Por: Mario Alberto Mejía

Mucho se habla del estilo personal de gobernar de Miguel Barbosa Huerta.

Las dudas matan.

¿Qué gobernador Barbosa veremos a partir del 1 de agosto?

¿Un gobernador autoritario o un gobernador ausente?

Quienes maliciosamente han dejado correr la segunda versión terminarán frustrados, una vez que si algo sabe nuestro personaje es que no se lucha tanto por la victoria como para después renunciar a ella.

Y ya sabemos que la victoria es siempre sinónimo de poder.

¿Renunciar al poder tras dos precampañas, dos campañas, ciento veinte días de tensión profunda y un ir y venir constante, permanente?

Nadie renuncia a la gloria después de haberla obtenido.

Invito, pues, al hipócrita lector a hacer un ejercicio analítico sobre el gobernador Barbosa que veremos, pero a partir de sus hechos inmediatos.

Ayer narré en esta columna que Miguel Barbosa vive desde hace casi dos años en una habitación para personas discapacitadas —la única que hay en el hotel— en el Crowne Plaza de la avenida Hermanos Serdán.

(Pocos son los hoteles en México que construyen habitaciones especiales, y eso habla mucho del desdén y la discriminación que hay en el ambiente).

La habitación del gobernador electo es la más sencilla del hotel, pues sólo hay espacio para una cama.

Y de sillones ni hablamos.

Y es que el espacio es tan reducido que no cabría uno solo.

En esas condiciones ha vivido —al lado de doña Rosario, su esposa— quien próximamente gobernará Puebla.

Eso dice mucho de su personalidad y de la manera de enfrentar las desavenencias.

No dude el lector que en varias ocasiones le hayan ofrecido residencias cómodas, amplias y perfectamente adaptadas a sus necesidades.

Claro que hubo el ofrecimiento, pero fue seguido del rechazo.

El “no es no” de Miguel Barbosa no es mera retórica.

Ahora, una vez terminada la larguísima jornada, por fin se mudará a una casa por el rumbo del hotel en el que habita.

No en Las Fuentes, por supuesto, pero cerca de la avenida Hermanos Serdán.

Una casa modesta, que encaje en la medianía republicana de la que hablaba Juárez.

La duda mata:

¿Cuántos gobernadores han salido de una habitación pequeña para irse a vivir a Casa Puebla?

Ninguno que se sepa.

La mayoría sólo pasó de su residencia personal —enorme— a la residencia oficial.

Pero en la administración Barbosa ya no existirá esta última.

Casa Puebla —lo sabemos— será la sede del Instituto Estatal de los Pueblos Originarios.

Así lo planteó el gobernador electo desde el primer momento.

La historia anterior sirve para definir la visión que tiene Miguel Barbosa del poder.

No el poder para servirse.

El poder para servir.

Y no es retórica.

La pequeña habitación —la más pequeña del hotel— dice más de él que muchas otras cosas.

Y si pensamos que ahí vivió durante casi dos años, el ejemplo es contundente.

(Cosa curiosa: nuestro personaje nunca ha presumido esa austeridad. No se jacta de éllo).

Barbosa ha dicho que va a cambiar el orden de las cosas en materia política y financiera, en materia de obra pública y de la asignación de ésta, y en materia de la separación de poderes.

Hay que creerle.

Lo dice en serio.

Lo puedo imaginar trazando esa ruta crítica desde la única cama de su habitación del Crowne Plaza.

No desde un jardín suntuoso ni desde una residencia en Lomas de Angelópolis, donde, por cierto, vive una alcaldesa de Morena que cambió un modesto apartamento por una señora casa, aunque ahí viva su suegra.

(Ni el presidente López Obrador vive en una residencia así).

En los próximos días continuaremos, faltaba más, con este ejercicio necesario.

No podría ser de otra manera.