Memorial
Por Juan Manuel Mecinas / @jmmecina

Tres hechos importantes pueden destacarse de la última semana y los tres tendrían que levantar desconfianzas respecto al sistema que está construyendo “cuarta transformación”: el informe presidencial, la sesión del INE y el video de López Obrador.

AMLO pronunció un discurso con motivo de su segundo “informe” de gobierno. Fue un mensaje preocupante por la ausencia de propuestas y políticas que definan a la 4T más allá del combate a la corrupción, la austeridad y los programas sociales que hasta ahora ha establecido el gobierno de López Obrador.

¿Qué más puede ser la 4T? Parece que AMLO considera que hasta aquí han llegado y que los compromisos prometidos por la 4T han sido cumplidos; ahora, señaló, hay que consolidar los logros del gobierno. El discurso presidencial suena a una versión extraña de marcha triunfal en la que la inercia de corrupción, impunidad, inseguridad y desigualdad que caracterizan al país se han superado. Y más de uno se mostraría escéptico ante el triunfalismo de AMLO. Es claro que faltan aspectos claves que señalen una nueva ruta para el Estado en materia energética, en telecomunicaciones, en política exterior y el papel que quiera jugar para recuperar el siempre olvidado campo mexicano, por ejemplo.

Proclamar el éxito a la tercera parte del camino no solo es un exceso, sino una invitación a la política de la contemplación: “no queda más que observar cómo consolidamos lo construido”, cuando casi cualquiera puede mencionar muchos aspectos que están pendientes.

El segundo hecho tiene que ver con la concesión y negativa de registro como partidos políticos a distintas organizaciones. La sesión del INE del viernes pasado reafirma el carácter bananero del sistema político mexicano. Una organización fue reconocida como partido político, a pesar de utilizar a ministros de culto como artífices de las adhesiones necesarias para obtener el registro (y a pesar de que la ley y la constitución lo prohíben). De igual forma, los consejeros del INE discutieron qué porcentaje de recursos no identificados pueden estimarse como tolerables para que la organización de un partido político se considere legal. En los porcentajes de ilegalidad que consideran los consejeros del INE como tolerables (algunos piensan en un 20%) se refleja lo inaudito de un sistema que “aguanta” (también podría decirse “reconoce”) la ilegalidad para dar paso a partidos políticos.

La joya de la corona de la sesión del INE era la decisión sobre el otorgamiento de registro como partido político a México Libre, organización liderada por Felipe Calderón, y que cuenta con su esposa, Margarita Zavala, como parapeto. Al final, los Calderón Zavala no lograron su cometido y por el momento no obtuvieron el registro, aunque la última palabra la tendrá el Tribunal Electoral. Como consecuencia de ese descalabro calderonista, el presidente López Obrador consideró conveniente opinar sobre la decisión del INE de negarle el registro. Y lo hizo a través de un video (el tercer hecho al que me quiero referir) con un dejo de burla y con sugerencias hacia Calderón para que se retire y no se oponga a la transformación. Más allá del tono equivocado usado por López Obrador, preocupa la falta de formalidad y el discurso reduccionista. Si quería referirse a la decisión del INE (aún impugnable) bien valdría la pena hacerlo de forma más formal y refiriéndose a todos los registros concedidos o negados, que también dejan fuera a personas ligados al mismo presidente, a Elba Esther Gordillo o Manuel Espino. Centrarse solo en la caída de su adversario revive el fascismo político iniciado en el año 2004 (con su desafuero). En ese sentido, el reduccionismo del presidente (nosotros, la transformación, o ellos, el conservadurismo) es indeseable, porque la realidad política del país es mucho más que un simple AMLO vs Calderón, y el discurso del presidente reafirma un encono que no aporta a la cooperación, sino al desprecio.

En esa tesitura, si la 4T ha triunfado tan pronto, pero los problemas esenciales del país se ven reflejados en una sesión del INE poco democrática y el discurso del presidente (y de la oposición) sigue anclado en la disyuntiva entre buenos y malos, el panorama no es bueno para el país, porque en la tierra de ciegos el tuerto es rey, pero no debemos olvidar que solo mira con un ojo y que los demás están ciegos. Y eso no conviene a nadie.

La actitud triunfalista pero reduccionista del presidente choca con una realidad de nubarrones para la política y la economía del país. Declarar el triunfo de un movimiento sin transformar instituciones, no consolida una transformación democrática y, en todo caso, tiene fecha de caducidad: la llegada coyuntural de con ideas distintas, que pueden ser de extrema derecha/izquierda. Algo indeseable porque ese tipo de actores no miran a los disidentes como adversarios, sino como enemigos, y eso es lo más alejado de la democracia, sustentada siempre en las coincidencias y en las divergencias. Puede ser que, sin quererlo, AMLO esté siendo telonero de una catástrofe mayor, que nada tiene que ver con visión fascista de “nosotros, la 4T” o “ellos, lo conservadores”, pero que ahí tenga su caldo de cultivo.

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