso, de entrada, ya se desanimó. ¿Por qué si usted es tan “cool” no contrata a un asesor de medios o de publicidad que en vez de confundir a la gente le genere interés? Yo que usted hubiera puesto algo como “Sal, y rola la escoba” o algo así.

Pero no me haga caso. Yo solo soy una loba torva que no tiene la menor idea de operación política. En fin…

La cosa es que abrí su invitación a la jornada de limpieza. Leí que tiene usted un

plan muy definido con fechas, con actividades, con mapeo de los sitios y con la lista completa de materiales que se necesitan para que la banda se ponga las pilas y entre todos dejemos el centro rechinando de limpio, o en pocas palabras, el plan es ponerlo chido.

Fíjese que usted no está para saberlo, pero mi hija creció en la ciudad de Montreal, y allá se llevan a cabo ese tipo de brigadas. Se ejecutan con éxito porque realmente la gente no tiene que hacer mucho ya que la municipalidad utiliza los impuestos (carísimos) de los quebecoises para lo que deben de usarse: compran maquinarias brutales para levantar basura y en invierno sacan moles de acero para limpiar las calles de kilos y kilos de nieve que se junta diariamente. Contratan a verdaderos ingenieros, y no se sacan de la manga a periodistas extorsionadores que a cambio de no golpearlos con sus plumas se doblan de constructores cuando no pasaron ni la materia de cálculo o dibujo técnico en la Vocacional 33.

Es impresionante ver cómo en verano la ciudad está de fiesta. Es una celebración poder ver el sol, por lo tanto la gente sale hasta semidesnuda y la ves retirando alguna basurilla o retocando sus fachadas mientras oyen a Leonard Cohen o a Jacques Labrecq.

El trayecto del Mont Royal al puerto es una belleza.

A pesar de que el turismo japonés llega y genera un poquito de basura en la calle, a los cinco minutos se amotina una brigada de voluntarios enviados por el alcalde y limpia el desastre. La gente, claro, ayuda en esos menesteres. Y ayuda con gusto por dos razones: porque el gobierno les reditúa justamente cada peso que pagan de impuestos y porque tienen algo que desgraciadamente nosotros no tenemos: educación cívica y temor a morir sepultados por la nieve.

Con esto no quiero generalizar. Hay mexicanos y poblanos muy limpios, pero también los hay muy sucios (los que tiran basura sin importarles nada), y en el caso del embellecimiento de fachadas y la reparación de calles, recuerde usted que las familias de rancio abolengo que podían pagar ellas mismas el mantenimiento de esas casas porfirianas, ya no viven ahí sino en La Vista o en otros barrios cercanos a Angelópolis. Por eso es complicado que los locatarios se pongan generosos y pinten sus fachadas o se “mochen” con una cooperación para rehabilitar lajas y adoquines.

Ahora bien; mi hija, la niña que vivió en Montreal, vio su plan para las jornadas de limpieza y se emocionó. Me dijo entusiasmada: “hay que ir”.

Creo que ella se vio por un momento en su terruño nórdico, donde los funcionarios se ponen de rodillas igual que la gente de a pie para levantar, ora una cáscara de kiwi, ora un empaque perdido de alguna chocolatina.

Ella, que creció en el orden absoluto de una ciudad como Montreal, ve de lo más natural que la gente se aglutine con valor espartano llevando en las manos armas antisépticas para combatir la polución: escobas, trapos y espátulas.

Lo que no sabe es que acá no es ni Noruega ni Montreal.

No sabe que acá los alcaldes nos defraudan todo el tiempo.

No sabe que a uno le da miedo salir a pintar o a lavar las calles porque simplemente la seguridad no es un horno que esté para bollos.

No sabe que nuestros impuestos valen un bledo.

No sabe que, en efecto, un día podemos salir todos a echarle la mano a nuestros gobernantes por una suerte de civilidad y al siguiente esos gobernantes amanecerán con una sordera crónica por el resto de su mandato.

Recuerde, Claudia, que primero lunes y luego martes.

¿Qué tal si se organiza primero un café en el Royalti con su equipo y se empiezan a poner de acuerdo para limpiar el chiquero que tienen en el ayuntamiento?

A continuación pida que le ayudemos a barrer y a reparar guarniciones.

Lo urgente es que usted haga ciertos cambios en su casa: que se saque esos clavos del pie, que seleccione los materiales: orgánicos e inorgánicos. Reciclables o tóxicos.

No necesita nuestras manos; necesita ejercitar su propio músculo.

Tacto y buen pulso.

De nada sirve jugar al “mundo feliz” si esto no es una novela de Huxley.

Es una ciudad enferma de olvido.

Acá no es Noruega.