-Llevo mucho tiempo en recesión. Soy una adicta en retiro. Mi nombre es Alejandra Gómez y me gustaba abrir el celular de mis parejas. Pero sólo por hoy no lo haré.

-¡Hola, Alejandra!

Entrometerse en la vida privada del otro genera trastornos mentales severos. Codependencia neurótica y en casos gravísimos hasta un cáncer de colon debido a los entuertos.

Como dije al inicio estoy en constante rehabilitación, gracias a eso hoy puedo presumir que, si no soy enteramente feliz, por lo menos vivo muy tranquila.

Sin embargo, no todos pueden llegar a este estadio de gracia. Se requiere de una voluntad férrea que se obtiene a partir de que uno toca fondo y se ve a sí mismo como un criminal que pasa huyendo toda su vida no sólo de sus demonios, sino de los ajenos.

Viví años metiéndome arponazos virtuales. La adrenalina es una droga dura que  mata lentamente pero con el paso de las dosis tu cuerpo pide más y más. Y no es que te guste, es que la necesitas. La mente no puede con la idea de que alguien más pueda burlar tu inteligencia. Se llama dolencia del ego, se llama inseguridad, se llama inmadurez y ganas de echar al traste las cosas.

Los adictos no saben que son adictos hasta que llegan a grados superlativos de ansiedad: les tiemblan las manos, se les va el hambre y desarrollan el sentido de la vista a niveles impensables. La cosa empeora por el hecho de que el enfermo cree que esta actividad lo dota de una especie de clarividencia. Los más atascados se meten en el papel de médiums o de pitonisos capaces de predecir acontecimientos que no han sucedido y que tal vez jamás sucederán. El trastornado emprende un viaje sin retorno a los quinientos círculos del infierno; el primero se llama duda, los que siguen tienes nombres tan demenciales como: mistificación, fragmentación de la realidad real, fragmentación de la realidad falsa, abducción inducida a huevo a zonas del pensamiento masculino inexplorado, temporada de harakiris, ring de pelea con tus sombras, desambiguación, desdoblamiento nocturno en busca de la clave cambiada, etcétera.

No es que yo haya vivido en carne propia todos estos padecimientos, pero sí tuve que estudiarlos de cerca para poder asimilar la gravedad del trastorno y de paso hacer una novela.

Tenía mucho tiempo que no escuchaba alguna historia desastrosa originada por la curiosidad mal encausada de una dama que duda de la fidelidad de su varón.

Fue apenas hace unos días cuando recibí la llamada telefónica de una víctima del espionaje femenino que reviví mi propia experiencia ya como una anécdota superada, y lo que sentí fue pena y angustia por la mujer que se acaba de lanzar al estrellato en el duro oficio de hacerse una psicópata profesional.

El amigo que me contó su triste historia no es, como nadie, una perita en dulce. Y creo que lo que pudo haber encontrado su chica en el teléfono por lo menos le debería de merecer un mes de manita de puerco y cinco patines en las gónadas, sin embargo, en esta ocasión escuché atentamente el lado B de la historia, es decir, la que no me había tocado vivir.

La cosa estaba clarísima: él no estaba dispuesto a vivir en la paranoia cuidándose el teléfono para evitar que de esa manera su dama se volviera la más puntual celadora de su bragueta.

No pude evitar reírme un par de veces puesto que todo lo que me iba narrando (cómo la cachó espiando y la charla que sobrevino luego de la hecatombe) me recordó la esterilidad de los mimikis.

Mi consejo fue uno y fue sincero: como buena remisa te puedo decir que si lo dejas pasar la situación se tornará insostenible.  Tu vieja se volverá Glenn Close en “Fatal atraction” sólo que sin las piernas ni la fama ni el dinero de Glenn Close. Te matará un conejo en vez de un pollo, le saldrá un tercer ojo y no será recordada precisamente como un cíclope. No regreses. Con lo que vio basta y sobra. Ya abrió la Caja de Pandora. No valiste madre tú, finalmente lo que leyó es el garante de que tienes tus repuestos. La que valió madre es ella. El infierno está de su lado, ¿lo quieres compartir?

Colgamos.

Miré hacia mi ventana, justo en dirección del edificio en el que despacha mi galán. Di una fuerte bocanada a mi cigarro y repetí tres veces el mantra sagrado de los ex adictos: Ojos que ven, cuernos que no se sienten.