por Alejandra Gómez Macchia

a Tinko Saltink Banqui

Nueve de la mañana.

Entro al cuarto de baño y enciendo la regadera. El cuerpo me duele como si hubiera ido de visita al Bronx y me hubieran agarrado a patadas seis negros, sin embargo, ese dolor no es dolor. Es más bien ardor… o calor.

Llevaba quizás 36 años (la edad que se supone que tengo) sin pararme de puntas permaneciendo así por un minuto. Un minuto parece nada, pero en puntas es demasiado, lo suficiente para que en el transito sientas que las pantorrillas están llenas de fuego.

Cargar todo tu peso y ser consciente de ello no es una labor fácil. Por eso cuando nos ponemos en puntas, bajamos lo más rápido posible. Porque, según nuestro cerebro, duele. Pero no es dolor, es ardor. Es calor.

Estamos acostumbrados a las líneas, a su belleza. La línea es, ya se sabe, la unión de los puntos sobre el plano. Hay líneas curvas, inclinadas, verticales, horizontales. Cuando uno danza, sigue las líneas. Ballet: sube la mano y al unísono sube la pierna, inclínate en la diagonal, haz una línea que se acerque a la perfección. ¡Pero sube al mismo tiempo, carajo!, decía Miss Ivonne.

¿Y qué pasa si no queremos trazar una línea recta sobre el plano? ¿Y qué si serpenteamos, si quebramos la línea?

Nueve y diez de la mañana.

Miro las gotas que salen disparadas de la regadera. Las pantorrillas arden, no duelen. “Quita de tu boca la palabra “dolor”, usa bien el lenguaje, asocia la sensación con su imagen. No duele, arde, okey”, me repito mientras las gotas caen. Meto la mano para sentir la temperatura: ni muy fría ni muy caliente. ¿A las gotas les duele estamparse contra el piso? No lo creo, aunque lo ecologistas extremos podrían salir un día con la charada de que, al ser vida, el agua sufre. Pero hasta en ese caso, el agua no se dolería: ardería, como mis pantorrillas después de permanecer un minuto en puntas de pie.

Mi mano hace que las gotas se desvíen de la línea. Ahora no van rectas, sino diagonales, oblicuas. Si presiono la cebolla de la regadera, pueden dispararse en dirección horizontal: el agua ejecuta una danza distinta: no la danza de las gotas uniformes, sino el agua de las gotas anárquicas.

Nueve y once de la mañana.

Estoy dentro de la ducha. Me lavo el cabello con la espuma del shampoo, y esa espuma cae al piso. Se ha formado un charco. No un charco monótono. Es un charco en donde cabe el mundo. Si uno puede leer la mano y el café y las cartas, seguro también se pueden leer los charcos llenos de espuma.

En mi charco no hay líneas rectas. La espuma es una suerte de terciopelo o de encaje repleto de diminutos huecos. No veo una sola recta en el charco. El agua serpentea. El charco es una aproximación al cielo, a cualquier cielo constelado en nubes. La espuma es la nube: nunca, durante toda nuestra vida, podremos ver una forma idéntica en el cielo. Uno nunca ve pasar la misma nube dos veces. No existen las nubes gemelas, como tampoco creo que existan las parejas pares. Por eso el cielo es el rey del mundo. Por eso dicen que ahí habita el Dios. El Dios en el que se crea.

Veo el charco y reconozco la sensación en mis piernas. Tiemblan, arden. No duelen. El dolor es un estímulo que golpea al estómago, y yo estoy pensando: el cerebro sólo es un traductor de las sensaciones. No las siente. El cerebro no se conduele, el cerebro está hecho para pensar, para sintetizar, para traducir, por lo tanto el cerebro es el gran mistificador, el fabulador, el embustero vil.

No duele, arde. Seis negros no me patearon El Bronx. El charco no es el cielo, pero se parece. En mi clase, Richard dijo: “levanta la mano derecha, estírala hasta que ya no puedas más y sientas que el hombro se desprende del cuerpo, aguanta, y entonces, la consecuencia de esa mano elongada será que tu tronco oscile hasta que encuentre su equilibrio natural. Ojo: La estabilidad no se encuentra estando quieto, se encuentra oscilando. Estar quieto no es más que están cómodo, estancándote en el punto sobre el plano”.

Mientras observo el charco, me recuerdo en esa posición: el brazo ardía, el hombro se me desprendía del cuerpo, y al fin, solito, el cuerpo buscó su centro, su equilibrio… fue cuando la pierna se elevó sola e hice una línea diagonal por medio segundo. Sin embargo, esa línea se quebró al instante. Serpentee, pero no caí: mi cuerpo se deshizo de algunos candados, la rodilla dio un giro extraño, mi mano se contrajo, el hombro se dislocaba. Si alguien hubiera estado ahí con una cámara la pose hubiera resultado grotesca, antiestética. Una bailarina no puede hacer semejantes desfiguros. El brazo doblado, la mano tiesa, la rodilla como de muñeca fea, los dedos de los pies encogidos como pequeñas cochinillas.

