Alejandra Gómez Macchia

Yo, por instinto, elijo un hombre que da fuerza a mi carácter, que me exige mucho, que no duda de mi coraje o dureza, que no me ve ingenua ni inocente, que tiene el valor de tratarme como una mujer

Anaïs Nin (a Henry Miller)

a Deborah, por casi treinta años de amistad intermitente

Querida flaca:

Tu teléfono se averió y sólo puedo enviarte mensajes, pero el whatsapp es muy frío y los textos se van quedando atrás. Uno los borra si es paranoico, o simplemente se pierden en la nada.

Te re encontré una tarde en la que Dios se había ido de vacaciones a Magaluf. Embriagado ahí, el muy hedonista, nos había dejado solas al alba. Nos vimos y de pronto ya no reconocíamos a esas dos niñas regordetas que fuimos. ¡Qué mal!, pues esas niñas no habían sido tocadas aún por el desamor y la zozobra. Andábamos tan campantes por el mundo con nuestros cachetes rosas que siempre nos precedían antes de llegar a cualquier lugar.

Fuiste la primera cara amable que vi en esa escuela de la que yo no me sentí nunca parte. Tú sí. Tú eras aplicada y fresa. Yo un desmadre como siempre.

Qué bueno que hoy no sirva tu teléfono porque me obliga a escribirte desde acá. Hoy me levanté temprano después de una serie de días complicados. Las campañas electorales no combinan ni con la amistad ni con el amor. Es un mundo hostil, tú lo sabes, pero pese a eso no hay un momento en el que olvide los besos de mi amado y tus orejas siempre prestas a escucharme. Le he estado dando muchas vueltas al asunto desde hace una semana, cuando me llamaste pidiendo consejo como si yo, una bohemia sin remedio, pudiera darte luces en un tema del que parezco experta pero no soy más que una atenta aprendiz. Sin embargo, creo tenerte una respuesta puntual a tus dudas, o si no puntual, sí una ligera aproximación a lo que supongo despejaría tus incógnitas. No sólo tuyas, sino de muchas mujeres que sufren porque están junto, al lado, de hombres alados, es decir, de hombres con alas imposibles de capturar.

Y es que uno va eligiendo conforme a sus necesidades, ¿no? Un día vas al supermercado de hombres y escoges al que parece muñeco: al más aséptico, esbelto, musculoso. Un ejemplar de catálogo que resulta ser sólo eso: un teleñeco que sólo sirve para que la herencia mejore y no más. Luego cambias de pasillo y te encuentras al hombre ejemplar que brilla por sus ideas, o al que brilla por sus silencios. Hombres que ven a sus mujeres con idolatría, las ponen en un altar, les encienden incienso, y al hacer eso (al sacralizarlas) pasan a ser una estatua. Yo siempre he dicho, querida amiga, que es preferible que te sacudan a que te idolatren puesto que se idolatra a las santas y las madres y lo que menos quiere uno es ser madre o santa de un pagano edipiento sin remedio, ¿no?

Así va una, dando tumbos. Y gracias a Dios que nos tocó un tiempo en el que la mujer puede también ir probando lo que le gusta (o no) las veces que mejor le venga en gana, aunque por esas acciones (tan recomendadas por la ciencia) nos califican de casquivanas, sin embargo, esas o esos que nos califican así son por lo general árbitros morales sin ninguna credencial que los acredite para dicha actividad.

No quiero extenderme demasiado porque los lectores no tienen por qué chutarse un desplegado infumable, aunque el morbo es el morbo y de algo puede servir esta carta a alguien más.

Debido a los últimos acontecimientos y tomando en cuenta nuestras largas charlas he llegado a la siguiente conclusión que puede o no ser correcta (todo depende el criterio y la capacidad intelectual y a la tolerancia a la frustración y a la perspectiva de cada quien).

Temo mucho, mi estimada flaca, que lo nuestro lo nuestro no son los hombres blandengues. Y que debemos de aceptar estoicamente el peso de nuestra propia monstruosidad y de las decisiones que se toman, ya que no hay una mejor decisión que la que ya se ha tomado, ¿me cachas?

