Para Aldo Cortés, en respuesta a su texto de ayer.

Tala

Por Alejandra Gómez Macchia

“En el principio, Dios creó los cielos y la tierra”.

Punto.

Ese es el arranque de todo. O de todo lo que algunos (millones, miles de millones) han creído que sucedió. Es un inicio que abre y cierra. Un arranque contundente. El personaje es Dios, sin embargo, aún no sabemos quién es Dios, ni por qué o para qué creó los cielos y la tierra. Ni sabemos qué sigue. El libro empieza así para todos. Con el alumbramiento de todo, de lo más grande. No es el universo, no el mar: los cielos y la tierra: en donde cabrá mucho o poco, o la nada. Hubiera estado bien que fuera la nada…

¿Quién la inventó? El mismo autor que ha dicho que en el principio… ¿fue eso realmente lo primero? O antes de eso estuvo ahí el vacío, la nada. La oscuridad.

Le conocen como bereishit (hebreo). En inglés también suena muy bello, tanto así que existen piezas musicales que se apropian de esa frase. Mike Oldfield, por ejemplo, abre su mejor disco con una voz en off dentro de un evidente caos diciendo: “In the beginning God created the heavens and the earth”.

En el principio. Los cielos y la tierra.

El autor comienza justo aquí su relato. Su principio fue algo, fueron los cielos y la tierra. Así lo decidió. Así lo pensó y así pasó a la historia. Su libro, huelga decirlo, es la obra de ficción más leída de la historia, y arranca así: “en el principio, Dios creó los cielos y la tierra”. 

No inicia con un verbo que acelere la frase. 

Tampoco empieza con lo que hubo antes de los cielos y de la tierra (una célula, una chispa, un átomo, oscuridad, polvo). El autor descarta el vacío. Descarta la nada. Quizás porque la nada es tremebunda. El vacío, misterioso. El autor esboza el escenario, el primero, donde posteriormente se desarrollará el relato, todos ellos.

En cualquier otro momento de la historia, estos elementos están ahí, pacientes, suspendidos. Quizás ya nadie lo notará después, sin embargo, en todos los cuadros, en cada una de las escenas –no sólo de este libro, sino de todos los que seguirán y formarán así el acervo literario del mundo– habrá un cielo y una tierra. Sin que se noten. 

En algunos casos se les hará referencia, y si no, que no les quepa duda: estarán ahí como un recurso fantasma que contiene todo. Los cielos y la tierra. El autor de La Biblia no fue Dios, pero se parece a lo que nos han querido enseñar que es Dios: un ente dotado, total, un mistificador. No fue Dios, pero como si lo hubiera sido: ese arranque de relato permanecerá en la memoria de todos los hombres, siempre. Los niños (lectores o no), los adultos (lectores o no), los viejos lo habrán escuchado por lo menos una vez en su vida. Génesis, versículo primero. Así se llama el arranque de libro más famoso del mundo.

Hablo de inicios de novelas o de cuentos o incluso de poemas, porque es, secretamente, lo primero que pienso al despertar. No lo primero que veo. Lo primero que veo es el cielo y el volcán y un edificio horrible de cristal que tapa el paisaje.

Cada mañana tomo una foto de ese cuadro, y nunca es el mismo: nunca tiene los mismos colores. Las nubes suelen hace la gran diferencia. Las nubes y la hora que es cuando despierto. No veo mis manos, ni mi almohada ni los travesaños del gran ventanal. Miro fuera. Luego, minutos más tardes, miro dentro. Y escucho. Escucho los ruidos de mi cabeza, las voces que la habitan, y esas voces, casi siempre, buscan el inicio. El arranque de una historia. No la historia ni la crónica del día venidero, sino el arranque de una nueva historia que habré de escribir. Porque para mi mala fortuna a eso me dedico: a escribir. Y el que escribe, escribe todo el tiempo: no en papel, no en un procesador de textos con manzanita en la tapa, sino en su propio procesador de textos: la cabeza.

Cuando comencé a escribir como única forma para ganarme la vida, pronto descubrí que mi producto dependía de eso precisamente: de la frase inicial. Si tu frase es débil, quien la lee pierde de inmediato el 50 o el 60 por ciento de interés. He leído arranques de novela y de cuento que no prometen absolutamente nada, pero yo soy una lectora necia, y esa necedad es buena ya que le da oportunidad al libro, al autor, de mejorar, de superarse, y en muchísimos casos sucede. No todos los libros tienen arranques memorables. Los que tenemos el gusto por la lectura no recordamos todos los inicios de esos libros, sólo los que nos trastocan o infunden dudas. Thomas Bernhard, mi ídolo literario, pensaba que era eso –la duda– lo que lo llevó a no suicidarse en la temprana edad ni en el otoño de su vida. La duda te hace recular, te hace ir más allá, te genera un sentimiento de vacío que debes llenar.

Así con los libros que NO tienen arranques espectaculares.

Pero hay libros que sí los tienen y que todos no sólo recordamos, también los mentamos y hasta los utilizamos a placer tergiversándolos, jugando con ellos.

Así también lo la vida, que se parece tanto a los libros, o los libros se parecen tanto a ella. Sin uno evidentemente,el otro no existiría.  

