por Carlos Meza Viveros

En un área de mi despacho vive Francisco Toledo. Colgado a la derecha del escritorio que ocupa Reyes Arrieta. Su alma está suspendida dentro de un marco negro con cristal anti reflejante. Reyes Arrieta, amigo mío desde la juventud, lo ve todo el tiempo mientras revisa asuntos y fuma un cigarro tras otro.

Cuando digo que Toledo está en un área de mi despacho es porque realmente se siente su presencia. Los hombres así, los artista de verdad, prolongan su existencia hacia su obra: esa nunca muere.

Leonardo Da Vinci decía que el hombre perece en la vida, mas no en el arte. Por eso Francisco Toledo seguirá siendo un anfitrión permanente en mi despacho.

Toledo en su tótem: en forma de murciélago. Su figura decantada en las líneas austeras de un papalote.

¿Cuál era el propósito de pintar esos rombos de papel que desafían al viento? Todo sobreviene de una creencia juchiteca: los papalotes son aves de tierra que nos regresan a nuestros muertos. Por eso el maestro manifestó su dolor e indignación con papalotes cuando el gobierno de Peña Nieto salió a dar su versión (a modo) sobre la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa.

En una de las entrevistas que le hicieron, Toledo simplemente dijo: “el presidente no tiene madre”.

Esa es la razón por la que hacía papalotes, y una de las imágenes que más ha circulado en estos días de luto ha sido precisamente esa: Toledo corriendo con su sempiterno calzón de manta y sus melena enmarañada alzando el vuelo de un papalote con el rostro de uno de los 43 muchachos desaparecidos.

A mis lectores no les parecerá extraño que nuevamente hable de Octavio Paz, pues saben o intuyen que es uno de mis escritores favoritos. Y es que al hablar de Toledo es inevitable separarlo de Paz, ya que fue él –junto con Rufino Tamayo– quienes le abrieron las puertas de París.

Empezaba la década de los sesenta cuando el juchiteco salvaje llegó a incendiar las galerías parisinas. Era un ave exótica entre los franceses: un hombre lagarto, un hombre murciélago, parco, tímido. Para ese entonces Paz ya era Paz, y el mundo intelectual lo reconocía como el patriarca de las letras mexicanas.

En ese tiempo, el autor de “Piedra de sol” tenía un amor, quizás el amor de su vida: Bona Tibertelli, quien fuera mujer de un importante crítico literario: André Pieyre de Mandiargues, mismo que  se hizo amigo del poeta mexicano y lo incluyó en la selección de escritores de la Pléyade francesa, editorial que aún publica a los escritores más importantes del mundo.

En pocas palabras, y hablando en llano, Octavio Paz le bajó la mujer a Pieyre.

Paz le dedicó encendidos poemas a esa ninfa enigmática y en su libro La Estación Violenta, la describió “como un arma dormida y temible”.

Nadie vio venir la catástrofe. El terremoto llegaría años más tardes montado en huaraches de llanta y pantalones de manta.

Después de encontrar la armonía que jamás tuvo con Elena Garro, Bona hace garras el corazón del poeta al enamorarse de Toledo. Paz se desmorona, colapsa, deja de ser un árbol bien plantado mas danzante.

Como buenos franceses, laxos en temas de la libertad erótica y amorosa, Mandiargues, escribió estas líneas a su amigo Paul Han: ”Ya sabrá usted, probablemente, que Bona ha cambiado de mexicano. Ha prescindido de Octavio con una prontitud que hasta a mí me sorprende. Se fue a Mallorca con un muy joven pintor, indio puro de esa región del Istmo (Juchitán) en la que aún reina el matriarcado… Ha dejado también a Paz por otro mexicano, esta vez uno de pura sangre azteca”.

El karma de haberle robado al francés el amor de su dama, tardó en llegar diez años, y el que saldó esa cuenta no fue otro más que Toledo, de quien Paz había escrito con una generosidad inédita, pues el ego de Paz lo rebasaba continuamente y muchas veces actuaba con desdén frente a aquellos talentos que amenazaban con robarle el lugar de honor en el Parnaso de la cultura en México. El caso más elocuente de sus raptos de mezquindad lo dirigió hacia la figura impasible de José Emilio Pacheco.

Sin embargo, el tiempo es el único bálsamo y la vida pronto recompensó al poeta con Marie Joe Tramini; y se casaron debajo de un nim, que es un árbol de la India en donde la pinza se cerró.

Toledo, huelga decirlo, pronto dejó a Bona.

Oaxaca es una de las ciudades más bellas del mundo, sin embargo, no sería la misma sin Toledo. O más bien, sin las gónadas que tuvo para evitar que el centro histórico se volviera una especia de Disneylandia zapoteca con el arribo de empresas trasnacionales como Mc Donlad’s.

El indio juchiteco, quien por cierto no volvería a su tierra natal por conflictos de índole política, se enfrentó al gigante de la chatarra más dañina del mundo, y su pueblo lo siguió. En eso radica la diferencia entre los oaxaqueños con respecto a los habitantes de otros estados (en este caso Puebla, que es donde se está escribiendo este texto).

El oaxaqueño es orgulloso, terco, empecinado, y no regatea a la hora de mostrar su oriundez.

Oaxaca le debe a Toledo los más bellos centros culturales que hay en el país, la lucha contra la preservación del maíz y una nueva cultura de la resistencia.

Toledo no era intransitable como algunos artistas señalaban, y si lo era, estaba en su legítimo derecho pues le sobraba eso que se llama autoridad moral.

Francisco Toledo fue de los primeros artistas en romper con la escuela del nacionalismo tan marcada en los grandes muralistas. Eso se lo debe a Tamayo, quien sigue siendo el más moderno de los pintores oaxaqueños.

Pintores… Toledo no se consideraba un pintor, sino más bien un dibujante, un artista plástico, pero sobre todo, dedicó las últimas décadas de su vida a dejar una obra que no sólo pueden comprar los ricos o los esnobs o los políticos que tiene los recursos para colgar en sus muros cuadros: la más importante obra de Toledo es intangible y está a la mano de todos.

Con apoyo de otras instituciones fundó en octubre de 1997 el Taller Arte Papel Oaxaca, instalado en la antigua planta hidroeléctrica “La Soledad”, en San Agustín Etla, así como Ediciones Toledo, que en 1983 publicó su primer libro, y en 1988 fundó el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (IAGO), luego en el 2006 fundó el Centro de las Artes San Agustín (CaSa), en San Agustín Etla, en donde se produce y se estudia fotografía, gráfica digital y diseño textil. Otros proyectos que apoyó fueron la Biblioteca para Invidentes Jorge Luis Borges, el Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo, el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca (MACO), el Cine Club El Pochote, el Jardín Etnobotánico de Oaxaca, la Fonoteca Eduardo Mata Asiasín, la Biblioteca Francisco de Burgoa, las revistas Guchachi Reza (Iguana Rajada) y Alcaraván.

Quizás estos datos despejen la duda de quienes no saben por qué tanto alboroto con la muerte del señor que se paseaba descalzo por el centro de Oaxaca.

Con la muerte de Toledo, no sólo Oaxaca queda huérfano. El pasado viernes México perdió al último genio del siglo XX.

Al dibujante, al grabador, al luchador social, al indígena cojonudo que demostró que se puede triunfar sin renunciar a su esencia.

Descanse en paz, Francisco Toledo.