El Elefante en la Habitación
Por Hugo Manlio Huerta / @HugoManlio

Existen tres preguntas que la humanidad no ha podido resolver aún: ¿existe Dios? ¿estamos solos en el universo? y ¿qué ocurre cuando morimos? A estas tres preguntas existenciales, básicas para la construcción y deconstrucción del pensamiento científico, filosófico y teológico, se ha sumado una cuarta: ¿cuándo terminará esta maldita pandemia?

Somos testigos en tiempo real de cómo los esfuerzos de varios países por regresar a la normalidad revientan ante el primer rebrote de tan sigilosa y apocalíptica enfermedad, que obliga nuevamente a confinar a la gente y parar la economía, en espera de que se descubran, fabriquen y distribuyan vacunas y medicamentos comprobadamente efectivos, pues la llamada inmunidad de rebaño está muy lejos de conseguirse.

Es evidente que el problema se ha manejado mejor en sociedades alejadas del populismo, cuyos líderes son mujeres o actúan con honestidad, sensibilidad y empatía.  Ya lo dijo Angela Merkel ante el pleno del Parlamento Europeo en Bruselas: “La pandemia no puede ser combatida con mentiras y desinformación, ni tampoco con odio y disturbios. El populismo que niega los hechos está mostrando sus límites. Una democracia necesita verdad y transparencia. Una pandemia no puede usarse para erosionar los principios democráticos.”

No es casualidad ni coincidencia entonces que el epicentro de la pandemia se haya trasladado de Europa a los Estados Unidos, Brasil y México, naciones que han adoptado un modelo muy similar para atender la crisis desde la óptica política compartida por sus gobernantes: banalizar la situación, preferir el monólogo al diálogo, apuntalarse en las fuerzas armadas, delegar responsabilidades hacia los estados y ciudades, polarizar todos los días a la sociedad, malgastar recursos y enfocarse en las elecciones por venir.

Las autoridades de todo el mundo deben coordinarse y concentrarse en despolitizar las medidas de salud pública, informar con veracidad para estudiar y atender mejor la situación, apoyarse aún más en la ciencia y combatir la desinformación y el escepticismo como los principales obstáculos para contener la propagación del virus, en una sociedad cada vez más urgida por volver a la normalidad y paliar el impacto económico de la reclusión.

De no hacer caso a lo anterior, al mundo le va a pasar lo mismo que a muchas familias que se quedaron en casa y tomaron todas las precauciones, pero terminaron contagiadas por un vecino, un pariente o un tercero que no lo hizo, incurriendo en un sinfín de gastos que pudieron evitarse y quedando prácticamente al borde de la quiebra.

Las proyecciones a estas alturas son preocupantes, dadas las enormes variaciones en las tasas de mortalidad y de letalidad[i] dependiendo de cada país, tal como se desprende del siguiente cuadro comparativo con datos oficiales de cada país a la fecha de publicación:

La innegable tasa de letalidad

Como puede verse, Estados Unidos y Brasil presentan índices crecientes de contagio y mortalidad, sin embargo su tasa de letalidad se ubica por debajo del promedio mundial, que es de 4.1%.  En cuanto a Rusia, su índice de contagio casi duplica el de México, sin embargo sus tasas de mortalidad y letalidad son 74 y 85 por ciento más bajas.

Mención aparte merece el documentado caso de Vietnam, que desde el 16 de abril no ha presentado ningún caso de transmisión local y que registra cero defunciones de 408 personas contagiadas, no sólo por su exitosa reacción a muy bajo costo para romper las cadenas de transmisión, sino también por la excelente atención brindada a los pacientes con síntomas moderados a graves, siendo el caso más extraordinaria el del piloto escocés Stephen Camarón, conocido en todo el país como el “paciente 91”, quien fue internado el 18 de marzo en el Hospital Cho Ray de la ciudad de Ho Chi Minh y pasó 68 días en coma inducido, conectado a un respirador o máquina de oxigenación por membrana extracorpórea (ECMO, por sus siglas en inglés), con un costo entre US$5.000 y US$10.000 por día.

