por Grace Balcázar Soto

Durante casi toda mi infancia dormí con una cuna junto a mi cama; un pequeño moisés que era la cama de Ani, la muñeca que representaba para mí la posibilidad de ser mamá.

Con la mente le hablaba y le contaba cosas como si esa pequeña niña perfecta de traje tejido rosa, gorro y pelo rubio, pudiera no sólo escuchar sino saber que en mi corazón existía un mundo en el que todo era perfecto.

En el día a día, mientras yo iba al colegio (clases y demás deberes), ella estaba ahí,  y al llegar la noche yo me dedicaba a darle ese cariño que algún día, según yo, le daría no sólo a una si no a tres o cuatro hijos.

Soñaba, como supongo que hacemos todos los hijos, con la manera en que sería nuestra relación. No tenía muy claro el grado de dificultad que conlleva el hecho de que justo las madres con sus seres más cercanos tienen la dura tarea de intentar guiarlos o educarlos cuando probablemente ellas siguen siendo niñas pequeñas con necesidad de esa guía.

Haciendo lo mejor que pueden, la pasan todo el día sobre los hijos que empiezan a mirarlas como aquella enemiga que está pendiente de si ya se lavaron los dientes, hicieron la tarea o están listos para ir a alguna clase.

Hay otro tipo de madres: las ausentes, ya sea porque no pueden estar debido al trabajo o las que murieron antes de llegar a serlo dejando a sus pequeños ávidos de ese amor que anhelan durante toda una vida.

Como sea, la tarea de ser madre resulta cosa compleja.

La generación pasada, por lo menos en América Latina, estuvimos en un interrogatorio formal y constante: ¿qué harás cuando termines la secundaria?, ¿qué cuándo la preparatoria?, ¿qué vas a estudiar?, ¿cuándo te casas?, ¿ y el primer hijo?,  ¿el segundo?…

Así las preguntas nunca terminaron porque al parecer estaba dictado el hecho de cumplir ciertos parámetros sin pensar que podría haber otras opciones tanto para vivir la vida como para ser madre.

La pregunta que nos ocupa hoy acerca de ser o no ser madre, casi siempre fue respondida por la vida y las circunstancias.

Eso del vestido blanco de la novia de 24 años se veía precioso y sería un éxito el día de la boda, pero, ¿y después?

Que haría una joven con una vida a la que le sobraba vida, qué haría con esas tardes que no existirían con ese alguien con quién en teoría tendría intereses comunes; cómo reconciliarlo con un marido ausente con aficiones que no incluían a la pareja, por ejemplo, esas que implican convivir con la cabeza de un animal precioso disecado con ojos de canica mirándonos todos los días,  para llegar a la reflexión  de que ese bello ser  debería estar vivo en algún bosque; creo que era mejor salir corriendo de ahí.

¿Y el proyecto de ser madre? En definitiva, en ese tiempo la cosa era según lo bien aprendido y estipulado, el proyecto completo, el padre, la madre y los niños.

 ¿Y si no?

¿Y si en el trayecto de aprender un poco más de la vida no me encuentro con el padre de mis hijos?

¿Y si en ese camino llega el padre que ya trae con él a sus hijos?

Pues que pasa, que se es madre sin saberlo; sin conocer mucho del tema,  con el cuidado de quien no quiere romper ni dañar lo ajeno,  con el amor sin condiciones que ocurre sin planearse cuando por un tiempo se hacen tuyos unos pequeños que no estarán más tiempo contigo,  pero da igual el amor se da y se siente, y  es seguro que quien ama es feliz.

Hoy resulta que los perros son más importantes que los humanos; los chicos tienen perrhijos en lugar de hijos, y los derechos de otros nos interesan más que saber si los que viven en casa la están pasando bien o mal… aún así los chicos luchan las luchas adoptivas de los que más lo necesitan, hoy que sabemos mucho acerca de la posible extinción de la vaquita marina, pero eso de ser madre si que es una pregunta que parece ser un tema que podría no hablarse hasta que no se resuelvan otros asuntos.

Pero ¿y sí te gustaría tener hijos?

La respuesta más taquillera es un rotundo y contundente NO.

No me gustan los niños, no seré madre habiendo tantos en desgracia a quienes ayudar; tal vez adoptaría. No seré madre como la mía que nunca estuvo, no seré madre si no lo quiero, no seré madre porque no, y así diversas respuestas.

Lo cierto es que hoy ser madre no resulta de manera tan automática como antes.  Se piensa cuando se puede hacerlo, con eso y todo estamos en mayo cuando se celebra a la madre, y sí… a celebrar se ha dicho que al final todos somos hijos de alguien.