“Con usura

no llega lana al mercado

no vale nada la oveja con usura.

La usura es un parásito

mella la aguja en manos de la doncella

y paraliza el talento del que hila

Pietro Lombardo

no vino por usura

Duccio no vino por usura

ni Piero della Francesca; no por usura Zuan Bellini

ni se pintó «La Calunnia” por usura”.

 

Canto XLV, Ezra Pound

 

I Leonardo

Al joven Leonardo Da Vinci un día lo exhibieron en plena plaza pública de Florencia y querían imponerle una dura pena por los cargos de sodomía. Y es que Da Vinci siempre anduvo acompañado de un séquito de adolescentes que le ayudaban en sus múltiples actividades.

Este hecho devastó la seguridad del artista emergente que, ya colaborando en los talleres de Verrocchio (pero con la sombra de Sandro Botticelli encima),  sólo consiguió algunos pequeños reconocimientos (y envidias disfrazadas de elogios) de sus colegas al perfeccionar la técnica del sfumato (esfumado o difuminado).

El taller de Verrochio tenía, como bien se podría decir ahora, fichados a los pintores y escultores más destacados de Florencia, y todos trabajaban gracias al mecenazgo de Lorenzo de Médici.

El escandaloso señalamiento del que fue objeto Leonardo, lo llevó a tomar una decisión: dejar Florencia, en donde estaba la crema y nata del pincel, para irse a Milán. Ahí comenzó a desarrollar no sólo nuevas técnicas en las que descontinuaba a las figuras planas del viejo Paolo Uccello y del célebre Botticelli para introducir la perspectiva en tres dimensiones, sino que además se sumergió en los libros científicos.

Hablar de Da Vinci es más que recrear en nuestro cerebro un cuadro de representación mental con la Gioconda, la Anunciación del Ángel y la Última Cena de fondo. Leonardo fue un verdadero rockstar de su tiempo, aunque nunca lo supo.

Gracias a él y a sus inventos, el hombre del futuro construyó bicicletas, submarinos y helicópteros. Y más: Leonardo tenía una fijación por el cuerpo humano y su mecánica; de ahí que plasmara cientos o miles de estudios sobre anatomía (masculina).

Existe un dato interesante: Da Vinci fue acusado ya en el otoño de su vida de ser un profanador de cuerpos, pues él mismo se encargaba de ir a la morgue a abrir cadáveres para poder analizar cada músculo y cada órgano antes de que éstos se pudrieran.

Una de las hazañas poco contadas de Leonardo es que en cierto momento siguió a un anciano nonagenario hasta su última visita al hospital; esperó que muriera por causas naturales y una vez que ¡caput!, abrió el cadáver para echar un visitado al corazón de un hombre aparentemente sano, pero profundamente viejo. ¿Conclusión? El corazón presentaba un visible endurecimiento en sus capas externas y en las arterias. ¿Qué hizo con esta información Da Vinci? La anotó y la dibujó. Siglos más tarde, esos apuntes fueron una directriz importante para ponerle nombre al síndrome del corazón endurecido, lo que hoy conocemos como arterioesclerosis.

Hasta esos niveles llega el genio de Leonardo. Un personaje que en su época, el Cinquecento italiano, no fue valorado lo suficiente, como sucede siempre con los genios.

No fue valorado tanto artista, como socialmente, ya que gran parte del ensimismamiento que le impedía terminar cada una de sus obras (lo que provocaba la furia de los Sforza) sobrevino de aquel juicio innecesario en el que lo acusaban de una homosexualidad al parecer nunca asumida, aunque ojo: no se le conoció mujer y sus estudios anatómicos y el imponente Hombre Vitruvio desvelan su fascinación por las formas y la estética masculina.  

¿Qué sería de la vida de Leonardo en un siglo como el nuestro?

Es una pregunta difícil de contestar; pues aunque creamos que el tema de las preferencias sensuales y el respeto a dichas preferencias están cada día más superadas, hay algo que sigue imperando entre la masas: la entronización de la estupidez y el mal gusto, pero sobre todo las exigencias de un mercado cada vez más mal educado a lo efímero y lo desechable. Así, un mojón con hoja de oro bien acomodado en el MOMA puede valer más que un tabula renacentista, si quien la promueve es un magnate, un ícono de la moda, o un cuerpo de asesores que presenten proyecciones jugosas en momentos de coyuntura social o política.

