Tala/ Alejandra Gómez Macchia

para mi amigo Emilio Murad, por su atenta lectura de las cosas

Para la mayoría de los escritores, su relación con las letras está íntimamente ligada a la supervivencia, y no porque su obra les dé de comer (generalmente el escritor –mexicano– vive de otra cosa, menos de la venta de sus libros).

El acto de escribir, aunque egoísta, va mucho más allá. A veces, créanme, uno se pone a escribir más de lo que lee –o de lo que anhelaría leer– para verter sobre la página en blanco las respuestas que la naturaleza no da. Pero ojo: la naturaleza no es lo mismo que el paisaje.

Esta mañana me puse al corriente en algunas lecturas pendientes y encuentro dos artículos que a pesar de no tratar de lo mismo convergen en un punto: la euforia y la necesidad imperiosa de regresar a Víctor Hugo a partir del incendio en Notre Dame.

Es en donde surgen en mí varios cuestionamientos, y el primero de ellos fue  precisamente el que acabo de exponer en el párrafo anterior: ¿qué busca el lector común, poco atento, al ir a comprar Nuestra Señora de París a la librería? ¿La naturaleza de las cosas o el paisaje? Yo creo que la mayoría se va por lo segundo. Sea un público culto o educado, el lector que se arrebata de pronto por un suceso, termina yéndose al bulto, a la superficie.

La escena, vista desde afuera, engloba muchos simbolismos. Por un lado:  la fragilidad, la pérdida, el sentimiento de vulnerabilidad y la persistencia de la memoria ante todo. Por el otro: la belleza de un performance monstruoso (y efímero) que sólo nos tocó a ver a los que en este momento habitamos el mundo.

Notre Dame será restaurada, sin embargo, con el incendio perderá sus fantasmas más rancios. Poco quedará de su naturaleza, de su espíritu; es decir, en unos cantos años (y con al ayuda de magnates y corporaciones que le lavarán la cara al fisco) el paisaje, la superficie, recobrarán su apariencia. Olerá a maderas nuevas y a óleos frescos, pero su alma se habrá extraviado inevitablemente.

Las grandes calamidades por las que ha transitado el arte aleccionan cruelmente al hombre, pero crean en su psique fantasías que pueden llegar a ser más bellas que la realidad. Una de esas fantasías es sin duda el cuadro de representación mental que tenemos sobre la Torre de Babel.

Esa torre, que presumidamente es a quien le debemos la diversificación de las lenguas, pretendía (según la Biblia) llegar al cielo. Y justo así nos la imaginamos cuando de niños  vamos al catecismo y una anciana devota que huele a naftalina nos muestra en su librito ilustrado la imagen de una mole gigantesca que llega a la nubes, mientras que pequeñísimas criaturas humanas arden en su base. Esas criaturas no arden en el fuego, sino en la desesperación de no poderse ya comunicar entre sí, ergo, la torre se malogra porque simplemente el sujeto A no sabe cómo pedirle al sujeto B que le pase la piedra o el bloque para continuar con la labor.

Quien haya escrito esa historia fue un verdadero poeta. Un poeta avezado y manipulador, por cierto, ya que consiguió que la escena pasara a la historia más como un estudio del paisaje que de la naturaleza. La forma le ganó al fondo, ya que la Torre de Babel era en realidad una estructura pequeña. Y si tocaba las nubes seguramente sería porque las nubes andaban bajas, sin embargo, cada vez que uno quiere referirse a la desesperación de no poder comunicarse piensa en esa torre como una estructura gigantesca que simboliza  la soberbia del hombre.

Pero la cosa no fue así ni es tan romántica, ya que de haber sobrevivido al tiempo, La Torre de Babel hoy sería un monumento liliputiense en medio de los grandes rascacielos.

A eso me refiero cuando pienso en el futuro de Notre Dame, sólo que a la inversa: quienes fueron corriendo a las librerías para leer las cuitas del jorobado Cuasimodo  encontrarán a un Hugo diferente al que conocerán nuestros nietos, sin embargo, si esos nietos llegaran a leer superficialmente a Hugo, reconocerán sólo el paisaje (desde su presente) no así su naturaleza. Los fantasmas se habrán transfigurado, como las pequeñas figuras que arden bajo la Torre de Babel.