Tan atípico en Vietnam fue el caso del paciente 91, que cada minuto se informó de su recuperación en periódicos y noticiarios de televisión. Docenas de especialistas en cuidados intensivos hicieron videoconferencias constantes para discutir su estado de salud y lidiaron con múltiples complicaciones, pues mientras estaba en coma Cameron sufrió coágulos de sangre, sus riñones fallaron y su capacidad pulmonar se desplomó al 10%. El país entero estuvo pendiente de su evolución, al grado que cuando en la prensa se publicó que podría necesitar un trasplante de pulmón, mucha gente ofreció uno de sus pulmones, incluido un veterano de la guerra de Vietnam de 70 años.  En conclusión, los vietnamitas resolvieron transformar la insólita anécdota de un piloto escocés con menos del 10% de probabilidades de sobrevivir, en la historia de cómo un país del sudeste asiático en vías de desarrollo también venció al COVI-19 contra todo pronóstico.

Los números no mienten. Es evidente que en México algo no estamos haciendo bien, pues pese a tener una tasa “moderada” de contagios y una curva creciente pero alargada que ha retrasado la saturación hospitalaria, el índice letalidad es de los más altos del mundo, sólo por debajo de Italia (14.5%) y Reino Unido (14.0%), lo cual ha llamado la atención de expertos internacionales, una parte de los cuales ha fijado su atención en las comorbilidades y la supuesta mala alimentación de los mexicanos, mientras otros, como Eric Feigl-Ding, miembro sénior de la Federación de Científicos Americanos y epidemiólogo de la Universidad de Harvard, advierten que el problema es que México no hace suficientes pruebas y las aplica o resuelve tarde, cuando los síntomas están muy avanzados, lo que se agrava con la diferencia en la calidad de tratamiento a que tiene acceso cada persona.

A finales de junio, México aplicaba solo alrededor de 63 pruebas diarias por cada millón de habitantes, una de las cifras más bajas en el mundo según el comparativo del Centro Europeo para la Prevención y Control de Enfermedades, mientras Argentina aplicaba 3 veces más, Colombia 5 veces más y Chile arriba de 13 veces más, siendo sus tasas de letalidad inversamente proporcionales en ese momento y hasta la fecha. 

Especialistas mexicanos coinciden en que estamos llegando tarde y con ello la atención de calidad y hospitalaria a los pacientes con síntomas moderados a graves.  Si a ello agregamos el desconfinamiento apresurado porque hay camas disponibles en los hospitales, es evidente que estamos jugando a la ruleta rusa. Es como si le dijéramos a la gente que deje de usar condón porque hay hospitales disponibles donde puede tratarse el VIH.

En fin, difícilmente vamos a poder corregir el rumbo si mientras altos funcionarios federales y estatales recomiendan o exhortan el uso de cubrebocas y otras medidas, otros contradicen o soslayan su importancia, generando mayor confusión en una sociedad desinformada.

Pero lo importante es que los gobiernos estatales, a quienes se ha delegado buena parte de la responsabilidad, tienen ante sí la oportunidad de darle un vuelco a la estrategia de contención, si se enfocan en incrementar el número de pruebas diarias y acelerar la entrega de resultados, así como en garantizar la existencia de medicamentos suficientes para cada nivel de padecimiento, de modo que la población tenga oportunidad de atenderse temprano, evitar la propagación del virus por desconocimiento y reducir sustancialmente la tasa de letalidad, con ayuda de un cuerpo médico al borde del agotamiento.

Estoy convencido por experiencia propia de que la comunidad científica podrá confirmar lo anterior y que la adopción de esta medida contribuirá significativamente a salvar más vidas ante la aún imparable multiplicación de contagios.  Vietnam es la prueba de que no se trata de recursos financieros ni estructuras de primer mundo. Se trata de voluntad y arrojo para dejar de esperar que otros aplanen la curva por nosotros. Las guerras se ganan con liderazgo, información veraz, organización social, comunicación y convencimiento. No me imagino a Churchill llamando al pueblo británico a la unidad y a resistir heroicamente frente a la amenaza nazi, sin ofrecer nada más que sangre, sudor y lágrimas, para después reducirse a culpar a Chamberlain y los franceses, mientras trata de aniquilar a los críticos laboralistas.

I. La tasa de mortalidad indica el porcentaje de población fallecida por la enfermedad respecto del total de la población, mientras que la tasa de letalidad indica el porcentaje de población fallecida respecto del total de personas contagiadas.

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