por Alejandra Gómez Macchia

Revisando nuevamente las imágenes de la desesperada huida de afganos intentando treparse a las turbinas de un gran avión, imagino si esas mujeres de rostros tristes y semi cubiertos tendrán siquiera el tiempo para pensar en algo tan ocioso como el así llamado lenguaje inclusivo o incluyente.

Esas mujeres que, temerosas, entregan a sus bebés de meses, a hombres que quizás no volverán a encontrar jamás. Todo en aras de que sus hijos no crezcan bajo el régimen de los terribles talibanes.

Esas mujeres, ¿reparan que fuera de su infiernito hay millones de jóvenes que, sintiéndose oprimidas por el sistema patriarcal, exigen que la letra o en “todos” y en “nosotros” y en “amigos” se cambie por una apacible e, porque así legitiman su libertad de ser “personas no binarias”? ¿Saben las afganas que en occidente esas exigencias se han vuelto tema de conversación y tendencia dentro de las redes sociales?

¿En qué momento la lucha por los derechos de las mujeres se convirtió en una burla abierta y ridícula en contra de los derechos humanos que son pisoteados en países como Afganistán o aldeas africanas?

En los muchos años que llevo practicando danza guineana, jamás he escuchado a una de mis maestras desgañitarse por el patriarcado vil que les extirpa el clítoris a los nueve años. Nunca.

Ellas, mis maestras, una vez fuera de África, abrazan su nueva circunstancia y dejan que la vida les muestre sus bondades sin ir quejándose, más bien agradeciendo.

 

Cambiar el lenguaje en un diccionario o incorporar términos que a la mirada de los millennials dolientes son necesarios en la lucha por la igualdad, sólo provoca confusión.

Si ya de por sí adolecemos de un evidente déficit verbal, resulta frívolo meter por la fuerza nuevas palabras que, además de sonar espantosas, sólo sirven para satisfacer la híper sensibilidad de aquellas que encuentran en lo masculino un verdadero peligro hacia sus integridades.

 

Durante mi convalecencia por COVID, me hice aficionada a varios podcasts, entre ellos el producido por Netflix nombrado “Nada que ver”, en el que Mariana Linares, Trino Camacho y Luis Pablo Bouregard daban recomendaciones sobre las películas y series incluidas en esta plataforma.

El programa era excelente dada la inteligencia y la ironía de sus comentaristas, sin embargo, hace un par de semanas, cuando quise retomar la continuidad del podcast, resulta que los conductores habían cambiado…

Indagué un poco sobre la salida de los miembros originales, y la respuesta que obtuve fue que habían sido removidos porque Netflix y los productores asumieron que necesitaban “voces nuevas, más acorde con la generación que mayormente busca series y películas en internet”.

No entendí muy bien a qué se referían con eso de voces nuevas. O sí…

Abrí la aplicación en uno de los programas más recientes y resulta que esas voces “frescas” están lideradas por la anticlimática “Plaqueta”: esa “personaja” (como ella diría”) que hace tres o cuatro años metió a la cárcel a un taxista por chiflarle en una esquina.

No voy a abundar sobre los excesos feministoides de la colaboradora de El Universal, lo único que puedo decir es que Netflix echó a perder un buen proyecto al sacar a los conductores originales en busca de refrescar su audiencia.

La nueva era de este podcast es tan políticamente correcta e incluyente que provoca bostezos. Pasó de ser un programa lleno de matices a un esperpento plano y soso, en el que las “voces nuevas” están más preocupadas en aplicar el “todes” y el “nosotres” que en hacer una buena reseña.

Dentro de la crítica cinematográfica siempre se agradece que haya otras referencias, que la conversación abra puentes hacia otras disciplinas o nos transporte al contexto histórico en el que fueron inspirados los filmes.

Escuchar los apuntes al calce y las anécdotas del monero Trino era expandir la perspectiva; el viaje que presupone meterse en las entrañas de una película fue aniquilado por la lectura encorsetada y simplista de Plaqueta y la otra “camarade” que la acompaña.

Sus reseñas son más bien una visión googlera de cada serie, en donde prima el deber ser y la moral feministoide sobre la verdadera pasión y el placer que produce el séptimo arte.

 

Vuelvo entonces al principio de este texto…

Veo las imágenes de cientos de mujeres afganas entregando a sus hijitas a soldados extranjeros. Y al mismo tiempo escucho la voz mofletuda y “fresca” de Plaqueta, a quien le falta ejercitarse para poder cambiar todas las “o” por “e” para así ser la paladina de los “adictes” al lenguaje incluyente.

Me clavo en palomear las veces en que atina y se acuerda que su bandera es defender a las pobrecitas palabras del patriarcado atroz que las inventó.

Las coge del rabo, las infla como globos, les da azúcar en la boca y las pincha; no para relacionarse con la lengua y ensanchar su mundo, más bien en un ridículo esfuerzo de emascular, de extirparles el falo que no tienen.

 

¡Chillen, Putas!, como quería Octavio Paz en su poema “Las palabras”… pero no chillan por ser putas ni por ser manoseadas por un patriarca literario.

Lloran por ser añicos en voz de personajas que, en lugar de abrazarlas, las pervierten como putas remisas que se ahora se dedican a rezar.