por Alejandra Gómez Macchia

Al llegar entré al salón equivocado. Ahí se llevaría a cabo una reunión con el candidato, cierto, pero era otro candidato. Al centro se erguía una mesa dispuesta en círculo como para unas cincuenta personas. Entonces vi que ese no era el lugar adonde me dirigía. En ese salón no estarían los empresarios. No vi a uno solo de todos esos hombres que durante años y años he visto en reuniones. En otro tipo de reuniones. Con otros personajes. Personajes, sin duda, que han quedado en el pasado, quizás no en sus memorias, pero sí en sus realidades.

Salí del salón en el que quizás yo hubiera podido combinar bien. Llevaba una falda roja. Rojo PRI. Ese rojo que usan en sus chalecos y en sus camisas los adeptos al partidazo. Sí. En ese salón estaría minutos más tarde Alberto Jiménez Merino, el gris abanderado de un partido que agoniza…

Bajé la escalera y entonces los empecé a ver. Uno a uno. Rostros conocidos para mí: notarios, constructores, contadores, arquitectos. Todos caminaban con cierta sorna hacia la recepción en la que debían dar su nombre para que una hostes les indicara su posición en las mesas.

“Llevo años conviviendo con estos personajes”, pensé mientras caminaba entre ese mundo de corbatas y zapatos italianos recién boleados, sin embargo, esta vez no era igual. Era un contexto completamente distinto. Una mezcla de nerviosismo e incredulidad flotaba en el ambiente.

Entré al lugar y noté de inmediato que era una reserva de testosterona. ¿En dónde están las mujeres?, me pregunté. Para ese momento sólo pude ver a la flamante organizadora del evento, una mujer que se ha abierto paso en los círculos más cerrados de la vida pública poblana: Fabiana Briseño.

No me sorprendió verla ahí. Si hay una mujer que en la actualidad sabe moverse en la política y en el medio empresarial, esa es ella.

Posteriormente llegarían dos o tres mujeres más, sin embargo, como ya lo dije, en el club de empresarios todavía se siente el peso del patriarcado.

Los miré uno a uno. Saludé a varios, a muchos de ellos. Todos me preguntaban lo que se pregunta la gente cuando alguien que escribe llega a una reunión privada: ¿vienes en tu papel de periodista? No, les contestaba. Vengo de invitada, aunque puede que me venza la tentación de escribir algo de lo que vea por aquí.

Antes de que arribara el candidato, los hombres del dinero hablaban de eso: de dinero. Y no sé si mi percepción esté un tanto pervertida, pero sentí que cada uno de ellos estaba pasando por una metamorfosis interna; finalmente, y como conozco a casi todos, también sé a quién apoyaron en la campaña pasada. Ellos lo sabían, yo lo sabía, y lo más importante era que el candidato lo sabía. Uff.

Por una deformación de oficio me fui a sentar a un punto donde pudiera ver la escena completa. Quería mirar los rostros, los pies, las manos, las miradas. Cómo se comportan aquellos que tienen en sus manos el capital que mueve al estado. Cómo ellos, tan habilidosos en sus empresas, reciben un mensaje, un discurso completamente distinto al que estaban acostumbrados.

Recordé haber visto a muchos de ellos en los eventos de los dos gobernadores pasados: de Tony Gali y de Rafael Moreno Valle.

Con Tony ejecutaban movimientos muchos más libres porque finalmente Tony había sido uno de ellos. Un “haye” que vino a aligerar la densidad de seis años en los que ellos, los empresarios, tenían que interpretar otro tipo de papel: uno mucho más solemne y estudiado. Moreno Valle, todos lo sabemos, era un juez implacable de la forma. Y si no estabas en su humor… simplemente no existías.

Hoy todo era diferente, pero el factor Fabiana Briseño fue clave para que esos peces gordos acostumbrados al agua se volvieran anfibios y tocaran la tierra.

Luis miguel Barbosa entró, como siempre, acompañado de doña Rosario, su esposa.

La caminata que transcurre del umbral a la mesa de honor no duró más de cinco minutos. No porque el candidato no diera pie a ser abordado, sino porque los propios empresarios no sabían bien a bien qué coreografía es la que se ejecuta en esta nueva danza llamada la 4T.

Palabras de bienvenida del maestro de ceremonias. Semblanza de la vida personal y política del candidato, quien, mientras escuchaba, asentía a algo que le decía su esposa y pasaba revista por los rostros conocidos.

En esa mesa de honor había sólo tres mujeres: doña Rosario, Coral Cañedo y Fabiana Briseño, que no paró de conversar con la que es, sin duda, la asesora más importante de Barbosa: su esposa.

