por Alejandra Gómez Macchia

Señor presidente:

Las cartas abiertas se escriben, sobre todo, para hacer partícipes a los demás de lo que en ellas se expresa. El que las manda (y las abre) invita a todos aquellos que quieran leerlas.

Lo más seguro es que usted no lea este texto, sin embrago, no importa, tengo la costumbre de escribir como método infalible de catarsis. Soy aficionada a enviar mensajes dentro de botellas y echarlos a la mar aun sabiendo que el destinatario será otro, no a quien se piensa que pueden llegar.

Esto es un naufragio, señor presidente. Cada día nos vamos alejando más de la orilla y tenemos miedo. Todos los que vamos trepados en el barco tememos que la ola nos alcance, que nos revuelque, que nos voltee y nos deje a la deriva, muertos de frío.

A principios de su administración me levantaba temprano y encendía la tele o miraba sus conferencias para saber lo qué usted estaría pensando. Debo confesar que su forma de llevar las mañaneras me resultaba curiosa. Era, sí, como estar en otro país, en otro tiempo. Las cosas por diferentes no dejan de ser positivas. Uno debe mirarlas a diario con ojos nuevos, con ojos sabios. Finalmente es lo que queríamos, ¿no? Algo distinto, movimiento, un cambio radical. Lo hemos tenido y no lo hemos tenido. Se ve y no se ve.

En donde más se nota el cambio es en usted, seño presidente. Usted que no es un político acartonado ni echa mano de recursos cosméticos para enmascarar su personalidad. Usted es como es, con su propio estilo y un ritmo que muchos consideran parsimonioso. El ritmo del sur. Yo sé cómo es eso, provengo de una familia veracruzana y he cruzado en carro desde Puebla hasta Yucatán.

Eso no debería de afectarnos. Su humor no tendría por qué referirnos a su trabajo. Ni su forma de hablar ni sus largas pausas. Yo he votado tres veces por usted por una suerte de romanticismo, porque entre la marabunta de hipócritas y de cínicos me pareció siempre un hombre genuino.

Sabemos que México está harto de violencia, de desigualdad, de esa corrupción obscena que sólo ha dejado avanzar a quienes participan de ella, sin embargo, México está que revienta desde hace muchos años, más de ochenta. Las quejas de los mexicanos son una variación sobre el tema y cada generación ha venido repitiendo que “esto ya es insostenible y no podemos más”, y pues nada; seguimos pudiendo y aguantando y viviendo en la zozobra, bailando bajo la lluvia (de agua y de balas) y sonriendo y quejándonos y llorando y mentando madres y adaptándonos a llevar una vida anfibia, a veces dentro a veces fuera del sistema… Esto no va a colpasar nunca porque cada muerte que sucede nos afecta un par de días, en lo que los titulares de los periódicos sacan un nuevo escándalo que distraiga nuestro asombro.

Su pueblo es un pueblo noble, bullanguero y aguantador. Nos educaron madres que así, aguantaban todo; que apechugaron las embestidas crueles de los machos, que callaban, le pedían a la virgen por sus vástagos y al día siguiente meneaban la cazuela. Somos hijos de la mala vida, quizás. Hijos de los héroes trágicos del cine de oro nacional, o para más fácil, y como decía Octavio Paz, somos hijos (todos) de la chingada. Pero no en la connotación bravucona, sino en el contexto de que venimos de una estirpe ultrajada, violada mil veces, de una madre omnisciente que tuvo que ceder, que aflojar los muslos a la hora de ser penetrada hasta llegar a creer que esa violación pudiera ser de un modo placentera.

México no le va a reventar en las manos a usted. Esa ocurrencia de declarar que habrá golpe de Estado es eso: una ocurrencia. Cómo lo va a haber ahora si no lo hubo cuando los sátrapas del PRI nos sodomizaron hasta decir basta, o cuando los monaguillos del PAN escondían sus excrecencias y sus morbosidades bajo impolutas sotanas Brioni.

No, don Andrés. Usted debería de agradecer que los mexicanos aun cargamos con el sino del “pégame pero no me dejes”, que los mexicanos tenemos un gran Edipo con la Matria. A cien años de la revolución aún no se nos caen los dientes de leche, todavía urgimos de la teta de un hermafrodita que se llama papá gobierno.

Ahora el poder está personificado en usted. Un hombre que es a todas luces distinto al resto de la clase política que nos ha puesto la pata en el cogote siempre, sin embargo, es triste comenzar a darse cuenta de que lo diferente tampoco está emparentado con lo mejor.

Vaya que en las charlas que sostengo a diario con personas de todas las filiaciones políticas he tratado de defender sus posturas. Me he molestado (no a nivel hincha) cuando las críticas hacia su persona se basan en frivolidades.