¡Click!

Qué foto tan monstruosa. Mi cara no era una cara, era una jeta. Una jeta con mueca. Mueca, que no sonrisa ni pujido. Fea. La pose era fea para los cánones de los árbitros estéticos occidentales. Además no pude sumir la barriga; una onda de piel flácida se asomaba entre el top y la malla. Pero ese es precisamente mi cuerpo. Una de sus caras: la más imperfecta, la doliente, la sin filtro. La que es.

Parecía una raíz maltrecha de un árbol torcido. Ricchard, mi maestro, dijo: qué árbol eres. Yo dije: soy un fresno, austero, pequeño, que se ha ido de lado, pero da de pronto una sombra perenne. Oía sonidos de agua. Yo era una oruga retorcida, nativa. Una cucaracha con las patas rotas sobreviviendo a la gran bomba nuclear.

Los sueños son una realidad aparte, pero son realidad… de no ser así sería estéril pasar dormidos casi la mitad de nuestras vidas. Estamos en medio de la ensoñación. El amor es alta frecuencia, sí, y es también ensueño. Cuando uno se enamora es fácil aventurarse a ese lado oscuro de la mente que tanto tememos visitar. El amor se ceba entre luces y sombras, y es en la sombra donde se reafirma y se sublima. A veces cuando cojo, sueño que no soy yo, y visito las esquinas ignotas de mi mente. Échale imaginación. La cama es la mejor zona franca que existe. El sexo es exploración, reconocimiento. El sexo es, literalmente, llenar huecos. A veces durante el sexo imagino que yo soy otra, que soy esa sombra, la sombra que piso cuando es mediodía, y mando al carajo a las correcciones. Hoy como nunca me siento libre entre las piernas de mi amante. Soy un animal en los brazos de mi hombre, que es cazador y presa al mismo tiempo. Él me cuida de mí misma, me lleva a traspasar los límites. La cama no es un juzgado, ahí se rompen las leyes mientras las dos partes sean cómplices del pequeño crimen. En ese momento, durante el sexo, el mundo cambia, se expande y se contrae. Hacemos el amor pero también la guerra. Soy un árbol que pierde sus hojas cada otoño.

Esta mañana platiqué con todos mis muertos, que no son hombres ni mujeres, sino días, años, los meses que han ido para siempre. Los muertos no son aquellos zombis desollados que ha dicho Hollywood. Los muertos son los minutos que han pasado, los golpes de la manecillas en un Vacheron Constatin. Cada célula que cae de nuestra cama al despertar. Conversar con ellos, con los muertos de nuestra vida, no es conversar más que con uno mismo. Y acá no es el cerebro el que traduce esa charla: es el cuerpo, todo el cuerpo. El cuerpo entero y sus posibilidades: flexiones, contracciones, estiramientos, muecas, contracturas.

Hay que romperse de vez en cuando. Por el bien de todos, hay que romperse. Quebrarse, cortar la espiral… que es una línea que no acaba.

Diez y quince de la mañana.

Cierro la llave del agua. Mi cuerpo está limpio. Las pantorrillas me siguen ardiendo. Camino y tiemblo. Si me paro en un pie, oscilo como una serpiente saliendo del sesto de algún árabe. Soy una cobra, un mamba negra. Me miro al espejo. Estoy desnuda. Yo y mi imperfección. Yo y los restos del rímel en los ojos. Yo con una teta más arriba de la otra. Yo con mi colitis y mis estrías y mis tríceps cediendo a la fuerza gravitacional de los cuarenta años. Nadie me ve. Cuando me ve alguien, cuando me ve mi amante, poso, busco la línea: meto la panza, bajo los hombros, busco el perfil ideal y sonrío.

Pero frente al espejo no. Me veo completa sin tunearme en alguna aplicación del celular. Tengo una lengua: la saco, soy una cobra. La única línea que no desaparece es la grieta del ceño. Esa es imborrable. Es la memoria de esas noches de insomnio y desazón. De los pasajes etílicos. La odio, pero no la odio. He pensado seriamente meterle una inyección de ácido ialurónico; reculo: sin esa raya dejaría de ser yo. Mejor sacar flores de las grietas. Si no lo hiciera, borraría mis días y mis años. No habría muertos con quién conversar. No habría barco para mí.

Las gotas se secan. Mi piel es parecida a la de un lagarto: está mutando por que la quemé en intensas jornadas de sol acapulqueño. En otro momento hubiera pensado que es fea, horrible, sin embargo hoy no: hoy veo en mi piel un mapa, un código, como el de la espuma. Como los dibujos de Nasca. Mi cuerpo me cuenta una historia de agua. Mañana saldrá una nueva piel. Antes ardía, hoy no. Hoy simplemente va muriendo. Esa piel putrefacta va muriendo, pero mañana será lisa de nuevo. Y esa piel será otro de mis muertos. Uno de los tantos con los que conversaré mientras mi hombro se disloca y mis pantorrillas sienten el fuego del peso de toda mi humanidad, de la humanidad entera. Eso también es Butoh. Es la anti danza.