Haciendo una analogía y comparando a los machos de nuestra especie con los del mundo animal, creo que el tema al que tantas veces le hemos dedicado tantos y tantos tequilas, y tantos y tantos entuertos, se reduce a una premisa muy simple: cuando adoptas o te enamoras de un perro, el perro (según su tamaño) comerá lo que su estómago soporte, es decir: no es lo mismo saciar a un Pomerania que a un Mastín.  Tampoco ladran igual. Tampoco echan fuera sus desechos del mismo tamaño, o en lenguaje vulgar y coloquial, no la cagan igual, sobre todo si no están entrenados, ¿de acuerdo?

Bueno, pero el problema no para ahí porque a una le gusta siempre ir más allá, al terreno de lo salvaje y lo desconocido, ¿okey? Y no muevas la cabeza porque sabes que es la verdad.

Partiendo de ese punto, piensa que una es tan valiente, tan excéntrica y quere salir tanto del establishment, que un buen día decidimos emprender la empresa más complicada, esa de tener en casa a una fiera indómita. Un ejemplar de bestia salvaje, bellísima, pero peligrosa. Muchas veces prohibida porque esa bestia, por más domada que esté, un buen día recobra su instinto y pega el zarpazo o la mordida o el vuelo (si es un halcón o un águila), y si te gustan los cuervos recuerda que eventualmente te sacarán los ojos.

En eso pensaba mientras no podía comunicarme ayer contigo para seguir con nuestras deducciones, con nuestro taller, con nuestra terapia de choque.

Lo que pasa es que no fuimos a comprar un poodle a la tienda de mascotas, sino que la curiosidad, y esa adicción a las emociones fuertes, nos arrastraron al zoológico y decidimos llevar a dos leones a habitar a un Infonavit. Y esos leones, querida, tienen apetitos de león, no de poodle.

Por lo tanto, si quieres una vida sin sobresaltos, regresa al león a la sabana y ve al Arca de Noe y adopta un pequinés, porque ese pequinés comerá la carne que llene al pequinés, y no como el león que busca siempre la manada completa de siervos.

Pero no todo es tan drástico, dear, y siguiendo con los paralelismos entre humanos y animales, piensa un poco en las abejas: la abeja busca y busca su flor, la corteja durante horas (que para ellas son años), le da vueltas, va a otras flores, las huele, las estudia, intenta polinizarlas, no cede, vuela más, se guarece en el panal, le consulta a la reina y un día vuelve a la carga… es cuando de repente esa abeja terca y fugitiva (inquieta) mira de lejos a su flor y va a por ella. Se acerca, muchas veces con violencia, y la flor que parecía marchita se abre en toda su plenitud, en toda su monstruosidad, y empieza una danza que dura horas (para ellos días) hasta que la abeja se postra frente a ella, entre tantas miles de flores, y la poliniza. Y ese acto, querida mía, que parece tan elemental, tan simple, es la verdadera razón por la cual este mundo sigue girando correctamente. Sin las abejas, sin ese ir y venir de polen, la vida como la conocemos sería ya un mito.

Esa imagen la tomé de “el ladrón de orquídeas”, película que me encanta porque va de un escritor que no reconoce sus propios talentos (como acá tu amiga) y de una mujer que tiene una vidita cómoda a la que acaba por renunciar para irse a cohabitar con un animal exótico y salvaje (otro tipo de león).

Dentro de esa escena de la abeja y el polen y su chingadamdre, la conclusión es (y cito literal): “cuando encuentras a tu flor, no debes dejar que nada se interponga”.

¡Así que sin Yolanda, Maricarmen!, como dice la jerga tuitera.

Y ya que estamos ejemplificando el problema con elementos animales, vegetales y hasta combustibles, sólo me queda decirte algo antes de que te compres tu nuevo teléfono y la comunicación regrese a ser fría e impersonal: se recomienda que si alguien le teme al fuego, es mejor que no se meta a la cocina.

Te quiere,

A.