Leo el encabezado de una nota que dice “Estaba México tranquilo hasta que llegó Belinda con su cinturita”, o algo así. Las cabezas de las notas de chismes son bastante confusas. Se necesita subtítulos para entenderlas. En fin.

Y me puse a pensar en la cintura de Belinda. En ese breve pedazo de piel que ha provocado que muchas chavitas y no tan chavitas caigan en la tentación de la bulimia o el cuchillo (a estas alturas del partido y por la gran demanda de cirugías y métodos escabrosos para confeccionarse un cuerpo falso, creo que sale más barato el cuchillo que el vómito).

Belinda es para los millennials lo que Maribel Guardia es para los viejos andropáusicos: un oscuro objeto de sus deseos. Frente a esos dos especímenes, las mujeres de a pie poco tenemos que hacer, ya que las chairas de nuestros maridos o nuestros galanes irán casi siempre dedicadas a ellas y no a nosotras. Qué desolación.

Lo grave acá no es que nuestra pareja fantasee (pobre iluso) con que Belinda o Maribel Guardia los pele un día, más bien lo alarmante es que cada vez más y más mujeres entran en crisis al no poder cumplir sus sueños guarijos de encajar en el estereotipo. Lo jodido es que esos cuerpos no son el resultado de intensas jornadas de ejercicio, sino de la cosmética y el quirófano, sin embargo, no satanicemos a las cirugías, ya que existen personajes como la tal Rosario Tijeras que se mata en el gimnasio y eso no la libra de ser poseedora de un cacahuate garapiñado en la cavidad craneal.

Quizás hablo con ardor, quizás. Pero más que ardor es miedo a la entronización del plástico, lo que se me hace hasta antiecológico.

Llegar a los 40 años es complicado. Muy. Sobre todo para aquellas que alguna vez tuvieron las carnes bien puestas en su sitio y poco a poco esas turgencias ceden a la imbatible ley de la gravedad.

Las redes sociales cumplen un papel importantísimo en la bancarrota emocional de las personas. Vemos cada vez más a las así llamadas influencers, que no son otra cosa que jovencitas insulsas que prestan sus cuerpos como anuncios ambulantes de las marcas prestigiadas, sin embargo, ojo: no todo lo que se ve en el internet es cierto.

Acabo de leer una de esas notas amarillistas en la exhiben a una influencer oriental en su más completa y nauseabunda miseria.

La muchacha, que en Instagram se pasea por los lugares más nice del mundo, fue puesta en evidencia por su casera, quien harta de sus desmanes y sus faltas de pago, decidió entrar a la casa y encontró todo menos el glamur que la chica ostenta en sus redes. Un colchón roto, el tapiz levantado, el baño como relleno sanitario y hasta mierda sobre el suelo… es el verdadero rostro de la bloguera.

Lo anterior debería servir para hacer un alto en el camino y pensar un poco a qué clase de imbéciles le encendemos incienso.

No sé, igual y estoy viviendo los primeros brotes de un climaterio precoz, pero al ser madre de una adolescente que se apantalla con el oropel del Instagram, me pongo paranoica al pensar que la máxima aspiración de nuestras jóvenes sea tener la cintura paralizante de Belinda, aunque sea el estandarte cool de la 4T.