Por: Mario Alberto Mejía

Si se quiere conocer a una persona, basta darle poder.

Y es que aflorará su verdadera personalidad.

Si está quebrado por dentro, enloquecerá de inmediato y querrá transformar su entorno delirantemente.

Buscará lucrar con su cargo antes de asumirlo.

Diseñará una ruta de dinero público para convertirlo en privado.

Fortalecerá a sus cómplices.

Meterá en la nómina a sus amantes, a sus socios, a sus incondicionales.

Repartirá el parque vehicular a su arbitrio y conveniencia.

Usará los gastos personales textualmente.

Y más: como gastos personalísimos.

Despedirá a los incómodos.

Se sentará con los proveedores y les aumentará el piso de la comisión.

Se despojará, pues, de su máscara.

Si es mesurado, hará todo lo contrario.

No se excederá ni en el lenguaje.

Guardará prudencia.

Esperará los tiempos.

Todo esto, ay, está viendo desde su atalaya privilegiada el gobernador electo Miguel Barbosa Huerta.

Una vez que adelantó algunos nombramientos de su Gabinete, inició la auditoría informal.

Sabe ahora de qué están hechos sus futuros y posibles colaboradores.

A sus oídos llega información brutal.

Ya sabe quién busca cambiar su modesta vivienda por una aparatosa residencia.

Sabe quién visita las más sofisticadas agencias automotrices en aras de adquirir vehículos de lujo para su uso personal.

Sabe todo de los interesados patrocinadores.

Y de los viejos socios.

Y de ese zumbido de mosca que ya enloquece a algunos.

Bien valió la pena el ejercicio de soltar nombres para conocer a quienes llegarán.

Lo hizo a tiempo.

Antes de su propia toma de posesión.

Y eso le da una ventaja.

(Una ventaja brutal, inédita, espeluznante).

La operación descarte está en marcha.

No todos llegarán.

En el camino quedarán quienes lucraron con sus cargos antes de tenerlos.

Qué historia de poder.