a Rocío García Olmedo, por su valentía.

Siendo las primera horas del miércoles 9 de octubre, y después de ver el resumen de noticias locales, en donde el Congreso se lleva el premio al más retrógrada e insensato del país, me pregunto: ¿Cuántos de los que votaron en contra del aborto han hecho abortar en clínicas insalubres y miserables a sus segundos frentes?

¿Cuántas de ellas, de las que dijeron no, tienen cerca a una amiga o a una hermana o a una sobrina que pudiera haber sido violentada por un machete de bragueta abierta y tuvo a un hijo al que desprecia y hará miserable por el simple hecho de haber nacido tras un episodio traumático como lo es una violación? ¿Y de esos niños, inocentes obvio, cuántos lograrán ser gente “de bien” como esos padres y esas madres que, anteponiendo su mojigatería y su doble moral, se negaron a reconocerse como incapaces de dar amor a aquellos que más adelante convertirán en seres desdichados?

No sorprende que la derecha, que los yunques y los beatos que van a misa después de madrear a sus mujeres digan “no”. Lo que sorprende es que la supuesta izquierda poblana exhiba su ambigüedad sin pudor. Sin escuchar, sin dar argumentos fuertes más lo que el propio dictado de sus conciencias degeneradas les hace vomitar.

Por otro lado: he visto a los mejores machos de esta generación llevando una vida llena de dobleces: hombres que se paran frente al pleno mientras se les caen las ligas que llevan bajo el pantalón, diciendo “no, no es natural que dos hombres se besen, se rocen, se casen”.

Los he visto llevar sus matrimonios hetero como escudo de una virilidad resquebrajada, haciendo infelices a sus mujeres, quienes saben, por supuesto, que sus hombres son padres ejemplares mientras las cámaras de Rostros aparezcan en las primeras comuniones y otras ceremonias pías.

Los he visto también en esquinas sórdidas, siendo felices, siendo ellos, pero desde la sombra. Besando y rozando y deseando trasladar sus vidas a las ancas de otros hombres, a quienes dicen despreciar por pervertidos mientras apuntan con el dedo a los que sí se atreven a sumir su sensualidad.

¿Cuántos de los diputados que dijeron “no” al casamiento entre “putos” (porque así tildan a los homosexuales que en el fondo les provocan súbitas erecciones) sueñan con ser tránsfugas de sus casas de utilería en donde una mujer abnegada funge como alcahueta de sus pequeños y horrorosos crímenes trasnochados?

¿Y ellas, las diputadas de la vela perpetua? ¿Cuántas de ellas han mirado con lascivia a sus amigas, o mejor dicho a sus enemigas, confundiendo el deseo con envidia?

¿Cuántos de ellos, hombres y mujeres probos, anteponen la palabra “decencia” para camuflar sus verdaderos instintos en sus delirantes actuaciones diurnas?

¿Y cuántos hijos de ellos, de los Torquemadas modernos, tendrán que tragarse el dolor al saberse “non gratos” por haber abortado o por querer salir de closet mientras sus padres terminan de castrarlos alzando la mano desde sus curules?

¡Ay, de ellos! Tan cerca del medioevo y tan lejos de los oaxaqueños.