Por Claudia Luna

Hace unos días recordé la exhibición del artista español Eduardo Arroyo. La pintura que recibía la muestra, El divorcio de Fantomas,me conmovió. Me quedé mirándola inmóvil, como plantada.

Esta obra es un díptico, es decir, una pintura realizada en dos lienzos separados. La obra muestra los retratos de una mujer y un hombre. La figura del varón está de cabeza y ambos tienen una máscara negra y plana que les cubre el rostro, casi como un manchón con huecos por los que se asoman ojos y boca. Aún más, ambos retratos están unidos con un solo marco. Quizá para enfatizar que, sin importar qué, siempre existirá un vínculo entre los dos.

En la exhibición, veía la pieza a la vez que me llegaban ideas en cascada. Los personajes, aunque estaban cubiertos con máscaras, no dejaban de ser ellos mismos. Tapaban su rostro para ocultarse de quien eligieron como compañero. También pudiera ser que uno le puso la máscara al otro para no verlo más. Y, bueno, tenían perspectivas opuestas del mundo, ya que uno de ellos estaba de cabeza.

Al principio pensé que el artista había utilizado un antifaz de color negro para expresar dolor por la separación pero, ante la mirada serena, casi indiferente de los personajes, inferí que más bien hacía referencia a la oscuridad o incapacidad de ver a la pareja. En algún momento dejaron de compartir su verdadera esencia con el otro, optaron por cubrirla o, posiblemente, dejaron de ver a su compañero de vida como en realidad era para mirarlo como a un encapuchado, un ser oscuro y terrible. Parecería que así es como sucede en la realidad. Todos hemos escuchado a algún amigo divorciado hablar de su ex como si se tratara de un monstruo, pariente del mismísimo Freddy Krueger.

Hace unas semanas, cuando hablaba con un amigo que se había separado, me comentó que mantenía una relación “civilizada” con su ex esposa. Supongo que esa es otra manera de tapar la cara de la que fue su pareja y no recordar los momentos lindos que compartieron o, tal vez, de olvidar los gritos y sombrerazos que los llevaron a la separación.

Hay tantas historias y razones alrededor de un divorcio como separaciones en sí. Pero quizás una de las más comunes sea que uno de ellos no cumplió con las expectativas del otro, cualesquiera que éstas hayan sido. Y aquí me parece que radica el verdadero problema. Por lo general, nos unimos a otra persona esperando obtener “algo”, aunque ese algo pocas veces se consiga o no de la manera en que lo habíamos imaginado.

Más de uno espera que, tras la unión, el bebedor dejará la copa, el flojo se tornará en un trabajador incansable, el mujeriego no mirará más a otras mujeres y el comprador compulsivo se volverá un perfecto administrador. Resulta tan absurdo como el que vive en la montaña y añora despertar frente al mar. En cuyo caso haría más sentido cambiarse de zona postal, como también sería más provechoso mirar a nuestro cónyuge de frente, sin máscara y asumirlo como, en realidad, es y como al que nosotros mismos elegimos.

Después de mirar largo rato El divorcio de Fantomas, estuve segura de que la mujer y el hombre de la pintura no eran seres terribles, sino un par de personas cualesquiera. También entendí que todos los que vivimos en pareja hemos usado una máscara en algún momento o que alguna vez le hemos puesto una a nuestro compañero. Posiblemente el reto consista en darse cuenta de que lo hacemos o del momento en el que lo hacemos.