Y en nuestra vida, en cada día que pasa, hay nuevos inicios, nuevos arranques que pueden o no iniciar con una frase que se recuerde.

La condena que para muchos significa el matrimonio, inicia, por ejemplo, con un “Sí, acepto ser tu esposa y amarte y respetarte, y etcétera”. Y de ahí, el nudo, el desenlace, o… el vacío.

Lo duelos inician, paradójicamente, con una palabra que no evoca un principio, más bien un final, pero hasta los finales tienen un punto de partida: “Adiós”.  Las despedidas son situaciones que abren, que inician, que dan paso a otra cosa, aunque esa otra cosa sea la muerte, que seguramente también sea el inicio de algo; o al menos eso esperan todos los que creen.

Podría abundar en esto y jamás terminaría. Esto es, de hecho, el inicio de algo: quizás de un ensayo que se me antoja escribir.

Este texto arrancó en mi cabeza anoche, justo cuando el día terminaba, lo que confirma que los finales también son inicios de algo.

Pararé aquí a mi mente y enlistaré los mejores arranques de libros que recuerdo. Aquellos que han abierto no sólo la primera página de una aventura, de mi romance con las letras; sino que han cambiado de alguna o de otra forma mi manera de ver el mundo. Algunos son de una belleza sublime, como uno de García Márquez, de quien curiosamente solo me gusta ese inicio. Suele suceder en todo. Volvemos a la propia vida, hay días que son redondos, que son principio y fin de una historia, como aquel que conoce a una dama en medio de una vacación veraniega, la besa, le gusta, pasa la noche con ella, y nunca la vuelve a ver. Sus respectivas historias personales entonces quedan al margen del otro. En ese inicio está también el fin. Y luego, el vacío, que es, oh sí, el verdadero inicio de todo. No es el cielo ni la tierra: es la nada. El cero. El Bereishit.

1. Anna Karenina, de León Tolstoi

“Las familias felices son todas iguales; las infelices lo son cada una a su manera.”

2. Tierra Baldía, de T. S Eliot

“Abril es el mes más cruel: engendra

lilas de la tierra muerta, mezcla

recuerdos y anhelos, despierta

inertes raíces con lluvias primaverales”

3. Lolita, de Vladimir Nabokov

“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta.”

4.  Historia de dos ciudades, de Charles Dickens.

“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación”.

5. Pedro Páramo, de Juan Rulfo

“Vine a Comala porque me dijeron que aquí vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”.

6- La metamorfosis, de Franz Kafka.

“Cuando Gregorio Samsa se despertó en la mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un horrendo escarabajo”.

7- El extranjero, de Camus

Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: “Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias”.

8. Las Ruinas Circulares de Jorge Luis Borges

“Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra.”

9. Mrs Dalloway, de Virginia Woolf

“La señora Dalloway dijo que las flores la compraría ella misma”.

10. Crimen y Castigo, de Dostoievsky

“Expiraba una tarde sumamente calurosa de comienzos de julio cuando un joven abandonó en cuartucho que alquilaba en el pasadizo C”.

11. Inmanejable, de Lucia Berlin

“En la profunda noche oscura del alma las licorerías y los bares estás cerrados”.

12. Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez.

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.

13. Moby Dick, de Melville

“Call me Ishmael”.

14.  El túnel, de Ernesto Sabato

“Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y  que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona.”

15. El fin de Alice, de AM Homes

“¿Quiñen es ella, afligida por esta adicción, ese gusto extrañamente adquirido por la carne más tierna, para contar una historia que algunos os provocará sonrisas y sonrisitas, pero que a otros les suscitará la ardiente determinación de poner término a este horror, a esta pesadilla? ¿Quién es ella? Lo que más os asustará es saber que ella eres tú o yo, uno de nosotros. ¡Sorpresa, sorpresa!

Con estos arranques se abrieron mundos, sueños, pesadillas. También finales, pestes, enfermedades terminales.

Pienso en los inicios como esa puerta secreta que uno no sabe bien a bien adónde nos conducirá. En lo particular, las frases de inicio (de algo) que han marcado mi memoria y han dado un giro drástico a mi vida, no fueron quizás las más bellas, ni las más misteriosas, ni las más pensadas o elaboradas. Nadie que se te acerca piensa en el hecho que, con al construir una frase al vapor, todo sufre una metamorfosis. Las frases que me revolcaron son, hasta eso, comunes.

“Aquí es en donde se dan las clases de danza africana, entra bajo tu propio riesgo”.

“Ya no sufra, el dolor ya paso, está afuera: es niña, tal como el ultrasonido predijo”.

“Yo no sé tú, pero para mí el Tannhauser es mejor que las Varkirias y que Tristan e Isolda”.

“Este es el correo de Manuel Borrás. Llámale. Dile que Miguel Sáenz te pasó su contacto, y dile de paso, que tu libro me ha encantado”.

“¿Sabes que te voy a coger y que no sólo te vas a encular, sino que te vas a enamorar de mí? Lo sabes o no? ¿Me crees o no?

Y en todos esos arranques, no hubo besos, pero el mundo sí cambió.