Por Alejandra Gómez Macchia

Domingo.

Ahora entiendo cuando mi perra se para detrás de la puerta, con su cara total de perra, a esperar que algo se mueva en el corredor.

La cama se ha vuelto escritorio y comedor.

Mis miembros ya se acostumbraron a sentir migajas y su propio peso sobre el colchón.

¿Quién dijo que el abandono es igual que abandonarse?

La televisión no me da señales de vida inteligente en la tierra.

Dentro de esa pantalla yo busco el pasado, algo mejor.

Encuentro a todos aquellos que yo quisiera ser, pero no soy.

Y para no decepcionarme, lleno el espacio de humo y de mentol.

Domingo.

Hoy no se celebra nada en especial.

Gracias a Dios no creo en ningún santo, así que puedo pasar el día sin tener que levantar el teléfono para hacer como que me importa si alguien nació con el nombre de Antonio, o Pedro o Catalino o Zenón.

El vestidor se ha vuelto el lugar menos visitado. Un Páramo desolador.

Un día de estos me probaré la telaraña que cuelga en el rincón. Aracné teje para mí unas alas que ni el mejor diseñador.

Los sacos están invadidos de un terciopelo rosa.

El reino de los hongos se ha rebelado y ganó por fin la batalla contra la arena sílica y el almidón.

La vida es extraña y lenta. Una fermentación morbosa.

Una fe de erratas: en donde dice un año debería decir dos.

La paciencia dejó de ser un deber de monjes, ahora es más un patrimonio dentro del tiempo sin proporción.

Soy un ejemplar de bestia maciza que come y rumia.

Cada mañana un bufón hace bromas para el desayuno;
muchos padecen el resto del día de indigestión.

Cosas peores se traga uno en esta vida, pienso.

Y vuelvo a la escena del perro aburrido en el sillón.

Domingo.

Pondero las bondades del sueño nativo y el engañoso paraíso del sopor del narcótico.

Mi perra negra jura que crecerá y será pantera.

Entre su lista de deseos está que le haga poner un tronco en el salón.

Si pido que me devuelva el hueso que le lanzo, en vez de regresarlo, lo guarece.

Nadie entrega de buena gana lo que cree que le pertenece.

Domingo.

Tomo la forma del recipiente que me contiene.

Según los expertos, soy 70% agua y 30% caparazón.

Sudo calenturas propias y ajenas.

Entro a laberintos que no llevan a ninguna parte.