Por Alejandra Gómez Macchia

Dice Simone de Beauvoir que el problema de la mujer siempre ha sido un problema de hombres. Es cierto: sin los hombres, las mujeres no tendríamos con quién competir, pero tampoco con quién compartir diferencias y puntos de convergencia.  

La mujer ha sido perseguida históricamente, no los por las bestias ni por los fantasmas, sino por el hombre, sin embargo, un mundo utópico en el que sólo existieran mujeres sería insostenible. Más bien combustible.  

El problema real comienza con aquellos que instauraron ciertos dogmas en los que la mujer estaba estrechamente ligada al mal, a la tentación. La corriente judeocristiana agravó más el asunto en el momento que nos asoció con la serpiente. En el instante en el que excluyó de su mitología a la mujer como heroína para dejarla siempre en el papel de sierva, de comparsa, de dadora de vida.  

Luego a las rebeldes las llamaron brujas.  

El oscurantismo no ha terminado del todo pese a los grandes movimientos que han conseguido rescatar de la amnesia de la historia a las pensadoras y a las guerreras. A filósofas como Hypatia, quien fuera asesinada en medio de… ¡qué novedad!, un conflicto entre hombres.  

Desde que el mundo es mundo, las mujeres fueron excelentes personajes de soporte en el guion por un asunto completamente superficial: la apariencia. El hombre fue hecho a imagen y semejanza de otro hombre, dicen… seguro uno más fuerte y portentoso que los que le sobrevinieron. La mujer en cambio nació con formas más sutiles, con (aparentemente) menos fuerza en sus manos, en sus brazos, que no en las piernas: lugar en el que hombre, por cierto, ubica la máxima fuente de poder femenino.  

Pero no entremos al laberinto. La historia del hombre, que es la historia del mundo, es un conglomerado de injusticas y caos.  

Tampoco nos victimicemos de más e intentemos sacar la trufa de la tierra sin recurrir a las trompas de lo cerdos: hoy más que nunca se vive el tiempo de las mujeres. Para bien y para mal.  

Para bien porque hemos conseguido ocupar un lugar más digno que el que ocuparon nuestras abuelas y nuestras bisabuelas quienes, ojo; se sabían víctimas del macho, pero eran más astutas a la hora de negociar una rendición que no era esencialmente perder la batalla, sino hacerle creerle al otro (al hombre) que había ganado. Eso se llamaba matriarcado, y al menos en nuestra sociedad fue un tema marcadísimo. Por esa falsa rendición, que más bien era pura astucia, las familias llegaban a ser tan numerosas y se conservaban unidas. 

Hoy a guerra está declarada y es una herida obscenamente abierta como la rajada de una cúpula a la que un movimiento de tierra partió en dos.  

El quinto número de nuestra revista conmemora el mes de la mujer presentado en sus páginas algunas instantáneas de mujeres poblanas o avecindadas en Puebla que han conseguido triunfar en sus respectivas áreas, teniendo en cuenta que el triunfo femenino no está necesariamente emparentado al dinero (esa es una de las narrativas más desgastadas y facilistas que inventaron los grandes portadores de la reserva de testosterona mundial), sino al acercamiento más profundo a lo que ningún dogma o corriente de pensamiento ha logrado monopolizar: la felicidad.