La Quinta Columna
Por Mario Alberto Mejía

Si las encuestas fueran hechas seriamente —con rigor, con prudencia, con esmero—, el desconocido Alf Landon, del Partido Republicano, nunca le hubiera ganado la presidencia de Estados Unidos a Franklin D. Roosevelt, del Partido Demócrata, en los estudios demoscópicos publicados en 1936.

En ese sentido, Francisco Labastida tampoco habría estado veinte puntos arriba de Vicente Fox en el año 2000.

Cuántas falsas y frustradas expectativas se habría ahorrado Manuel Bartlett, por ejemplo, cuando creyó que podría ganarle la candidatura a la presidencia a Carlos Salinas.

O cuando, según sus encuestas a modo, creyó que José Luis Flores derrotaría en una contienda interna al imbatible Melquiades Morales.

Y no es que las encuestas mientan: es que hay mentirosos que viven de hacer encuestas.

Le dejo al hipócrita lector otros ejemplos notables de esas pifias:

Mario Marín creyó que sería fácil derrotar al panista José Antonio Díaz en la puja por la alcaldía poblana en 1998.

Bartlett, que era menos inocente, no lo creyó así y contrató como esquirol al inefable Emilio Maurer, a quien tuvieron que bajar a punta de periodicazos porque estaba a punto de ganarle al propio Marín.

Las encuestas son como Drácula viajando en un barco a Londres: matan a muchos inocentes, desangran a uno que otro buitre y llenan de ratas los camarotes.

López Zavala perdió con Moreno Valle abrumadoramente pese a que sus encuestas le daban ventajas de hasta veinte puntos.

¿Quién engañó a quién? 

Los encuestólogos a López Zavala, y López Zavala a sí mismo.

La intención era engañar a los votantes, pero éstos tienen un sentido común del que carecen los mentirosos que venden perritos lechales en lugar de corderitos.

En Estados Unidos hubo una época en la que los aspirantes creían que las encuestas eran el dedo y la mismísima mano de Dios.

Dos casos narrados en un estudio realizado por el Centro de Estudios de Opinión de la Universidad de Antioquía:

“George Romney, quien se retiró de la carrera antes de las primarias de 1968, y Walter Mondale antes de las primarias de 1976”.

¿Por qué lo hicieron?

Porque las encuestas decían que iban a perder.

En lugar de pelear las candidaturas, hicieron sus equipajes y se fueron a un crucero por el Mar Muerto con sus señoras.

El estudio citado cuenta otra gran historia:

“La campaña de Hubert Humphrey en las primarias de California de 1972 quedó seriamente dañada por la encuesta California Field que lo mostraba veinte puntos por detrás de McGovern una semana antes de la elección, la que perdió, en rigor, por un margen de apenas cinco puntos”.

José Antonio Meade creyó que podría ganar la presidencia de México y quemó sus naves como Hernán Cortés frente a la playa de Veracruz.

(En realidad Cortés no las quemó sino las barrenó (agujeró) para que la tripulación no regresara a Cuba).

Desde su habitación, en Los Pinos, Peña Nieto fraguaba la trama mediante la cual entregaría Palacio Nacional a López Obrador sin un solo disparo.

Las encuestas —la mayoría— no sirven.

O sí: sirven para engañar a quien paga por ellas.

No es que hayamos desarrollado un sexto sentido para entender a quiénes benefician los famosos estudios demoscópicos.

Ocurre que el sentido común se ha vuelto el más común de los sentidos.

Veamos:

Hace unos días circuló una encuesta que pone a Fernando Manzanilla como el gran ganador en lo que se proponga, sea la alcaldía poblana, la gubernatura de Puebla, la presidencia de la República o la presidencia de la ONU.

¿Quién habrá pagado la encuesta?

El silencio es elocuente, y dice mucho.

Luis Rubio fue el primero en hacer encuestas en Puebla a través de Rafael Moreno Valle, quien trabajó por momentos en la campaña de Manuel Bartlett, en 1992.

Rubio, pues, le enseñó los felices números a Bartlett, quien levantó la ceja derecha —la del hígado— y musitó: “Ta’ bien”.

Pero hay otros que ante situaciones similares terminan por creerse las mentiras.

Sus propias mentiras, pues fueron ellos quienes las pagaron.

Encuesta, según la Real Academia de la Lengua, es un conjunto de preguntas tipificadas dirigidas a una muestra representativa de grupos sociales, blablablá.

Pero también es indagación o pesquisa.

Si fuera más lo segundo que lo primero nos daría más luces sobre la realidad electoral.

No lo dude el hipócrita lector.

Así que ya lo sabe:

Cuando se sienta mal, deprimido, más solo que una gorda desnuda entre los faunos, mándese hacer una encuesta y pague por ponerse en primer lugar.

La desolación será cosa del pasado.

Nota Bene: tengo varios amigos y amigas, excelentes amigos, que se dedican a hacer encuestas.

Sobra decir que esta columna no va dirigida a ellos.

No los tocaría, faltaba más, ni con el pétalo de una calumnia.

Sé de su pasión por ese oficio.

Me han hablado de sus desvelos.

Conozco sus cuitas.

Son profesionales de primera que hacen pesquisas en forma de encuestas.

A ellos, a ellas, mi respeto inaudito.

Mi reconocimiento.