Si Leonardo fuera un joven florentino de este siglo, ya lo tendrían trabajando para Ferragamo o Bottega Veneta; pagándole una bicoca por sus estudios y plasmados bellos trazos en tenis de cabritilla que acabarían usando los reguetoneros ágrafos que son el crack en la escena mundial.

Pero Leonardo Da Vinci no pintó ni dibujó por usura.

II Rubens

Las Tres Gracias es el cuadro más famoso de Rubens, que cuelga desde hace mucho tiempo en un muro del Museo del Prado, en Madrid.

Esa pintura fue concebida en plena madurez del hombre de Flandes, una vez que su misión como diplomático de la corte fracasó y su influencia no alcanzó para frenar la guerra. Entonces el gran Pedro Pablo volvió a su casa-estudio a hacer lo que mejor sabía: pintar, pero antes de tomar el tiento y el Blanco de Titanio, desposó a una muchacha de 16 años (cuando él tenía 53 y esa clase de unión no era considerada un delito como hoy). Helena Fourment se convirtió entonces en su musa. Tanto así que el angelical rostro de la rubia fue transportado a los lienzos representando el papel de Venus y de dos de las tres Cárites (o gracias) de la mitología griega.

Las Tres Gracias de Rubens tuvieron madres y abuelas: las abuelas son las que aparecen en La Primavera, de Sandro Botticelli (casi doscientos años antes), y las madres son las pintadas por Rafael Sanzio (cien años antes de Rubens). Ahora que, si nos queremos remontar al chozno de esta obra, basta con ir al Louvre y ver la copia de la escultura original romana restaurada por Nicolás Cordier.  O las tres Gracias de Antonio Cánova, que gozan de cabal salud y belleza dentro del Hermitage, en San Petersburgo.

Pero ¿qué tienen las gracias de Rubens que las demás no?

¡Tejido adiposo, un vientre mucho más abultado, celulitis, un tremendo trasero, brazos rebosantes!

Se llama voluptuosidad, que nada tiene que ver con bolas, sino con una persona (hombre o mujer) que se da a los placeres.

Rubens revolucionó el arte de su tiempo al dotar de atributos reales a las mujeres que aparecían en sus escenas. Antes, y ahí está Botticelli y su Venus como muestra, la piel y la estructura de las musas eran una emulación de la piel y la estructura física de las esculturas (en este caso romanas o griegas) sólo que al pasarlas a la tela, los pintores– antes de Rubens– matizaban el tono, más no alcanzaban a darle la suficiente textura para despojarlas de su marfilina frialdad. Rubens, sin saberlo, le cedió el triunfo a la morbosidad y la exuberancia añadiendo un elemento que hasta entonces no se contemplaba en el arte: la carga sexual. Así Rubens da un salto cuántico de su poética visual y la convierte en erótica.

Los cánones estéticos del tiempo eran precisamente esos: mujeres robustas, rozagantes, de pechos turgentes y nalgas flácidas. Con el tiempo el estereotipo fue modificándose hasta que las gordas de Rubens (y del barroco en general) fueron sustituidas (siglos después) por las flacas y enfermizas musas de Modigliani.

El legado de Rubens es parte de un patrimonio intangible: la desacralización de las mujeres asexuadas y la reivindicación de la carne como parte de la belleza intrínseca del cuerpo femenino.

Y si bien Rubens fue un idealista que tuvo a su cargo algunas encomiendas cortesanas, su arte tampoco fue oxigenado en las pestilentes raíces de la usura.

III Miss Pride

A mi modo muy particular de ver el estado de las cosas y su metamorfosis trepidante en el espíritu propio de los tiempos, el arte no es capaz por sí solo se cambiar el curso de la historia, sin embargo, siempre la acompaña. Es una especie de centinela fiel y cuidadoso.

Hoy ya no existen los Leonardos o los Botticelli o los Rubens. Existen artistas cuyas obras van dejado testimonio de nuestra poca inventiva. Los cuerpos hoy ya no son los cuerpos del barroco, y las mentes de hoy ya no son las mentes de la ilustración o de las grandes revoluciones que cambiaron la historia.

