Por: Mario Alberto Mejía

Algunas de las razones por las que Mario Marín Torres está en México en calidad de prófugo de la justicia es por temas que tienen que ver con la lengua, la cultura y la comida.

Impensable imaginarlo en Kuala Lumpur, Malasia, comiendo pescado al tamarindo, por muy caro y lujoso que sea el platillo.

O hablando en italiano en Sicilia para pedir una pizza Margherita con chile guajillo.

O en la taquería Cascabel, de la 2nd Ave, en New York, pidiendo una sopa de tortillas y unas gorditas con puerco y mucho chipotle.

El síndrome del Jamaicón inevitablemente lo hace víctima.

El Jamaicón Villegas era un defensa mexicano del Guadalajara de los años sesenta.

Cuando fue seleccionado mexicano de futbol, viajó con sus compañeros a una gira al extranjero.

El Jamaicón empezó a deprimirse al paso de los días y se le veía solo y meditabundo.

Únicamente se confesó ante uno de sus compañeros más cercanos cuando éste se cansó de preguntarle: “¿Qué le pasa, compadre? ¿Qué mal le aqueja?”.

—Es que extraño mi pozolito de cabeza con harto chiltepín y orégano, compadre —respondió.

A partir de entonces, a esa clase de nostálgicos se les conoce como “jamaicones”.

Mario Marín, sin duda, es como el Jamaicón Villegas, pues no se halla donde no hay chilito en la comida y le hablan en un español muy mexicano.

Marín, lo sabemos, es monolingüe, monotemático y monoculturalista.

(También podría ser monoaural y monocorde).

Detesta el inglés cuando no tiene a alguien que se lo traduzca, le irrita ir al Departamento de Niños a comprarse ropa, le jode caminar al lado de gente rubia y alta.

Por eso está en México.

Aquí la pasa mejor que en cualquier país sofisticado donde nadie lo conoce.

Por eso, quienes lo han tratado, juran que debe estar a no menos de doscientos kilómetros a la redonda de la ciudad de Puebla: en el rancho de un amigo millonario, con cocinera al lado, con su Selección Suprema —de Herradura— para abatir esas noches del alma.

Y con música —muchas música— de su hermano Joan Sebastian.

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Los Hermanos de Marín

Están solos y desamparados.

Se fueron los tiempos de fulgor.

Hoy sólo encuentran deudas y deslealtades en el camino.

Hace poco, uno de ellos intentó vender un rancho.

Fue inútil.

Le querían dar una bicoca.

Lo malo es que los días pasan y los ahorros también.

Y hay que pagar colegiaturas y los gastos de la casa.

Ufff.

El precio de apellidarse Marín.