por Alejandra Gómez Macchia 

Entre el repertorio de canciones que antes eran vistas como verdaderas odas a un amor infrahumano, y hasta quevediano (por aquello de sobrevivir más allá del polvo), se encuentran dos que en estos tiempos, en los que se preconiza el desapego sobre cualquier manifestación de entrega total (con todas las consecuencias que esto conlleva), serían catalogadas como himnos a la toxicidad dentro de una relación amorosa.

Hoy estas dos joyas de la música mexicana han quedado abandonadas en el rincón de la nostálgica cantina y en burdel donde ya no se sirven jaiboles.  Sólo los abuelos, los borrachines y los melómanos echamos mano de ellas, no sólo para regodearnos en la melancolía de una época en la que las canciones todavía dejaban algo a la imaginación interponiendo un tul entre la libertad y el libertinaje, entre el amor y el arrebato carnal, y entre el placer fortuito y la adicción al masoquismo, sino para hacer de ellas el escenario propicio de nuestras más calladas perversiones y deseos inconfesables.

Estas canciones (que, aunque no lo creamos son parte de la historia del pop, al haber sido populares y al sonar en la radio durante años), poco o nada tienen que ver con la música que ahora cataliza la cachondería, las pasiones (si es que las tienen) y hasta la violencia consensuada entre las parejas pares (o impares) que forman los millennials y los preclaros miembros de la generación Z.

Está muy de moda la palabra “tóxica” o “tóxico”, para referirnos a aquella persona que, en aras de conservar el amor, ejecuta todo tipo de suertes delirantes, insensatas y hasta peligrosas.

El miedo a lo “tóxico” sobreviene básicamente de la hipersensibilidad y la doble moral circundante entre los jóvenes, quienes ya no conocen el significado del arrobo, de la permanencia ni del compromiso (no hablo de papeles legales).

Es fácil traducir el cerebro de un millennial mediante la música que escucha y los pocos libros que lee.

La primera, la música, es una mezcla de betún en cajita con un poco de semen light previamente congelado en tubos de ensaye (el reguetón); los segundos (libros), son historias en las que se entroniza un humor zombi y/o una alta dosis de filosofía baratija new-age posmoderna que aleccionan al chavo hacia un despego descafeinado más cercano a Jodorowsky y a Keith Raniere que al budismo zen…

Todas las mañanas me debo chutar la música que sale del apartamento de mi vecino (un estudiante universitario que más bien debería remitirse a la secundaria nocturna), y pongo mucha atención en las letras de las canciones, y no me asustan ni me escandalizan como a otras señoras de mi edad, al contrario, me dan la respuesta del porqué nuestros jóvenes son tan blandengues y, aunque suene paradójico, tan puritanos.

Es quizás la forma simplista y burda que tienen los autores de esas rolas para tratar temas tan manoseados e históricamente repetidos como la ruptura, la desilusión, el adulterio y el poderosísimo vínculo que se crea a partir del sexo entre dos personas.

El reguetón no es otra cosa más que la fotografía Polaroid del espíritu de nuestra época actual: falta de misterio, nula capacidad de cortejo, cero lecturas, corazones guangos, feminismo de escritorio y mentes incapaces de solucionar problemas sin ayuda de una inteligencia artificial.

Las relaciones entre jóvenes son mucho más frágiles que las que nosotros sobrellevamos, por una razón: crecieron viendo peliculas de princesas y, aun ya siendo adultos que beben, cogen, fuman, se quejan de todo y votan, siguen teniendo en sus listas de “favoritas” esos churros lacrimógenos para ver en un sábado de “Netflix and chill”.

No tenemos que ir muy lejos: los influencers de moda (labregones de más de veinte años que fungen como anuncios ambulantes de marcas de lujo y hoteles) quedaron evidenciados durante la pandemia como unos verdaderos ñoños que, al no poder ir a las semanas de la moda o a hospedarse en hoteles 5 estrellas, tuvieron que revivir viejas modas como el “tie die” (pintarrajear la ropa a la manera jipi) y ponerse sus pijamas para quejarse “en directo” y con un pobrísimo vocabulario, sobre su lamentable situación, es decir, sin la cosmética, la parafernalia y la seguridad que les dota estar enfundados en trapos de cientos de miles de pesos.

