Rolf Monheim, un clásico del estudio de las zonas peatonales alemanas, asegura que: «una ciudad sin áreas peatonales representativas parece ahora desesperadamente anticuada».

Lástima que sólo cuando nos conviene anhelamos alcanzar el estatus de primer mundo, y cuando no, simplemente nos agazapamos en el provinciamismo cemitero.

Soy parte del número de la siguiente estadística: del 20% de los poblanos que se mueven en carro todos los días por la ciudad, sin embargo, no lo hago porque me guste, lo hago porque siempre ando de prisa y soy impuntual y urjo trasladarme de un lugar a otro en el menor tiempo posible.

Mea Culpa: acepto que cada día cometo una o dos o tres arbitrariedades viales al volante. Por eso soy una de las caras más conocidas en la oficina de tránsito, a la que voy muy seguido para recoger la placa que me quitan o la licencia que me recogen por ir con el teléfono en la mano, pintándome, por invadir carriles del metrobús o conducir ligeramente ebria o muy ebria.  

Trato de ser lo más sincera posible. Ya alguna vez narré en este mismo espacio mi aventura en los separos, cuando en medio de una noche de copas quise burlar el alcoholímetro y los policías me llevaron al botiquín.

En esa ocasión tampoco me resistí al castigo por una razón: pensé en el hecho de que tengo una hija que ya sale a los antros y que va a pie por la avenida, supuestamente segura, como para que de pronto una arbitraria pasada de tragos se vuele la banqueta y suceda algo espantoso; una tragedia que se puede evitar de una sola forma: siendo conscientes de que la calle no es nuestra y que por más palancas que uno pueda tener o por más diestro que uno llegue a sentirse al volante, una pestañeada o una imprudencia puede culminar en joderle la vida a no sólo a una persona inocente, sino a toda su familia.

Mucho alboroto ha generado la instalación de macetones y bolardos en las calles de Puebla para favorecer al peatón. Medida impulsada por Claudia Rivera que me parece un acierto precisamente por lo que escribí en los párrafos anteriores.

No sé qué nos pasa a los poblanos que, literalmente, ningún chile nos acomoda. Nos quejamos constantemente de la falta de seguridad y olvidamos que la seguridad no es sólo evitar ser asaltados o secuestrados, sino también  poder caminar libremente con tus hijos por la calle sin el temor de que nos arrolle un briago o una señora que vaya chateando o un cafre a bordo de un camión.  

No sólo es plausible que la presidenta haya puesto estas barreras anti-imprudentes, lo que seguiría es que se peatonizara el centro, por lo menos el primer cuadro.

No vayamos tan lejos, Oaxaca es una ciudad en la que se puede transitar seguro por el centro, y además de no correr riesgos se ve preciosa.

Me da mucha risa cómo para unas cosas el poblano se siente europeo, sobre todo español, y para otras no puede esconder su poco mundo.

Ya sé que acá no es Viena, sin embargo, dejemos de lado el asunto estético. Lo que los quejosos quieren es una callesota gigante para, según ellos, moverse más rápido. Callesota para sus carrotes (Puebla sigue siendo la ciudad número uno en compra de autos de lujo).

¿Y la ecología, apá?

No le pidas a un poblano que viva por Angelópolis que vaya a caminar al centro, ¡ah!, pero qué tal se les ve en NY tomando sus cabs amarillos, sintiéndose Woody Allen (quien por cierto jamás aprendió a conducir).

Si bien en varias ocasiones he sido crítica con la presidenta, hoy puedo decir que la idea de las macetas y los bolardos es un acierto.

Lo dice una conductora empedernida, una ñora de camioneta de esas que abundan y que mojan al peatón cuando van hechas la mocha porque perdió el tiempo en su casa y llega tarde a la cita.

Espero poder modificar mis hábitos y ser puntual, dejar de chatear en el carro y no manejar cuando me eché mis quiebres.

Lo que necesitamos los automovilistas es abandonar la idea de que las calles son nuestras. Y levantarnos más temprano. Y soltar el teléfono por un momento. Y aceptar que si somos briagotes , es mejor hablarle a un Uber.