Vuelvo al comienzo de este texto: quien escribe sufre a veces del tormento de no poder dejar de escribir todo el tiempo.

Uno puede estar platicando caldeadamente de cualquier tema, con una persona equis que parece no ser nada interesante, sin embargo, el escritor siempre hace un escaneo interior de esas personas y de esos platillos y de esos cuadros que cuelgan de los muros de la fonda austera o del restaurante de lujo.

¿Es una maldición o una bendición?

A saber.

A veces es un poco de ambas, ante todo si la capacidad de descansar la mente con un sueño reparador se extravía.

Me pasó esta madrugada, cuando de pronto abrí los ojos y miré entre las sombras la silueta de la gran pirámide de Cholula.

Esa pirámide a quienes tantos llaman “El cerrito”, ha sido una de las más grandes fascinaciones en mi vida. Crecí, literalmente, corriendo en una de sus bases, tomando en cuenta que cada cultura que se asentó en el territorio hizo una yuxtaposición de templos como muestra de su poderío, es decir, el gandaya que llegaba con mejores armas y hombres más fuertes, sepultaba a su antecesor montándole una nueva pirámide sobre la anterior.

Así sucedió hasta que llegaron los españoles y coronaron esas moles de adobe con una iglesia que es hasta la fecha el elemento que resalta a la distancia. No así las pirámides, a las que el tiempo y la naturaleza han borrado cruelmente revistiéndolas de tierra y yerbas malas.

Entonces esta madrugada me quedé un rato pensando en la abulia de nuestro pueblo.

¿Qué tiene que suceder para que la gente busque en libros (como el de Hugo) el pasado anterior (e interior) de nuestros símbolos?

Cada vez que viajo y paso a las librerías del aeropuerto observo detenidamente a los compradores, y la mayoría de mis coterráneos adquieren novelas de moda o mamotretos de superación personal. Hay muy poco interés por conocer y reconocer en la literatura el alma de nuestra tierra.

Ni el fuego ni la intervención anodina de la mano del hombre conmueven a un país no lector. La historia, al parecer, nos importa un bledo.

¿Qué mueve al mexicano para leer determinado libro?

El morbo, un escándalo sexual, un crimen sin resolver.

Carlos Fuentes vivió un momento de gloria al volverse un superventas después de que una madre de familia que brillaba por su imbecilidad se horrorizó cuando la maestra de su hija envió como lectura didáctica a sus alumnos “Aura”.

Aura, que es una buena novela corta o un estimulante cuento largo, no es ni de cerca la mejor obra de Fuentes. Es en sí un homenaje muy bien logrado de “Una vuelta de tuerca” de Henry James.

Sin embargo, y por desgracia, el autor no decide nunca la obra por la cual va a ser recordado. Creo, sin temor a equivocarme, que Fuentes hubiera querido que su Región Más Transparente, fuera “EL” libro que lo colocara en la mesa de los más vendidos. El libro que todos los mexicanos morbosos hubieran tenido que leer porque una madre idiota causó revuelo censurándolo.

No fue así.

En nuestro país se lee moda o por obligación.

Conocemos a la perfección la sórdida historia del pederasta Succar Kuri y Los Demonios del Edén, y no encontramos en la mesa de imprescindibles “La muerte del caudillo”.

Ponderamos a Lydia Cacho por encima de Matín Luis Guzmán.

Conocemos de memoria la historia del Clan Trevi Andrade (escrito por una ágrafa como Aline Hernández) mientras que es una odisea encontrar en los estantes “Asesinato”, de Vicente Leñero.

Las chicas creen que la poesía amorosa es eso que escribe la cantante de Rebelde, y asumen que Sor Juana es una monja que hacía rompope.

¿Y si ardiera Catedral?

¿Iríamos a buscar su memoria en los libros?

No lo creo.

Tenemos serios problemas con lenguaje de las cosas: confundimos naturaleza con paisaje.

Somos bucólicos sólo cuando hacemos carne asada en el POPOPARK.

Subimos selfies en Notre Dame por esnobismo. Iremos a París y visitaremos su ruinas para no quedar fuera del tren del mame, pero no conoceremos nunca su alma porque, aunque digamos que la muerte nos da risa, le tememos a los fantasmas.