Por eso estos muchachos llaman tóxico a todo lo que les escoria un poquito la piel, sin darse cuenta que sus reguetones no son más irreverentes que los boleros de Álvaro Carrillo, José Alfredo o Agustín Lara.

Estaba escuchando dos canciones maravillosas que, de ser comprendidas por el respetable coro de niñatos adictos a Maluma, podrían ser el retrato más crudo y quirúrgico de lo que ahora se considera “tóxico”.

Dos de ellas: “Este amor salvaje”, de Miguel Ángel Valladares (e interpretada magistralmente por Toña “La negra”) , y “Si Dios me quita la vida”, de Luis Demetrio.  

Ambas versan sobre una relación amorosa que se torna en obsesión, o como se diría ahora: “en una relación de codependencia neurótica, wey”.

Los personajes involucrados saben que el verdadero amor está más cerca de la zozobra que del placer, o más bien, que el candor de los primeros encuentros, que el latigazo del deseo se esfuma con el tiempo llevando al amante a la desesperación, y en grados sublimes, a la fatalidad.

En ambas composiciones, uno de los amantes enferma más que el otro (como suele pasar en la realidad no-millennial) y alcanza un nivel de apasionamiento tal que lo lleva a fantasear con seguir insistiendo en corregir un amor generalmente mal logrado en el optimista escenario de otra vida… en la cual no se sabe si el objeto de su desdicha volverá a despreciarlo, o por lo menos, ningunearlo.

Para ser más específicos, citemos una parte de estos dramas:

 

“Qué manera de amar tan terrible

Y ya no es posible cambiar lo que soy

Muchas veces quisiera olvidarte

Y no puedo dejar de adorarte

Una angustia clavada al recuerdo

Me hiere el cerebro y pierdo la fe

Sé que nada espero

Pero yo te quiero sin saber por qué (…)

Luché por olvidarte

Por vencer mi destino

Y caí al remolino

De la fatalidad

Este amor salvaje

Me causará la muerte

Pero me importa poco

Si volveré a quererte allá en la eternidad”.

 

Esta última frase es, sin duda, lo que ahora es etiquetado como “una pinche loca con intensidad nivel Dios”.

Quien haya escrito esto, dicen los chavillos, no sabe que la puerta de salida está más próxima de lo que se cree, justo ahí donde Maluma dice: “Vamo a ser felices los cuatro, y yo te agrando el cuarto”.

 

Lo mismo que le pasaba al pobre Javier Solis, cuando, entre bisteces de res, mondongo y chicharrón de puerco y puerca, lloriqueaba diciendo:

 

“Si dios me quita la vida antes que a ti,

Le voy a pedir que concentre mi alma en la tuya

Para evitar que pueda entrar

Otro querer a saborear lo que es tan mío”.

 

¡Pero, cómo estos babyboomers tóxicos (dicen los chicos de la generación z)  se preocupan por concentrar su espíritu en una muerta si pueden “darse” a toda la parentela viva de la ingrata que se fue!, como bien lo dice el reguetonero Jiggy Drama en ese bello poema sinfónico titulado “Nadie más te va a culiar (sic) como te culeo yo”.

 

«Tú me la chupas muy bien, 
Pero no como tu mamá,
Ella es profesional, y se la sabe aguantar…»

 

«Recuerdo esa reunión familiar, 
Cuando llegó tu prima, 
Esa prima es bien zorra, me dijiste, 
Y a mi me dieron ganas de culiar…»

«Y a tu abuela también le di,
Ella es veterana, mi pipí,
Ahora soy VigaPi,
Las tengo a todas aquí,
Chupándome el pipí…» 

Lo curioso de todo esto es que tanto niñas fresa como chavillas de las cuencas de cualquier río hediondo latinoamericano, entonan estos estribillos con una supuesta apertura sexual que no tienen (porque aparte está demostrado que esta generación folla menos que las anteriores) al mismo tiempo que son incapaces de sostener una relación amorosa por más de seis meses, ya que no conciben que la generación de nuestros abuelos haya engendrado a esos monstruos tóxicos que prefieren meter su alma en la amada muerta, que agrandarle el cuarto (y otras cosas más) a la que lloraba por aquel amor salvaje en el “creepy” malecón de Veracruz.