Por Mario Alberto Mejía 

El gesto retrata al hombre: 

Hugo López-Gatell se lleva la mano derecha al corazón y escucha desde su traje Hecali las palabras que en su defensa hace el presidente López Obrador. Es la Mañanera en la que el presidente rinde homenaje al cantautor Óscar Chávez, quien falleció de coronavirus, y ordena que pongan “Por ti”. En ese momento, López-Gatell vuelve a llevarse la mano al corazón y tararea la canción. Sus ojos brillan por la emoción contenida. Quiere llorar pero sabe que es impropio. Ve al presidente como quien ve una estatua ecuestre de Villa o Zapata. Una estatua enorme, del tamaño de una catedral. 

López-Gatell suele emocionarse cuando el presidente lo elogia o lo defiende, o lo elogia y lo defiende. Es un sentimental. Un “mujerujo”, como diría María Félix de Carlos Fuentes: un hombre con corazón de mujer.  

El epidemiólogo nació a la vida pública de este país cuando en una Mañanera respondió a la pregunta sobre un eventual contagio del presidente López Obrador con estas palabras: 

“La fuerza del presidente es moral, no es una fuerza de contagio”. 

Un científico negando la ciencia, sí, pero aún más: un funcionario agradando a su jefe con un tono meloso jamás imaginado en la 4T.  

Las zalamerías no han cesado desde entonces. Cada vez que puede, López-Gatell le da gusto a López Obrador y endulza sus oídos con teorías científicas más cercanas a Groucho Marx que a la Organización Mundial de la Salud (OMS). 

El más reciente ridículo lo desdibuja aún más.  

Resulta que antes de que iniciara la pandemia —y esto lo narró la articulista Ana Paula Ordorica en El Universal—, la Organización Panamericana de la Salud promovió a López-Gatell para que pasara a formar parte de la lista de expertos del Reglamento Sanitario Internacional (RSI) de la OMS. Juan Ramón de la Fuente, embajador de México ante la ONU, le dio el empujón definitivo. 

Todo esto ocurrió antes de octubre de 2019, cuando el murciélago que terminó convertido en sopa en el Mercado de Mariscos y Animales Exóticos de Wuhan todavía volaba en alguna cueva china y no contagiaba a nadie. 

Hace unos días, sin embargo, informado por López-Gatell, el presidente López Obrador anunció que el subsecretario de Salud había sido incorporado por la OMS gracias a su extraordinario trabajo para enfrentar la pandemia. 

La duda es tenaz, y mata: 

¿Cómo le hizo para ser incorporado a la lista de expertos del RSI por una guerra contra un virus que no existía en octubre pasado? 

Misterio. 

Por cierto: Jenaro Villamil, quien siempre quiso ser Carlos Monsiváis, presumió la falsedad y sumó una mentira más al asegurar vía Twitter que Julio Frenk, José Narro y Salomón Chertorivsky —ex secretarios de Salud— jamás habían sido llamados por la OMS para colaborar en su carácter de expertos. Villamil dijo esto desde su doble condición de porrista y director del Sistema Público de Radiodifusión de Mexico. Cuando le aclararon que en varios momentos los tres personajes del pasado han sido convocados por la OMS para encabezar diversos proyectos, sólo guardo silencio. 

QUÉ DIFÍCIL ES SER LÓPEZ-GATELL 

En su lista de inocentes mentiras destaca una más: que en 2009, cuando sobrevino la pandemia de la influenza, fue quien alertó al presidente Calderón sobre la urgencia de activar protocolos que evitarán una catástrofe. Esto lo ha venido diciendo una y otra vez. El periodista Carlos Loret de Mola investigó y descubrió la nueva falsedad: 

“Hace 11 años explotó en México la gripe A(H1N1) cuando él era director general adjunto de Epidemiología en la Secretaría de Salud. Y por la manera en como gestionó aquella crisis fue marginado por el entonces presidente Felipe Calderón, quien lo consideró ineficaz porque defendió lo mismo que plantea para el coronavirus: no hace falta hacer tantas pruebas y es exagerado ordenar el cierre del país”. 

No es fácil ser un estudiante más de la UNAM con una trayectoria irregular para convertirse en el paje más pequeño de Palacio Nacional. 

Ahora sabemos cómo ha crecido teniendo la adulación como herramienta de trabajo. Basta verlo cuando está con sus superiores. Al doctor Jorge Alcocer, secretario de Salud, lo llama “maestro” cada vez que puede. Y lo hace tocándose, faltaba más, el corazón y casi al borde de las lágrimas. A Claudia Scheinbaum, jefa de gobierno de la Ciudad de México, le dice “jefa” hasta el cansancio. Entre tanta adulación fabrica las cifras y sus otros datos. 

Nuestro personaje apareció recientemente en una de sus conferencias con un cubrebocas. Todos se sorprendieron. Y cómo no si durante semanas enteras dijo que no era necesario. Así lo dijo la primera vez: 

“Las mascarillas o cubrebocas dan una falsa sensación de seguridad. Hay otras formas de infectarse, por ejemplo, al tocarse la cara. El llamado es a no desperdiciar utilizándolas de forma innecesaria como mecanismo de protección que no tiene una fuerte evidencia científica”. 

De la noche a la mañana —ya se vio— logró tener la evidencia científica. 

APUNTES DE UNA SONRISA ENIGMÁTICA 

López-Gatell es el único médico en el mundo que anuncia miles de muertes con una sonrisa en la boca. Llega siempre, inevitablemente, como si fuera el vocero de buenas noticias. Incluso entra saltando a Palacio Nacional y picándose la panza con los antiguos miembros del Estado Mayor Presidencial.  

Su calidad de vocero luctuoso choca con la felicidad que le da dar las malas noticias. Su trabajo no es fácil: es el encargado de maquillar los números para que su jefe no lo corra. Es el plomero destapa-caños de la 4T. Es el conejo blanco de nuestra Alicia en el país de las maravillas. Es el feliz comediante en el otoño de nuestro descontento.