En estos días he leído en varios espacios la frase “éramos felices, pero no lo sabíamos”. La imagen es melancólica, sin duda. Poética, también. Nos remite a escenarios de un pasado vivido y vívido en el que se asoma cierto reproche por nuestras respectivas ingratitudes, por la ceguera que nos acompaña siempre en el presente, en el momento que no se ve, que no se aprecia hasta que se va.

Creo, sin embrago, que lo inédito de la circunstancia actual nos está llevando a descubrir sensaciones nuevas, algunas terribles e inquietantes. En mi caso particular no he pensado en la citada frase en ningún momento durante las dos semanas que llevo confinada en casa, al contrario, lo que he pensado es que todos, sin excepción, éramos infelices antes de que el virus nos paralizara.

¿O se es feliz siendo el esclavo de un banco al que le tienes que pagar tres o cuatro veces el total de tu deuda?

¿Somos felices en medio del tráfico, cuando nos brota el orangután que llevamos dentro y comenzamos a ofender al que pasa al lado?

¿Somos felices imaginando que, de no estar penado, podríamos matar al imbécil que nos hace esperar horas y horas en la antesala de un trámite burocrático?

¿Somos felices despotricando contra un lunático que está allí gracias al clamor popular de un pueblo sodomizado por más de 200 años?

¿Somos felices viendo cómo la plata que podríamos gastar en viajes y en placeres imperecederos se va al estómago de un gordo mórbido llamado FISCO?

Los niños creían ser felices mientras tuvieran un iPhone en sus manos, sin embargo, ahora que gozan de las bondades del ocio doméstico no saben qué hacer dentro de sus habitaciones porque necesitan convivir cara a cara con sus demás compañeros aunque sea para fanfarronear y hacer videos tontos en vez de entrar a clases.

Tengo una adolescente en casa a la que he encontrado tres veces llorando como si le hubieran dicho “tu mamá fue descuartizada, toma sus pedazos”, y cuando le pregunto por qué llora me contesta “porque estoy aburrida, porque esto es lo peor que nos ha podido pasar”.

Y yo me pregunto (y me contesto a la vez): ¿no era vagancia lo que querías o acaso eras muy feliz en la escuela? No, me adelanto a responder. En la escuela no eras feliz porque (ahí sí comparto tu opinión) la escuela es una maquinita que fabrica idiotas funcionales en serie.

No entiendo cómo alguien puede aburrirse habiendo un mundo de posibilidades dentro de cualquier casa. Desde la más modesta hasta la más confortable.

Estar solos es la mejor forma de prepararnos a bien morir, quizás no inmediatamente (ojalá), pero la soledad es amiga de la contemplación, y la contemplación deviene sabiduría.

El coronavirus vino no sólo a matar y asustar gente; llegó para plantarnos en la cara las preguntas que jamás nos hubiéramos hecho en medio de la vorágine de la rutina diaria.

¿De qué me sirven los 150 pares de zapatos que tengo en el closet si no puedo calzármelos para salir a caminar?

Hasta hace un par de semanas recibía 50 llamadas telefónicas al día de Banamex para cobrarme una tarjeta que decidí no liquidar, y curiosamente ahora las llamadas han cesado. Ya no son 50, sólo 5.

Veo en Facebook un video viral en el que un muchacho universitario llora porque no sabe hacer un carajo y su sirvienta ya no va. El muchacho tiene de dos sopas: o aprender a fregar pisos o darse un tiro (y tomando en cuenta su grado de inutilidad la segunda opción sería la correcta, sería hasta higiénica).

La pandemia nos voló la cabeza, nos la puso a trabajar al mil por ciento. Nos está poniendo a dudar, dudar de absolutamente todo. Yo, por ejemplo, he dudado hasta de mi existencia. Temo que uno de estos días me pararé frente al espejo y lo encontraré vacío. Me he vuelto, sin querer, una seguidora de Pirrón…

El fin de semana estaba en Acapulco y mi novio me preguntó por enésima vez si en verdad no creía en Dios. Contesté que no. Al menos no en el suyo, sin embargo, añadí que me daba un poco de envidia no poder ser como él, no asirme a algo que aparentemente reconforta en los momentos más difíciles.

Divagué durante media hora mientras él escuchaba mis razones un tanto absorto. Luego entendí que debía respetar sus creencias y dejarlas ahí, intactas, por el bien de todos. Es complicado, por no decir imposible, hacer que un hombre de 60 años cambie de forma de pensar, y en realidad no me interesa hacerlo, es más: que él sea un hombre devoto le otorga a la relación un elemento interesantísimo; por lo menos sé que cuando ya no tengamos fuerzas para discutir por razones sentimentales, siempre quedará el debate religioso, y nadie ganará, y eso es bueno.

Por otro lado, la reclusión me ha agudizado los sentidos y me ha obligado a replantearme la manera de relacionarme con los demás, y lo que he observado es que cada vez extraño menos a todos.

Tengo la fortuna de vivir (hasta hoy, no sé en unos meses) en un penthouse desde donde veo casi toda la ciudad. Por las mañanas observo cómo sale el sol y hasta apenas caí en cuenta qué tan rápido pasan los días y la vida, gracias a la fotografía.

Despierto a las 6 de la mañana, y si me tardo uno o dos minutos en vestirme y encontrar los tenis, me pierdo del espectáculo del amanecer. Uno no tiene conciencia de la velocidad del tiempo hasta que lo pierde.

He estado llevando un calendario de los días de guardar y ya he superado por mucho mi record sin desesperarme. Hay instantes en los que empiezo a alucinar, como ayer que me puse a ver un documental sobre Frank Zappa. Escuchar sus canciones me remitió a una época en la que también creí ser feliz sin serlo, eran sólo instantes mágicos de descubrimiento de nuevos sonidos y tonalidades: algunas drogas, la maravilla del asombro de cada primera vez.

Eso ya pasó y no ha pasado, pensé, pues uno puede emocionarse con mayor fuerza cuando está listo para darle una nueva lectura a las cosas. A todas ellas.

Tan solo ayer, escuchando a Zappa, resolví el problema esencial del patriarcado al ponerle atención al estribillo de una rola con cuatro palabras: el tamaño del pito.

¿Cómo podría uno aburrirse en despejar esa inconmensurable ecuación?

Entonces, regresemos: ¿éramos tan felices antes del encierro?

Voy a tomar dos libros al azar y transcribiré las frases que me salten a primera vista:

  1. “Vivo solo y cuando salgo del consultorio me voy derecho a casa. Ceno la sopa que mi sirvienta me prepara. Me gusta quedarme solo. (Belleza, cuento de Rubem Fonseca)
  2. “Jesús quiere que nuestra naturaleza llegue a sentir hastío de lo que hoy le gusta y halle contento en lo que ayer le causaba horror.” (Historia de Cristo, Giovanni Papini)

Leer te impide creer que el coronavirus sólo le da a los ricos, como dijo nuestro gobernador Barbosa.

Leer te vacuna contra el miedo, como bien dice mi querido Enrique Serna en su último artículo.

El verdadero lector siempre está en cuarentena, afirma Aurelio Asiain desde Twitter.