Señora presidenta:

Esta mañana, y desde ayer por la tarde, he estado viendo el video donde el periodista Iván Mercado la entrevista.

¡Qué desafortunadas declaraciones!

Sé muy bien que las redes sociales son una cloaca en donde habitan cantidad de seres reptantes que caminan con la cara mirando al suelo, sin embargo, es en medio de este pestilente ecosistema el único sitio en donde se le ha podido increpar sobre su desempeño.

¿Quién lo ha querido así?

Usted.

¿Le cuento algo?

A lo largo de la historia los personajes de poder han sido caricaturizados y ridiculizados en bellos (y hoy cotizadísimos) cuadros; basta darse una vuelta por El Prado para admirar el doble filo de Goya, quien no escatimó esfuerzos para poner en la pica a los reyes y demás miembros de la corte con una sutileza que hacía parecer que en vez de hacer escarnio de sus torpezas, las alababa. En eso consiste el arte de la sátira y la ironía, sin embargo, acá no es España ni tenemos reyes ni por el zócalo deambula un artista como Francisco de Goya.

Tenemos, eso sí, periodistas ágrafos que hoy se envalentonan para emboscarla. Algunos rayan en la vulgaridad porque lo único que quieren es eso que en el argot se conoce como “Chayo”, y la cuestión aquí no es repetir los errores del pasado, sino echar para adelante.

Esa fue una de sus  promesas en campaña, y los que depositaron su confianza en usted están, créame, profundamente decepcionados.

Entrevistar es un arte, cierto, pero saber sortear las trampas verbales del reportero lo es todo. Alguien que está dispuesto a ser interrogado por otro debe tener reflejos y saber esgrimir, de otra manera queda exhibido. Iván Mercado, que no es precisamente un periodista agudo ni diestro ni culto ni mucho menos avezado, acabó coronándose y llevándose las palmas, cuando en realidad hizo lo que debió hacer siempre con todos los gobernantes en turno: acorralarlos, dejarlos escupir sus inconsistencias, desquiciarlos hasta el punto de hacerlos resbalar sobre sus propias babas.

A partir de ayer, Claudia, su imagen quedó reducida a la de una mujer sin órbita. Y si ya de por sí era usted cliente favorita de los odiadores profesionales y de los periodistas extorsionadores que quieren obra a cambio de quemarle incienso, temo decirle que su falta de reflejos la ha llevado a rodar por los basureros del periodismo aldeano.

Usted dice que no se siente segura. Es más, corrige: no se siente segura desde hace diez años… o más. ¡Craso error, alcaldesa! En este medio salvaje en el que no es necesario ser sino parecer, usted misma se puso de pechito.

¿Ha jugado al Ajedrez? Pues la acaban de poner en jaque.

¿Ha usted oído el término blofear?

El que blofea es un tramposo, claro, pero el que enseña de más sus cartas pierde aunque el contrincante traiga un dos de oros.

Iván traía un dos de oros, y usted con su full abierto permitió que se llevara las fichas.

El término “inseguridad” es muy ambiguo, muy abstracto. Tiene razón: todos nos sentimos inseguros desde hace años, es más: vivir es la peor de las inseguridades posibles, sin embargo, al líder no se le puede, no se le debe notar jamás el miedo, de otra manera pierde el respeto de sus adeptos. A usted, Claudia, le tuvieron cierto respeto mientras emergió como una figura fresca que amenazaba con renovar las viejas prácticas de las que echan mano los así llamados políticos profesionales.

Claudia Rivera, ya se sabe, no es una política de oficio. A Claudia la arroban otras cosas menos mundanas: el teatro, la poesía, la música. ¡Qué maravilla que usted sea tan sensible, presidenta! La gente está (o estaba) harta de políticos acartonados, de trajes Zegna con patas que salían bien en las fotos, pero que poco hacían por mejorar el estado de las cosas en nuestra amada ciudad.

Así llegó usted al Palacio Municipal, con la fuerza que otorga la confianza de miles y miles, y con los tenis Converse dispuestos a gastarse en las calles y en los barrios marginales y en los mercados y en las escuelas. ¡Nada de taconcitos pendejos ni trajes de postín! Usted parecía dispuesta a rajarse el alma para poner en alto el nombre de su partido: un partido en el que usted y su madre y compañeros como mi amigo Javier Palou creyeron desde el principio. Usted era muy joven cuando los plantones en Reforma, y ahí estaba, al pie de lucha… tenemos la misma edad, Claudia, y yo que sepa usted era, como dicen en España, bien cojonuda.

¿En donde quedó ese valor?