No es que el arte esté pasando por una crisis, sino que tiene una narrativa acorde con la vorágine de la cibernética, que ha sido una de las formas de inteligencia (artificial) que ha podido desafiar el flujo del tiempo.

En los museos nos plantan esculturas alegóricas de las figurillas que hacían los magos con globos metalizados.

Jeff Koons es un ejemplo clarísimo de la farsa como una de las nuevas bellas artes.

¿Qué necesita un público que cada año tiene al alcance una pieza artística y utilitaria como el iPhone?

Steve Jobs fue un artista, sin duda. Hay quien se atreve a compararlo con Da Vinci…

Yo no me iría tan lejos, sin embargo, es cierto que la genialidad de Jobs no podrá ser superada en mucho tiempo, pues Jobs (él sí sabiéndolo) cambió la forma de vivir y de comunicarse entre seres humanos.

Pero en el terreno de lo estético y los cánones, y de aquellos artistas que hoy son quienes verdaderamente marcan la pauta y alteran el comportamiento de los mercados y juegan (a ganar) con la psique del masaje, están los diseñadores.

Calvin Klein cambió el canon estético en 1993 enfundando en mezclilla a Brooke Shields (en ese entonces menor de edad como la musa de Rubens), y dio un vuelco a la narrativa de lo que para esa década iba a ser considerado “Cool” y “Trendy”.

Si Levis & Strauss había pasado de ser una empresa dirigida al la working class (mineros, albañiles, etcétera), Calvin Klein emergió a finales del siglo pasado anunciando: “Nada se interpone entre yo y mis Calvin Jeans”; cosa que más tarde resultaría ser otra gran farsa, cuando el señor Klein se dio cuenta que entre los jeans y el “súper yo” había algo que podía venderse como pan caliente: los calzones, que a la fecha son uno de los productos de la marca  más vendidos a nivel mundial.

Uno de los diseñadores de moda que podemos considerar como verdadero artista (superior a varios pintores advenedizos que pululan por ahí) es Alexander Mc Queen a quien me atrevo a bautizar (si alguien más no lo ha hecho ya) como el Francis Bacon o el William Blake del vestido.

McQueen, sin embargo, no fue lo suficientemente influyente (entre la masa) como para poder marcar un canon estético, por una razón: fue trágico, oscuro e intelectual (y muy caro): un genio incomprendido que acabó colgándose de una soga por un complejo edípico no superado.

Pero Calvin Klein sí influye porque está al alcance de la mayoría de los bolsillos de la clase media.

¿Es un artista?

No. Pero es un visionario.

Las redes sociales estallaron ayer, justo en el marco del día del orgullo gay, cuando se reveló la impactante campaña de los célebres jeans a los que sólo se le interponen los cazones del mismo apellido.

Se llama timming, se llama un gran equipo de mercadotecnia, se llama saber cabalgar el espíritu de la época: nada más oportuno y redituable y políticamente correcto que dar un vuelco al arquetipo de la diosa: antes, una jovensísima y marfilina Brooke Shields; cuando lo que el mundo urgía era la imagen hegemónica del hombre blanco (en este caso mujer) para uniformarlo con la prenda más versátil que se haya inventado (los jeans o vaqueros).

¿Ahora? A casi dos meses del asesinato de George Floyd y de una nueva (y justa) oleada de protestas en defensa de la raza negra, Calvin Klein atrae las miradas de toda una comunidad que pregona la empatía con sus tacones multicolor y la tolerancia como bandera, y coloca a Jari Jones, una actriz y modelo transexual, negra y “plus size” (o gorda para no caer en eufemismos), como la nueva imagen de una marca que necesita captar a ese otro mercado que los demás diseñadores tienen acotado.

¡Bienvenida, claro, la belleza en todas sus formas y manifestaciones!

Love is love, of course.

Sólo no olvidemos algo: que si bien Jones es hoy la “Cuarta Gracia” (evocando la ruptura y la reinvención de un canon como lo hizo Rubens dentro de su contexto histórico), ese espectacular y esa campaña es un performance fríamente calculado.

Y no: no es arte.

Y no: tampoco es que el mundo haya cambiado.

Porque, ¡uff!, temo irrumpir con mi pesimismo habitual, pero, a comparación de Leonardo y de Rubens, o Piero della Francesca,  Mr. Klein sí puso a Jari Jones en Times Squire por usura…