por Diana Solórzano 

Esto lo escribí hace tiempo en algún diez de mayo; hoy lo volvería a escribir casi palabra por palabra.

Soy madre, fui hija y, según dicen, uno es hijo hasta que es padre (o madre, en este caso). He leído en estos días todo tipo de cosas, ¡ya sabrán!, desde las críticas más horrendas, no digamos al día de las madres (ya bastante cursi en sí mismo) sino a las madres; a nosotras, al daño que les hacemos a los hijos y cómo deberíamos de ser para que no se vuelvan asesinos seriales y sean adultos medianamente presentables.

Mi mamá, por ejemplo, juraba que educaba perfectamente, nunca tuvo dudas, sabía con nitidez la línea que separaba lo bueno de lo malo, lo que se debía y lo que no se debía hacer. Nos mimaba sin ningún tipo de culpa, nos regañaba y nos decía cosas durísimas, también sin culpa, bendita ella. Mi línea entre el bien y el más siempre ha sido bastante borrosa.  Yo, como lo he dicho antes, mimo y regaño pensado que me equivoco en las dos. Y, lo peor de todo, es que uno quisiera no fallar en eso, más que en cualquier otra cosa de la vida, si nos dijeran: “todo te va a salir mal, pero serás la mejor madre del mundo y tus hijos te lo reconocerán”, creo que la mayoría diríamos: “¿dónde le firmo?”

Depositamos demasiado en salir triunfantes en esta empresa. Antes tenían tantos hijos, que con dos que “les salieran” buenos, con eso tenían…y así decían: “uno me salió borracho”, “aquel otro, flojo”, “la niña me salió de ojo alegre”, «el grande salió trabajador» y así, simplemente, “les salían”.

En cambio ahora, como tenemos pocos, pues toda la “carga libidinal” como dicen los psicólogos, la depositamos en esos pobres dos o tres seres, los cuales queremos que sean: estudiosos pero no nerds, creativos pero no flojos, deportistas pero no superficiales, sanos, lectores, con gran sentido del humor, buenos para los idiomas, que beban pero con moderación, que sean sociables, que experimenten con su mente y cuerpo, pero que no se droguen de más, que sean educados pero no ñoños, que estudien y trabajen en lo que les gusta, que se mantengan solos, que nos visiten, que sean limpios, que sepan todo lo que hemos hecho por ellos, que nos lo agradezcan hasta el último de sus días, que quieran estar con nosotros, que les caigamos bien, etc etc.

Al final, la verdad es que todos “salen diferentes” y “no salen” como nosotros hubiéramos querido. Y, seamos francos, nosotras también distamos mucho de ser las madres ideales.

Hablando ya de un modo realista, ¿qué quisiera?

Que me recuerden como una mamá divertida, con la que quieran estar sin ser obligados, y que a pesar de todos mis errores “me salgan”: sanos, buenos, simpáticos y felices, total, guapos y listos ya son y no lo digo porque soy su mamá, ¿eh?

Sí lo son.