No recuerdo haber escuchado música ambiental; era más bien un mix de voces, tintineos de plaqué y risas mustias las que invadían el salón. Entonces recordé que alguna vez un experto en imagen política me comentó que si quieres medir el verdadero estado de ánimo de una persona, mires sus pies. Así lo hice. Activé un zoom in en mis ojos para poder observar bajo las mesas, y los pies de esos hombres decían mucho más que sus manos, casi todas recurrentes en el celular. Como cuentista es complicado dejar de fabular y ponerle color y sonido a las cosas: así que al mirar esos pies puse a sonar en mi cabeza “La danza de los caballeros”, la parte más tensa de Romeo y Julieta de Prokofiev que también fue utilizada por la casa Chanel para vender una loción masculina (en el comercial aparecía un hombre peleando con su propia sombra).

Así imaginé a esos hombres: luchando contra sus sombras. Tratando desaparecer por un instante el pasado, porque en ese pasado Barbosa no estaba en su panorama, y ahora estaba ahí, sentado, hablando sobre su plan de gobierno. Un plan completamente distinto al plan inicial que ellos vislumbraban para los siguientes seis años.

Esos pies sin nombre ni apellido oscilaban y trepidaban bajo la mesa mientras las caras iban poco a poco relajándose.

Los hombres del dinero sólo tienen dinero, pero no poder, pensé. Y no sé por qué se me vino a la mente Francis Underwood (el personaje de House of cards) cuando comía costillas bbq en la pocilga del negro Fredy, y a Fredy le contaba como un empresario que no lo quería acabaría queriéndolo precisamente por eso: por el poder. Ese polen…

El discurso de Barbosa es articulado. Es un político profesional de izquierda: esa palabra que tanto miedo les da a los dueños del capital porque el hecho que sean dueños del capital no los hace precisamente expertos en darle una buena lectura a Marx y compañía.

Nuestra sociedad, pensé, sigue dividida por una especie de castas. Las cosas cambian, pero no cambian tanto: así pues, la llamada clase empresarial tiene una relación simbiótica con la clase política y viceversa. Por eso yo no caería en el terrible error de calificar las actitudes de ambas partes como el arte de beber arsénico sin hacer gestos; no, digamos que la unión de esos dos grupos es parte de un sistema, o más bien, de una cadena (como la alimenticia) en la que si uno se extingue, se crea un desequilibrio que puede llegar a amenazar la persistencia del conjunto.

Vi a esos hombres irse desenfadando al darse cuenta de algo: Barbosa avienta dardos que dan el centro. Así fue cuando dijo que no se preocuparan, pues a pesar de que él bien sabía que muchos de ellos no lo habían apoyado en el pasado, su gobierno no estaría peleado con los empresarios.

*Risas menos mustias. Corbatas aflojándose. Un leve descanso en la danza de pies inquietos bajo el mantel.

Pero Barbosa algo o mucho sabe de ironía, así que sacó (no literalmente) el guante blanco de su jacket y les recordó a nuestros hombres del dinero: “no crean que por venir del pueblo no sé convivir con la clase empresarial. Recuerden que he tenido cargos federales, por lo tanto, los empresarios con los que me sentaba son empresarios nacionales”. Acto seguido vi algunas caras volteando a mirar sus Vacheron Constantin y sus Rolex y sus Chopards y sus Patek Philippe…

Al final del encuentro, el candidato se levantó, tomó del brazo a su esposa y salió entre la mar de trajes y corbatas que se acercaban para estrecharle la mano.

Se formaron corrillos para hacer comentarios al calce. Alcancé a oír poco porque el ruido de ciento cincuenta hombres crea una cacofonía imposible de traducir.

Me dirigí a la puerta no sin despedirme de los personajes que conozco desde hace muchos años. No salieron como entraron. Nadie sale como entra a un salón, a un grupo, a la propia vida.

En el pasillo me encontré con uno de los empresarios más boyantes de la ciudad. Tomamos juntos la misma ruta de salida y  en lo que tardó en bajar el elevador me dijo: “¿cómo viste?”. Y por otra deformación profesional le contesté con una pregunta: ¿cómo vio usted?

Y contestó entre dientes: “todo es nuevo. Habrá que adaptarse”.

Salí del lugar y en la camioneta pensé en la palabra “adaptación”. Tenía mucho que ver con el ejercicio de asociación que había hecho mientras Barbosa hablaba y los demás escuchaban. Entonces recordé (por otra deformación de oficio) la escena de “Adaptation” (El ladrón de orquídeas), cuando el cazador de orquídeas le dice a la periodista frustrada:

Él: ¿sabes por qué me gustan las plantas?

Ella: No.

Él: Porque son muy mutables. La adaptación es un proceso profundo. Significa que te las tienes que ingeniar para sobrevivir en el mundo.

Ella: Pero es más fácil para las plantas. No tienen memoria. Son plantas, pasan a lo siguiente, sin embargo, para una persona adaptarse es algo adverso, casi vergonzoso. Es como huir de sí misma.

Fue hasta que crucé la palabra “adaptación” con la realidad de nuestros empresarios cuando pude traducir esos gestos al mirar sus respectivos relojes: todo cambio profundo genera temor.

Y los empresarios no son plantas.

Sí tienen memoria.

Saben lo que hicieron el verano pasado y hoy tienen que huir de sí mismos para no cortar la relación simbiótica que durante siglos ha emparentado al poder con el dinero.