La entrevista de ayer fue humillante no sólo para usted, sino para todos sus gobernados. Somos la burla nacional. El video se ha viralizado y los comentarios convergen en un mismo punto: Claudia Rivera está perdida.

Hace unos días escuché la propuesta (no sé si sea suya o de alguien cercano) de que cada poblano salga a las calles a barrer para mantener limpio el paisaje. Déjeme que le cuente algo, Claudia. No está usted innovando…

Hace muchos años la ciudad de Huauchinango fue gobernada por una mujer extraordinaria. Una mujer que hablaba fuerte y rudo. Una mujer a la que, como a usted, le gustaba la poesía, el trago y el teatro (de hecho participaba en obras siendo presidenta); una mujer que generaba polémica y también tenía muchos enemigos. Una mujer que no por encantadora perdía su severidad. Buena amiga de sus amigos, pero cabrona e implacable con sus detractores. Una mujer bohemia, pero sobre todo, una mujer que nació para la política; actividad que practicaba hasta en la forma de delegar los quehaceres en su casa a la hora de ofrendar a sus invitados platillos exquisitos. Una mujer que sabía que la política y las ocurrencias no se llevan. Esa mujer, que desgraciadamente falleció hace un año, era Enoé González Cabrera, y tal como usted, llegó a la presidencia en medio de muchas suspicacias y envidias. El pueblo dudaba que podría con el paquete por el simple hecho de ser mujer. Pero estamos hablando que esto sucedió hace más de veinte años. México era otro. No había otra cosa más que PRI o el exilio.

Esa mujer, entre muchas otras cosas, un día propuso a su pueblo lo mismo que usted está proponiéndole a los poblanos: salir a barrer las calles. Entonces Enoé puso el ejemplo; tomó la escoba, y con su cuerpo enorme y pletórico salió a sudar la gota gorda y barrió la suciedad. Y la gente la amó, ¡claro!, porque puso a su nivel.

Sin embargo, ella sabía que esa acción era ante todo una actividad simbólica. No se repetiría a diario. Fue un apapacho y un bálsamo para cerrar ciertas heridas, pero Claudia, estamos hablando de Huauchinango: un pueblecito encallado en la Sierra. Usted está proponiendo que gente de ciudad salga con sus escobas y barra, cuando ¡oh!, usted tiene ahí la infraestructura suficiente para evitar que por lo menos el primer cuadro sea un relleno sanitario que apeste a meados.

No caiga en el populismo ramplón. En el provincianismo insulso. Eso no sirve.

Tampoco abona en nada que salga usted a anunciar si sus cámaras de seguridad sirven o están desconectadas. ¿Le digo algo? Nuestra sociedad funciona también mediante actos de fe, y la fe, dice Nietzsche, es colgarse de una mentira.

Como cabeza no puede darse el lujo de sembrar incertidumbre y miedo entre los habitantes. Recuerde que cuando uno es niño los papás hacen todo para que sus hijos no vivan asustados: montan hasta puestas en escena en las que todo parece estar bien; así donde no hay para jamón, ponen mortadela; o donde no llegan los reyes magos, aparecen de pronto caballitos de palo.

Con esto no digo que usted nos mienta, pero permítame decirle una cosa: perder la ilusión es peor que perder la confianza (o el amor), y usted hoy por hoy gobierna una ciudad llena de desilusionados.

Esos desilusionados pronto se repondrán, si no es que ya se repusieron, y son los que piden a gritos que usted se vaya del cargo.

¿No le duele, Claudia?

¿No le duele ser el centro de la burla y la indignación?

Cuando un rey abdica (como el Eduardo VIII que dejó el trono por irse detrás de las faldas de la actriz Wallis Simpson) la gente enfurece, pero a la larga acaba por agradecer ese rapto de sensatez. ¡Para qué quiere uno un rey enamorado! Asimismo  le digo respetuosamente: ¿para qué queremos los poblanos una presidenta sensible que tararea las canciones del peor Joaquín Sabina si la ciudad se cae en pedazos?

Ha pecado usted de omisión, de sordera y de soberbia.

Roma no se construyó sola ni en un día, pero bastó que llegara un necio que no oía consejos para que ardiera.

Ni Plinio el viejo ni Dion Casio pudieron contener el desastre.

Claudia: no sea usted la villana del cuento.

No se deje tragar por los lobos, pero permita que le enseñen a morder cuando es preciso.

La ciudad no es sólo suya; se la pusimos en la manos y la está incendiando.

No sea usted el Nerón que calza Converse de esta historia

Atentamente,

Alejandra Gómez Macchia