Pues ¿qué es un libro en sí mismo? Un libro es un objeto físico en un mundo de objetos físicos. Es un conjunto de símbolos muertos. Y entonces llega el lector adecuado, y las palabras -o, mejor, la poesía que ocultan las palabras, pues las palabras solas son meros símbolos-surgen a la vida, y asistimos a una resurrección del mundo.

Jorge Luis Borges

Por Aldo Cortés

Querido lector… no hay nada como volver a escribir. Cuestión de gustos, de talento, de dotes, de afinidad, pero, sin duda, todos ­–valga lo genérico– sienten el deseo, la necesidad, el instinto creador de retornar a las aficiones, a los amoríos, a los impulsos y a los símbolos.

Cuanto más leales, más dignos. Que nada es necesario en esta vida, ni siquiera nacer y, con todo, las semillas no paran de sembrar y, en algún momento, de germinar. Son las cosas en sí mismas.

Esta entrega me gustaría dedicársela a mi amiga y “jefa” –porque uno debe reconocer jerarquías– de esta Revista: Alejandra Gómez Macchia.
Alejandra ha debutado en la vida literaria –que no mundo de la literatura, porque siempre ha sido escritora– con su libro de cuentos Bernhard se muere. ¡Enhorabuena!

¿Qué podemos esperar? Nada serio, desde luego. Alejandra ríe casi todo el tiempo, le acomoda el tiempo que sea, puede pasar de un verso sublime a piropo clandestino. Sin duda, su talento dimana de esos pequeños gestos, de esas pequeñas conductas.

Los escritores rara vez son como sus obras. Muchas cosas ocurren lejos de la máquina de escribir, hay que escarbar el pasado corriendo el riesgo de ensuciarse, elegir cada palabra como si un Génesis dependiera de ello. Es tarea ardua, sin duda. El ingenio es la ironía revestida de aceptación.

Hoy toca reconocer tan plausible y loable logro de Alejandra. Y me gustaría refrendar el clamor de su pluma citando algunos párrafos escritos por mí, pero olvidados en algún rincón esperando a algún lector que les dé vida:

Comienzo por delinear tu silueta, por decirle que fuiste mi hogar. – Sabes viejo, somos animales marcados por la firma de un destino, pese a ello, permíteme contarte: Estoy por mi cuarta línea, muy cerca de perder la razón. No tengo una excusa para beber -nunca la he tenido-, pero siempre debe terminar… Ella coge el vuelo y se apresura a salir, su sonrisa tiene otra intención, hará algo más que pasar el rato. Me trata como un extraño, como quien se sabe capaz de controlar el fuego; me incita a susurrarle cosas que llevan a la hoguera, decirle que veo más allá de su sexo; hace de mi nombre música. Me excita ser su dependiente. Sus curvas incitan a la rectitud, la soltura de sus labios es como un verso inacabado, disimula su nerviosismo saboreándolo. Me coge la mano y dice que la siga. Ella dice que es mejor con las luces apagadas. Me acorrala con jadeos, con sus ojos en los míos, el contacto con su piel es el aprendizaje de un nuevo idioma: su cuerpo ayuda con mi mímica. La furia de su alma es como un halo de luz entre la penumbra. Ella asevera que soy presa fácil, le respondo que, de ser así, intente aprisionarme y dejarme abandonado, porque me gustaría tenerla como vicio. Ella cree que mis emociones son susceptibles como las de un niño, pero no sabe que dejé mi impulso enfriar. 

Antes de ir a la cocina, reviso la cama; a veces pienso que aún quedan palabras nuestras entre las sábanas.

– No abuelo, no te entiendo. La única divinidad en la que creo es que ella fue mía. Es tierna en tal forma que te deja sin palabras; ¡mírame!, apenas puedo decir su nombre sin que se rompa mi voz. Algunas personas hablan del “amor a primera vista”, ya sabes, las mentiras que le dices a un niño para que crea en la magia; no estoy seguro de creerlo, pero si sí, dime que estoy equivocado. Porque la verdad es yo la amaba desde antes de conocerla. Algunas veces juraría que sus ojos me dicen lo que quiero escuchar.

Me asfixia el recuerdo. No hay peor nostalgia que añorar lo que nunca fue. No hay peor remedo que amar lo que ya se marchó. Sigo aquí varado, donde me dejaste; es la única forma de imaginar

[…]


En definitiva, sí creo. Pero ya fue. Esto es lo que soy ahora.

Mis respetos Alejandra, todo aquel que escribe, bien o mal que lo haga, los merece. Sin duda, Bernhard no ha muerto. Tu pluma fénix lo ha hecho renacer.

¡LA LITERATURA NOS HARÁ LIBRES!