Butoh es el nombre que se le da a las técnicas de danza creadas en 1950 por Kazuo Ohno y Tatsumi Hijikata, dos artistas que conmovidos por los fatídicos bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki, crearon una nueva conversación con sus cuerpos, los cuerpos de la postguerra. Fue una época dura: las imágenes de algunos supervivientes llenaban las calles. Hombres como zombis. Mutantes, rotos, heridos, calcinados. Estos caminaban con el cuerpo y el alma quemados y con los globos oculares reventados y colgando sobre las mejillas. Así nació el butō, la danza hacia la oscuridad.

Diez treinta de la mañana.

¿Qué es la oscuridad? No es el mal, no es lo tétrico. Ahí no habita el diablo ni lo sórdido. Tememos a la oscuridad porque es simplemente la ausencia de luz. Nuestros padres y los padres de nuestros padres nos llenaron de temores: encendían una lamparita para que no durmiéramos en vilo, sin embargo, cuando la oscuridad llega, la mente se expande. Escritores, pintores, músicos, filósofos, científicos, ¿cuántos de ellos crearon sus obras en la oscuridad? Cuando la pituitaria llega a su punto más alto de acción. La noche. El negro. La sombra. Nuestra sombra.

Oriente algo sabe de que nosotros no sabemos. El Tao, el ying y el yang: un pez negro copula con un blanco y juntos crean un círculo perfecto. No existe el uno sin el otro. Oscuridad y luz no son antagónicos, sólo son opuestos.

Místicos chics, Veganis, Jodoroswkies, trascendidos, yoguinis, neojipis, todos ellos te dicen cuando te ven o cuando se van: “llama a tu ser de luz, luz en el camino, que la luz te acompañe”.

¿Cuánto valen esas dos palabras de Goethe (las últimas que dijo antes de morir) “mehr Licht“, o sea, ¡más luz!… Desde hace ciento cincuenta años aparecen en todos los libros escolares y por todas partes, ¿qué valor tan inmenso tienen esas dos palabras? Acaso un consuelo, un embuste, el delirio, un lugar común a la hora de salir con los pies por delante. Aunque Thomas Bernhard estaba convencido que Goethe no dijo mehr Licht (más luz) sino mehr nicht (no más), porque estaba harto.

¿Y la oscuridad? ¿Por qué se le teme? ¿Qué se ve en ella que nos paraliza?

Es cuando vamos al diván a confesarnos. Expiación. Explicaciones. ¿Para qué buscar respuesta a algo que no la tiene? Soñamos fragmentos aleatorios de lo que nos pasa en la vigilia. Si soñamos que matamos, seguramente no mataremos. Si soñamos con la teta de la madre, no es que deseemos la teta, simplemente es una reminiscencia del calor, del amor, del consuelo que era estar pegado al pecho. En el sueño somos libres. No hay juicios morales. En lo sueños Dios es bueno y no castiga.

En pintura, para que una luz resalte más, para hacer el efecto o el brillo del metal, debe por fuerza marcarse una sombra pronunciada. El contraste crea el bulto, de da profundidad, corporeidad.

¿Y la luna?

Lo que vemos no es. Esa dama que seduce de noche no es luz. Los poemas que la exaltan como un objeto luminoso, yerran. Vallejo, Neruda, Bishop, la Pizarnik, was wrong.

Lo dice un sabio urbano en la grabación del célebre Dark Side of the Moon, de Pink Floyd, un paria afuera de Abbey Road sentencia: “No hay lado oscuro de la luna, la luna es toda oscura”.

Hay belleza en el vacío. El misterio –ingrediente principal de la seducción– se oxigena en la sombra.

El ardor no es dolor. El charco del baño es un oráculo. Los sueños, ese mundo maravilloso, no germinan con el sol. Hay belleza en lo antiestético. La alquimia busca convertir un trozo de mierda en oro. Hubo belleza en el espectáculo más mortífero de los hombres: el hongo nuclear fue una instalación de arte efímero: el hongo no mató a los hombres: fueron los otros hombres. A plena luz del día.

Hijikata ejecuta una danza catártica. Recuerda los golpes que su padre le propinaba a él, los golpes que su padre le propinaba a mamá. No es una danza grata, una danza cómoda. Es un exorcismo. Freud se puede ir a la chingada. La manera más eficaz de curarse del espanto es romperse de vez en cuando. Y llorar por la luna, que es negra en realidad. Hijikata conversa con su muerto: con el padre. Expía su culpa, redime a mamá. Sin líneas rectas: reptando como una iguana, arrasándose como una serpiente que ha tenido que guarecerse en la sombra para no morir.

Eso es Butoh. Un poco de sombra en el alba, y en el alma.

Es conocer y abrazar el dolor, que no es bueno ni es malo. Que no es ardor ni espasmo. Es una actividad que nace, se reproduce y muere en sí misma.