Luis Miguel Barbosa vivió en el lapso de un año dos campañas atroces: la primera porque el enemigo era un pez gordo difícil de sacar del agua; la segunda porque estuvo llena de agentes anómalos que pasaron del odio al amor cuando vieron sus futuros despeñarse entre las aspas de una aeronave.  

Las historias de todas las guerras se parecen mucho entre sí: un día estás con la corona y al día siguiente te pasas del lado de los colonizados, y viceversa. O hablando en llano: los carniceros de ayer de pronto sueltan el cuchillo y el mandil ensangretado y se pasan a engrosar las filas de las jugosas reses que pretendían sacrificar.

La vida es todo aquello que sucede cuando la dulce-amarga cara de la ironía hace de las suyas y te pone un ventilador en la cara mientras escupes.  

Nadie imaginó que los “mirreyes” fueran a despojarse de sus trajes Brioni y los cambiaran por abullonados chalecos color vino y guayaberas, sin embargo, hay un factor que suele obligar al hombre a hacer lo que despreciaba en los días de gloria: ese factor se llama supervivencia.

La ecuación fue simple: los actores cambiaron de set, y con ello, tuvieron que interpretar su mejor papel en aras de pasar el casting en el que se jugaban, no un rol protagónico, sino un secundario (o de maquillista o aguador).

En estos dos meses tuve la oportunidad de presenciar de cerca el espectáculo del diletantismo en su máximo esplendor: vi a los empresarios más neoliberales formándose para ejecutar el viejo rito del besamanos sin obtener la típica respuesta del receptor de sus loas: Luis miguel Barbosa no es un hombre que se deje seducir con zalamerías.

Lo escuché atentamente en el encuentro de empresarios y en el acto al aire libre con artistas poblanos, y el candidato sabía muy bien quién estaba ahí metiendo la cola entre las patas y quién estuvo ahí desde los días aciagos en los que Moreno Valle expandía su latifundio  mediante toda clase de suerte de prestidigitación.

A este escenario se le debe agregar las deslealtades que sobrevinieron por parte de gente de su propio partido. En dos meses hubo quien osciló de la izquierda a la derecha blofeando un pockerface que no tardaría en desvelarse.

Los resultados de la elección de este domingo dejan muchas lecturas, entre las que destacan tres:

  1. Que la gente de la capital está sumamente descontenta con la forma de gobernar de la alcaldesa.
  2. Que el área metropolitana sufre el síndrome del fifí en peligro de extinción.
  3. Que personajes a los que Barbosa le confiaba una gran operación se sentaron a dormir la calma chicha, no por confiados, más bien porque traían un doble juego.

¿Qué pasará una vez que rinda protesta el gobernador electo?

Para nadie deberá ser una sorpresa que Barbosa haga una selección libre de gluten para conformar un gabinete que saque al estado de la incertidumbre y la zozobra que vive desde hace un año.

¿Quiénes serán los elegidos?

Si la sensatez impera tendrán que ser aquellos que estuvieron desde un principio a su lado, los que se enfrentaron al Golem desde que fue ungido como candidato en 2018, los que no tiraron la toalla en las horas más oscuras –entre la monserga de las impugnaciones y la aparente perdida total– y los que se volvieron a subir al barco ballenero después de que Moby Dick los embistiera en pleno mar abierto.

Ya empiezan a escucharse nombres, pero la especulación es una flor que no da frutos en la tierra yerta.

El pasado proceso electoral fue extraordinario no sólo en el título que le dio el INE, lo fue porque en la animación de ese viaje cayeron varias máscaras.

De lo que no cabe la menor duda es que los operadores de las Cholulas y la capital intentaron meter autogol. El candidato lo supo, y ahora el balón está parado en el área chica de tiro.

Pronto seremos testigos de eso que se conoce como el miedo del portero al penalti.