por Alejandra Gómez Macchia

Si el juego deja de ser divertido, lo más sensato es abandonarlo.

En momentos como estos, en los que el sentido de la vida (que realmente nadie ha sabido descifrarlo) es algo que sólo pasa en el presente, las esperanzas que ponemos en el futuro resultan ser casi siempre una engorrosa consecuencia que nos empuja desde la presión de un pasado feliz o quizás más glorioso.

Qué pasaría si en cada uno de nosotros no estuviera tan arraigada la idea de la deserción como una de las formas del fracaso o del conformismo.

¿Cuántos dramas nos ahorraríamos si apeláramos a obedecer el grito de nuestros cuerpos y nuestras mentes en situaciones que, en lugar de conducirnos a eso que nos han vendido como plenitud, nos precipitan a la bancarrota mental y emocional?

Pongamos ejemplos de primera mano: el político que ha caducado, y tiene la cola larga, se retira a tiempo a un auto exilio dorado en vez de aferrarse al poder y cometer atropellos cada vez más grandes que lo redireccionen a la cárcel.

O el funcionario al que le quedó grande la encomienda y no pudo confrontar una crisis sanitaria, pero, por ego y una visión distorsionada de sí mismo y el sistema, provoca un desastre de dimensiones apocalípticas.

Los actores que no dejan las tablas a tiempo terminan siendo caricaturas grotescas; sufren del ninguneo del medio infame y pierden, en el mejor de los casos, su reserva de dignidad.

Así pues, existen a quienes la muerte los asiste con su generosa capa y los premia con el misterio de un futuro que, al ya no ser, queda en suspenso.

Yo siempre he dicho que qué mal que mataron a Lennon, pero también estoy segura de que, para estas fechas, su imagen se nos hubiera derrumbado como un montón de piedras.

Vivimos en la época donde lo visual es absolutamente casi todo lo que necesitamos para alcanzar lo que creemos que nos llena.

Pregúntenle a la mayoría de los jóvenes de hoy en día qué es el éxito, y si saben contestar, la respuesta puede ser colocada en el archivo universal de la infamia.

La carga del pasado y la expectativa del futuro son la más eficaz manera de arruinar el presente.

No por ello hay que sentarse a ver el vacío o a mirar porno tailandés todo el día.

Tampoco debemos zozobrar por no haber nacido en un país con mejores circunstancias, sobre todo en el ámbito de quienes ponen orden y gobiernan.

Debemos, creo, reconciliarnos con nuestro entorno, no porque hayamos nacido aquí, sino porque es nuestro.

Asimismo, las cosas se nos facilitarían si, en vez de vivir aferrados a ciertos conceptos o modelos, hiciéramos una pausa para valorar si eso que nos imponen, no es lo que queremos, sino lo que no nos hace daño.

 

Hoy la estrella más grande la gimnasia, la estadunidense Simone Biles, decidió retirarse de la competencia, no por una lesión en algún músculo ni por capricho ni por incompetente; su explicación fue más simple, y por lo tanto, incompresible en un ambiente en el que la competencia es todo, en el que el poder que te da ser “el mejor” acaba por validarte como ser humano aunque tu interior esté hecho mierda: la salud mental.

 

Quienes hemos padecido algún tipo de trastorno de las emociones o ansiedad o depresión, etcétera, sabemos que no hay un lugar más oscuro y menos transitable que aquel en donde tu cabeza es colocada en el patíbulo porque a ella, a la cabeza, no se le permite sufrir.

La literatura y la lírica y los boleros y la televisión han sido los causantes de ese falso mito de que, en situaciones calamitosas, es el corazón el que llora.

Nada más falso.

Se ha romantizado la tiricia, la tristeza, la depresión. El estrés es una palabra que rueda en nuestras bocas diariamente, y a estas alturas hasta los perros y los niños lo padecen, y en ese tenor, lo que más abunda es la cura charlatana de aquellos que han hecho de la psicología y el estudio de la mente una moda como llevar pantalones de lino o camisetas de hemp.

Lo increíble es que, para este momento de la historia, en el que un tipo ya puede ver la tierra desde fuera si tiene la suficiente lana para pagar la tecnología, sigamos creyendo que quien se baja de barco es un pusilánime o un miedoso o un cobarde.

Inconscientemente, muchas veces al día elegimos ir a la derecha o la izquierda, seguir con un mal amor o dejar de escocernos la piel por él, tomar coca o agua de jamaica, vacunarnos o no, decir “sí puedo”, cuando no se tiene idea o viceversa… bajarse del parnaso olímpico cuando todo el mundo quería verte volar, o en un caso más sádico, sangrar y perecer.

Olvidamos que elegir es, necesariamente, renunciar.

Y que hoy más que nunca la vida obtiene valor, no por su extensión, sino por su buen uso.