Por Mario Alberto Mejía

Las vidas paralelas existen. 

En algún lugar lejano hay alguien como nosotros que reproduce gestos y conversaciones con idéntico énfasis. 

A la doble de Rosario Robles hay que buscarla en el cine mexicano. Pienso, por ejemplo, en la Andrea Palma de Distinto Amanecer o en la de La Mujer del Puerto. 

Pienso también en la María Rojo de Danzón: una mujer apasionada que viaja a Veracruz en busca de un amor ido. O lo que cree que es un amor ido. 

Serafina Baladro, hermana de Arcangela, va un día de Padrones a Pajares y se encuentra con un viejo amor: Simón Corona. En lugar de hacer cada uno lo que tenía que hacer terminan en un hotel de paso. Así era la Serafina creada por Jorge Ibargüengoitia en Las Muertas: una suerte de Rosario Robles a la deriva. 

“¿Por qué Dios me habrá hecho tan apasionada”, se reclama Serafina en algún momento con ganas de elogiarse. 

Lo mismo le pasó seguramente a Rosario Robles cuando se vio involucrada hasta el tuétano con Carlos Ahumada. La mirada le cambió. El modito de andar agarró otra textura. La voz —dicen sus cercanos— se le apaciguó. Faltaba más: dentro de ella había una Serafina Baladro queriendo salir y revolcarse en los hoteles del mundo. 

Si aplicamos la lógica cartesiana de Ibargüengoitia, Rosario Robles empezó a trazar su ruta a la cárcel cuando se enamoró de Ahumada. Y es que una cosa llevó a la otra como en la novela Las Muertas. 

Vea el hipócrita lector: si Simón Corona no hubiera ido a Pajares —donde se fue a la cama con Serafina—, y luego a Padrones —donde se encontraron con Arcángela Baladro—, no habría sido involucrado en la trama de muerte de la hermanas, quienes, aprovechando el viaje, le pidieron que fuera a tirar el cadáver de una de las jóvenes prostitutas que regenteaban a un pueblo cercano. 

Ese cambio ínfimo de ruta provocó también que los crímenes de las Poquianchis quedaran expuestos en todo su horror. 

Si Rosario Robles no se hubiera enamorado de Carlos Ahumada no habría descuidado la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal y, menos aún, se habría creado la célebre trama de las ligas, en la que figuró como primer actor un distinguido operador del lopezobradorismo: René Bejarano. 

Durante largos años, con una paciencia digna de San Sebastián, Andrés Manuel López Obrador fue fraguando una venganza que tuvo como protagonista a la mismísima señora Robles. 

Muchas cosas se hubieran evitado si no hubiese actuado como Serafina Baladro. Pero los caminos del deseo son inexpugnables. El olor a sexo es a veces más fuerte que el llamado de la razón. Como San Jorge enfrentando al dragón, Rosario Robles ve pasar sus días en la cárcel. En su sueño guajiro, ella es San Jorge. No sabe que es el dragón al que odia la opinión pública. 

Lejos, en el baúl de los recuerdos, hay una frase que Peña Nieto le dedicó en un acto público: “No te preocupes, Rosario”.  

¡Qué verde era mi valle! 

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