Yo sé, como todo el mundo sabe, que un cambio radical no se da en un mes ni en un año ni en diez, pero en los momentos cuando ha tenido usted que ser firme, autoritario, y todo esos atributos que le achacan, ha flaqueado, se ha equivocado, está usted demasiado contaminado con la historia de Madero, un héroe que para mi gusto y para el parecer de mucha gente pensante fue un personaje gris, menor, fantasioso, fanatizado, mojigato…

No voy a extenderme más. Lo que intento decir es que ahora veo sus mañaneras por morbo, y tristemente observo que usted no ofrece respuestas. Es evasivo, omiso, hasta irresponsable. Todos los días pasan cosas terribles en el país, cosas que a usted le conciernen, hechos de los que debería tener la película completa para esgrimir frente a la prensa, sin embargo, ¿qué hace? Se guarece en largas pausas, se agazapa en un silencio que nada tiene de zen, y sí mucho de ominoso, de lastimero.

Los periodistas que asisten a sus mañaneras parecen autómatas con guiones. Sólo a veces va alguien que le sepa al ajedrez y lo ponga en jaque. De nada sirve que usted salga todos lo días, muy temprano, y nos demuestre que es un hombre madrugador y disciplinado, si va a aparecer para decir que un accidente de reporteros es por que la gente debe de comer bien, porque la salud empieza por una buena alimentación. ¿Eso qué tiene que ver? Usted desgraciadamente no va a cambiar los hábitos de un pueblo adicto a la garnacha, no por que se quiera serlo, sino porque la fritanga es barata y los sueldos siguen siendo risibles.

Todos vimos en horario primetime cómo dejaron ir al hijo de El Chapo. Cómo el narco doblegó al Estado. Seamos claros: el narco se cogió al Estado. Fuimos la burla mundial, señor presidente. Y los expertos que usted ha empleado ofrecieron declaraciones que podrían convencer a unos cuantos: la más poderosa es quizás que al soltar a Ovidio Guzmán se evitó una masacre de civiles inocentes. Eso es comprensible si habláramos de hechos aislados, si por ejemplo viéramos que Suecia soltaron a un delincuente en aras de no generar caos. Pero acá ni es Suecia y estamos rodeados de hampones. Nos llenan de impuestos que acaban por ahorcarnos y no tenemos ni guarniciones dignas en las calles principales.

El mercado de las drogas, nos queda claro, genera más riqueza y empleos que todos los planes y programas laborales de empleos gubernamentales, sin tomar en cuenta que sus afrentas con las élites y los empresarios tienen en vilo a buena parte de la población. No hay líquido, no hay jarabe, no hay varo circulando por las manos, don Andrés.

Hace dos días mataron a nueve personas en Chihuahua, entre ellos niños, bebés de meses. Nadie dice que usted sea el culpable y nadie puede asegurar que los adultos que murieron no hayan sido una escoria. Hacer eso es regresar a las prácticas de achacarle los vicios privados a las personas públicas, sin embargo, lo que se espera de un líder, no sólo político, sino moral (como usted se ha publicitado) es fungir como un bálsamo para aminorar ese dolor, para que no se note la agonía.

Vivimos en el país que inauguró el así llamado Realismo Mágico, presidente. El mexicano es un ser sensible y chiqueón , si quiere verlo así. Somos reconocidos mundialmente por ser atentos, buenos anfitriones, por quitarnos el tequila de la boca para dárselo a los visitantes. Somos cálidos, mimosos, algo zalameros. Puede que esto sea equívoco y que por el exceso de confianza nos hayan visto siempre la cara de… paisanos. Pero es lo que somos históricamente. ¿Y qué está pasando? Que sus declaraciones no combinan con nuestras afinidades. Con el tema de la familia Le Barón se ha comportado más frío que un vodka ruso. Está usted cayendo en lo mismo que condenaba.

Temo decir que su “yo tengo otros datos” es el nuevo “defenderé al peso como un perro”. O su “ya estamos trabajando en eso”, es el nuevo “no soy la señora de la casa”.

Así pues, su gobierno anda volando bajo. Le está faltando a usted humildad y tacto. Y ni mencionar a sus fieles ovejeros, acólitos como Villamil que, tras la desgracia de los Le Barón, al día siguiente irrumpe en Twitter diciendo “Feliz Martes”, que vendría siendo los mismo que el “hoy es un día soleado” de Zabludowsky, pero en versión 4T.

¿De qué estamos hecho, presidente? Dígame usted de qué.

Atentamente,

Alejandra Gómez Macchia.

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