Memorial
Por Juan Manuel Mecinas

El nombramiento de Margarita Ríos-Farjat como nueva ministra de la Suprema Corte de Justicia de la Nación no fue una sorpresa. Era la favorita desde el primer momento y sólo los ingenuos pensaron que las probabilidades de Ana Laura Magaloni eran reales. Llegó la incondicional del Presidente y el Senado así lo ratificó.

El procedimiento de selección sirvió también para ratificar que los senadores no están preparados para interrogar a un/a aspirante a Ministro/a. El nivel de los Senadores es bajísimo. Por ejemplo, un senador preguntó a una de las aspirantes si conocía alguna sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos que fuera importante para México. La pregunta es de un nivel ínfimo, porque ese conocimiento se entiende que la aspirante lo tiene. Si desconoce el caso Radilla o Campo Algodonero, por citar alguno, sería una tragedia para la Corte y una vergüenza para el Presidente que la propone como aspirante. Es como preguntarle a un matemático si sabe sumar y restar. El nivel de las preguntas tendría que ser elevado, pero en este procedimiento no lo fue. La razón es solo una: los senadores no estaban preparados, ya porque su formación es limitada, ya porque sus asesores no saben preparar una comparecencia donde se analice el perfil, las opiniones o las visiones de las aspirantes.

En relación a las juristas propuestas por López Obrador, poco se puede decir. No se puede dudar de su capacidad , pero de ahí a decir que sus comparecencias fueron una apoteosis, resulta una exageración. Aunque muchos grupos de académicos y periodistas se decantaron y exaltaron la comparecencia de una de las aspirantes, la realidad es que el discurso de cualquiera de ellas poco tiene que ver con una visión moderna del derecho.

Hubo materias que ni siquiera fueron abordadas durante 10 horas (entre comparecencias en Comisión de Justicia y Pleno) que duró la totalidad del proceso. En otras palabras, se puede decir que el procedimiento fue una mera pasarela para que las aspirantes plantearan un discurso más político que jurídico y para que los senadores hicieran el ridículo con sus preguntas. Al final, quedaron más dudas que certezas sobre el tipo de aspirantes que comparecían, en gran parte por cuestión de tiempo: es muy complicado que en solo tres horas se pueda analizar y conocer la visión de las aspirantes sobre temas trascendentales para el país. En otros países las comparecencias suelen durar algunos días y versan sobre una variedad de temas, no solo sobre cuestiones de autonomía del poder judicial, familia, mariguana y seguridad, que fueron los temas que más se discutieron en las comparecencias de la semana pasada. Hay una realidad innegable: este proceso sirve de muy poco.

Después de esta designación,, la Corte queda completa para abordar el asunto más importante que tiene frente a ella en el corto plazo: la Ley Bonilla.. La incorporación de Ríos-Farjat en nada cambia el escenario que ya se tenía previo a su nombramiento -salvo si vota en contra de la Ley-, porque se necesita de ocho ministros que se pronuncien en contra de la referida Ley. En el asunto de la Ley Bonilla, la Corte se juega su credibilidad como árbitro imparcial. Cualquier resultado que no sea la declaración inconstitucional de la ley, daría la señal inequívoca de que la Corte ha perdido el rumbo.

Hasta el momento, el Presidente López Obrador ha propuesto a tres Ministros. Incluso si todos ellos votaran a favor de la Ley Bonilla, el voto del resto de ministros sería suficiente para declarar inconstitucional la ley que pretende alargar del mandato de Jaime Bonilla en Baja California. Eso quiere decir que se necesitan más votos que los de los Ministros nombrados durante el ultimo año para favorecer los intereses de Bonilla. Eso significa que, si la Ley Bonilla triunfa,  es cosa no solo de los nombrados por AMLO, sino que reflejaría una descomposición de la SCJN

b más allá del actual gobierno. La Corte se retratará en la decisión de la Ley Bonilla. Los Ministros que fueron nombrados en el último año son quienes más pueden perder, pero los demás también pueden hacer el ridículo. Comenzar su carrera en la Corte con un traspié de ese tamaño puede marcarlos para siempre; terminarla con ese golpe a la democracia sería incomprensible. Los Ministros se juegan su prestigio y, sobre la mesa, el papel de la Corte como tribunal que se toma la democracia en serio. Si Ríos-Farjat vota en contra de la ley Bonilla, daría un buen primer paso para presentarse como una ministra autónoma. Quince años en la Corte podrían no ser suficientes para borrar un resbalón que califique de constitucional una ley tan antidemocrática.

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