Por Carlos Meza Viveros

Antes, para ubicar a un criminal se hacía un retrato hablado con papel y lápiz. Los tiempos han cambiado, y puede parecer poco romántico, pero hoy cualquiera logra ser retratista profesional de un pillo.

Aunque José Juan Espinosa, fiel a su estilo cobardón, me tiene bloqueado desde hace meses, nunca falta quien me haga saber lo que sucede en su Twitter; y es curioso ver cómo a pesar de quererse vender como un prócer de la democracia y de las buenas costumbres, sus seguidores lo exhiben constantemente.

Me enviaron un tuit que es una de tantas respuestas a sus alaridos estridentes contra el gobierno de Barbosa. El tuitero dice: “La gente te conoce por palabras como: enriquecimiento ilícito, fraude, corrupción, no tienes ningún logro y tu carrera está acabada, resígnate”. A lo que el mindundi  de las pompas fúnebres contesta con una tonta carita amarilla de nariz alargada “a lo pinocho”. El tuitero retratista no se queda ahí y añade: “búscate solito en internet, ahí está la joyita que eres”.

Este usuario de Twitter merecería un reconocimiento porque hizo, en la brevedad del espacio que permite un tuit, la autopsia rápida más nítida del JJ.

¿Qué le pasa a José Juan? ¿En qué momento lo abandonó el sentido común y se lanzó a los brazos de la demencia?

Yo lo recuerdo bien, hace ya varios años, yéndose a instalar a mi despacho en busca de consejo. Dócil, sumiso, atento como una quinceañera debutante de palacio. ¿Qué cosas horribles tuvieron que sucederle para pasar a ser, de un aspirante a político, a un politiquillo con matices de cortesano (cuando le conviene)?

El lector debe creerme: no es que me ensañe con José Juan, lo que pasa es que su papel dentro del Congreso, como alcalde, y como supuesto crítico, es digno de estudiarse, de verse de cerca con microscopio; así como cuando uno iba al laboratorio de química en la escuela y ponía a la liendre, al mosco o al ácaro para observar su anatomía en busca de explicaciones concretas sobre el abc de sus respectivos comportamientos atípicos.

José Juan ha sufrido una metamorfosis insólita; cambia de piel como las serpientes, se pone colorado o azul dependiendo de la cercanía del enemigo, o del que cree su enemigo. Al diputado se le ve desquiciado cuando toma la tribuna. No habla, grita como carracuca, y su embestida contra Luis Miguel Barbosa, más que generar debates, parece un entrenamiento de sobras.

José Juan, el mismo palurdo que llegaba a sentarse a mi sillón hace tiempo, practica a diario una suerte de onanismo tuitero: se baja la bragueta en público, se junta y se pelea solo, y ejecuta una extraña danza con su sombra. Todo lo que dice no es más que una proyección de sí mismo: tilda a los demás de corruptos cuando él es un corrupto, los acusa de omisos, cuando él fue experto de voltear la cara a otro lado para evadir sus responsabilidades como alcalde; jura que él sí es fiel la 4T, cuando no ha cejado en sus intentos de boicotear el proyecto con sus estulticias. Todo esto con un afán: el de distraer la atención del respetable porque simplemente su cabeza está en picota desde hace tiempo.

Nuestro personaje es digno de una comedia de enredos, pero región 4. Quiere hacerla de policía moral y termina siendo un policía chino, y todo este contexto que podrá parecerle risible al lector, la verdad es que es preocupante, ya que estamos frente a un cuadro clínico que incluye padecimientos varios. Para hacer más claro el ejemplo, hagámoslo en forma de receta.

Meta usted en una licuadora:

Un cuaco con cólico

Un neumático KUMO rin 16

Un cadáver fresco

Medio kilo de paranoia

Un huevo de codorniz

Media cucharada de Royal

Una fotografía de Ricardo Monreal previamente curada bajo la luna

Dos naranjas agrias de Martínez de la Torre

Un cuarto de kilo de cera para cirios

Una tarjeta informativa con el desglose de su cuenta pública

Medio Lexotán

Un Pankreoflat

Ya que los ingredientes estén dispuestos en el vaso, licue hasta que espese y esté a punto de turrón. Disponga la mezcla en un bowl, métalo al refri 30 min y sirva.

Tendrá usted sobre su mesa un mazacote intragable, pero muy revelador a la hora que fermente.

Así José Juan Espinosa, quien a últimas fechas no lo traga ni su familia.

Disculpe el lector si mi receta le generó arcadas.

Lo digo sin acritud, pero lo digo.

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