por Alejandra Gómez Macchia 

Queridos Beagle, Frenchie, bully y pastores alemanes:

Mi perra me saca a pasear todos los días como supongo que ustedes lo hacen con sus humanos.

Muy temprano me prepara: retira mis legañas de los ojos, me pone el collar y pega dos ladridos para preguntar en dónde carambas dejé mi correa con extensible.

Yo no entiendo muy bien para qué me amarra si desde hace tiempo ya sé caminar pacíficamente por la calle sin echarme a correr.

Sé que puedo morir arrollada por una combi o me pueden robar o simplemente puedo salir corriendo detrás de un bóxer de ojos zarcos que siempre anda pululando por ahí. Sin embargo, a pesar de que odie que me ponga la correa, acepto, sumisa, sus condiciones.

Cuando veo que ya vamos llegando al parque Metropolitano, apresuro el paso y me tironeo para que mi ama, Lizzy, se dé color de que ya quiero soltarme. Eso sucede justo después de ir ahogándome medio kilómetro con la lengua de fuera.

Ustedes saben de lo que hablo, queridos camaradas. Porque al igual que mi perra, llevan cotidianamente a sus respectivos humanos para que les dé el aire y dejen de estar de neuróticos por un momento.

Ya sé que es muy molesto para ustedes tener que ir lidiando con las imprudencias de nosotros, sus infieles mascotas.

Eso de que nos orinemos donde no se debe, y frente a todos los parroquianos, es una inmoralidad. Pero ni modo, de alguna u otra manera tienen que cansarnos para que no destruyamos muebles y sobre todo vidas ajenas cuando permanecemos en casa frente a la computadora y junto a ustedes.

En esta ocasión quiero dirigirme directamente al Beagle que vimos mi dueña y yo el jueves junto a la gran escultura de Amador Montes.

Ya sé, querido y nunca bien ponderado Beagle, que los perros no tienen la culpa de que los humanos a los que adoptan como padres resultemos ser unos pelmazos incapaces de comprender que los perros son perros y que los humanos son los que deberían de pensar.

Lo sé, y créeme que en repetidas ocasiones mi perra me ha soltado dos o tres mordidas y varios periodicazos en el hocico porque desobedezco o me voy con compañías nada gratas.

Estimado Beagle: temo mucho que poco podrás hacer con tu humana. Todos vimos cómo se puso histérica al mejor estilo mono tití cuando mi bully te fue a tirar pura buena onda.

Esa doña no merece que la saques, neta.

Es el peor ejemplar de hembra bípeda que pasea por los jardines. Es obtusa y confusa. Mal encarada y prepotente.

Espero que al menos a ti te trate bien. Ya ves cómo me tuve que poner para calmarla. Disculpa que se me haya salido el barrio.

Cuando Lizzy me adoptó se empeñó en que yo aprendiera a sentarme a la mesa y diera la pata, pero si me enojo recuerdo mis temporadas de solovina y ¡zas!, me brota el avatar.

Esta carta es para agradecer tu prudencia y buen tacto. Los demás usuarios del parque se retiraron muy preocupados porque tu mascota liliputiense amenazó con darle unos puntapiés a mi ama por el simple hecho de haberse acercado a ti dando saltos y lengüetadas.

¿Será que tu mascota-humanoide necesita que ya la cruces?

De ser así te recomiendo al entrenador del cerdito vietnamita que va los fines de semana. Se ve que tiene carácter y en una de esas, doma a tu humana para que ya deje de hacer papelones frente a los camaradas perros que tan amablemente nos llevan a dar el rol.

Antes de despedirme quisiera felicitar a la comunidad canina que día a día nos dan impresionantes lecciones de educación, respeto y fidelidad.

Ojalá un día de estos puedan llevarnos sin correa ni bozal al parque, sin embargo, creo que aún no alcanzamos ese grado de civilidad.

Hasta que eso no suceda, nos encontraremos en los bebederos esperando no avergonzarlos más con nuestros recurrentes y desagradables desfiguros.

Atentamente,

La mascota café de la perra negra.