Por Carlos Meza Viveros / @CMezaViveros

La muerte de don Enrique Montero Ponce me conduce hacia la consideración de dos temas fundamentales: la pasión y los sueños.

Es de lo más común que cuando alguien muere, sus amigos o conocidos lo homenajeen desde la visión empírica, es decir, que comiencen sus elegías o sus memorias con el muy recurrente “conocí a… en el año de… mientras estábamos en…”. Es una fórmula infalible, cierto, pero al hacerlo de esa manera, el que escribe termina por hablar más de sí mismo que del personaje a quien se intenta recordar.

Hoy la prensa se llena de datos (duros) sobre el viejo periodista al que todos conocen como “el decano”: etiqueta pomposa que funciona para elogiar sin tener que ahondar mucho en las verdaderas virtudes que llevan a un hombre a ganarse el título.

Leo desde la sala de espera de un aeropuerto los tuits y los textos de cientos de poblanos que se conduelen por la partida, no tanto del hombre que día a día durante más de cincuenta años acompañaba a los madrugadores o a los noctámbulos que prolongan la vigilia hasta el nuevo amanecer, sino a la institución del periodismo.

Creo, sin embargo, que don Enrique fue un personaje mucho más complejo que aquel que la gente refiere como el perpetuo mensajero de las buenas y malas noticias que nos arrebataban al despertar. Un personaje, que como buen hombre de poder y de apetitos (y obedeciendo las premisas fundamentales de su oficio) pintó durante años frescos desde una paleta cromática cuyos colores no provenían de materia mineral, sino de preguntas, dudas, y de vez en cuando de los necesarios blancos del silencio.

El comunicador es un retratista de la historia, por lo tanto, forma parte de la clase política. En otros lugares, en otros tiempos en donde gobernaba la monarquía, el pintor (que hacía la crónica sobre lienzos) era parte de la corte. Goya fue uno de ellos. Velázquez, otro. Uno más crítico que el otro. Asimismo sucede y seguirá sucediendo en el periodismo de hoy a falta de esos grandes pintores- cronistas que, después de la corriente del muralismo-nacionalismo, han brillado por su ausencia. 

Hace un par de semanas sostuve una plática con Mario Montero Serrano, hijo de don Enrique, y fue inevitable que el río de la conversación nos llevara a desembocar la charla hacia la extraordinaria vida de su padre. Días previos a este encuentro, la familia y los colaboradores de Tribuna ofrecieron en el Libanés una gran fiesta para conmemorar los cincuenta años ininterrumpidos de don Enrique en su noticiero, sin embargo, decir que fueron cincuenta años es inexacto, ya que su carrera empezó mucho antes y tuvo como punto de partida, no la política, sino su otra gran pasión: el deporte.

Generaciones y generaciones de poblanos escuchamos siempre dentro del noticiero los comentarios deportivos a los que don Enrique le prestaba una atención especial. Era, por decirlo de alguna manera, la parte más noble, más afable dentro del programa, teniendo en cuenta que vivimos en un país, en un mundo en el que abundan –sobre todo– las malas noticias.

Mario y yo quedamos entonces en que mi hijo Charly entrevistaría a don Enrique… cosa que dadas las circunstancias evidentemente se ha malogrado.

Hubiera sido muy interesante para mí ver cómo mi hijo interpelaría a esa voz que él siempre escuchaba de rebote, y entre sueños, mientras su padre se alistaba para salir a cumplir con sus deberes como secretario de gobernación en tiempos de Bartlett. Don Enrique, para muchos, para miles de poblanos, era el complemento necesario para arrancar el día junto al primer café de la mañana: ese estimulante maravilloso que le regresa al hombre al rango de ser humano después del largo viaje de la noche hacia el día.

No me entretendré mucho en enlistar los logros, los reconocimientos, los récords que rompió Montero durante su trayectoria; eso lo encontrará el lector en cualquier nota que lea hoy al googlear su nombre.

Me gustaría más irme por otra ruta: la de la pasión de aquel que sacrificó las horas en las que un hombre común ocupa el sueño para repararse de las vicisitudes del trabajo.

Se nos hizo común, se nos hacía muy fácil encender la radio y oír la voz rasposa de Montero Ponce.

Las cosas, cuando se vuelven cotidianas, pierden en los demás esa capacidad de asombro. Pocos se detienen a pensar cómo la actividad de un noctámbulo se prolongaba puntualmente al amanecer sin falta, sin retrasos. Pasara lo que pasara fuera lo que fuera, como en el cuento de Monterroso: “y al despertar, don Enrique seguía ahí”. 

Este texto-elegía es un elogio a la persistencia de los sentidos a través de una odisea que durante más de medio siglo le ganó tiempo al tiempo dadas las pocas horas de descanso que se impuso nuestro personaje.

Quienes como yo padecemos de la obsesión de seguir trabajando en las pocas horas en las que nos asalta el sueño, sabemos que la falta de éste se convierte en la normalidad.

No sé cuántas horas habrá dormido en su vida don Enrique, supongo que pocas, muy pocas, sin embargo, hasta su último día el elemento que suplió la melatonina –que es la sustancia que nos induce a dormir– fue la pasión.

La ciencia, tan fría y exacta como es, asegura que un ser humano pasa casi la mitad de su vida dormido. El dato es correcto en la mayoría de los casos. Hasta el velador de las fábricas habrá de cambiar su biorritmo y acostumbrarse a pernoctar vampíricamente con el sol encima.

Ahora mismo espero la llegada del vuelo que me llevará a cruzar el Atlántico hacia mi casa. Pienso en lo mucho que se escribe sobre don Enrique. Todo lo que dicen es cierto. Sus virtudes, sus defectos. Finalmente, todo hombre es siempre una suerte su propio retrato claroscuro.

Espero el avión con los sentidos aguzados. El sueño también –en mi caso– es una flor que no se da en todas las temporadas.

Pienso que si el hombre ha de pasar media vida durmiendo, la cuenta de su edad debería dividirse en dos. De ser así, la pasión de don Enrique Montero lo llevó, sin percatarse, a llevar una vida extra sobre la que se cuenta como vivida, ergo, don Enrique no tenía la edad que hoy dicen lo diarios.

Fue un hombre que vivió 91 días de día y otro tanto igual de noche.

Le faltó muy muy poco para llegar a consumar lo que Borges decía sobre su familia: crear una nueva raza de inmortales.

Mientras tanto, y si la ciencia no nos otorga pruebas de que en la siguiente vida uno sigue siendo uno, deseo que don Enrique Montero descanse (al fin) en paz.

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