por Alejandra Gómez Macchia 

Mientras escribo este texto estoy comiendo una crepa gigantesca (gluten mil) con Nutella (puro aceite de palma y porquería), y un capuchino preparado con leche normal; no deslactosada ni de almendra ni de coco. ¡Leche leche!, de esa que suele brotar de las ubres de las vacas.

Como verán mi dieta es alta en grasa y azúcares. La semana pasada me pude percatar que el 90% de los productos que consumo traen la nueva etiqueta que anuncia: “lo que usted está a punto de ingerir es basura”. Y sentí feíto, pero aun así me lo he ido comiendo. A mí me gusta esa basura, ¿qué le hago?

Todo en casa parece ser muy peligroso: mis cigarros traen horrendas imágenes de pies podridos, pulmones deshechos y fetos famélicos. Aun así no he podido dejar de fumar por más que la industria (que otrora te vendía los tabacos como lo más cool y viril que existía), hoy recule y diga que consumir su producto te llevará directo a las Puerta de San Pedro.

Pero no todo está perdido: en mi refri hay uvas, lechugas y fresas. Fuera hay plátanos y yerbas de olor para aderezar los platillos golosos manufacturados con la inmundicia etiquetada como venenosa.

A partir del COVID, la secretaría de gobernación y la de salud por fin asumieron que somos un pueblo con pésimos hábitos alimenticios; una banda enferma de diabetes, hipertensión y obesidad (qué notición).

Esto me ha atraído nuevas culpas. No por el hecho de ignorar que lo que como es malsano, sino porque esa chatarra no abona en nada a mi sistema inmune, hoy tan socorrido por todos en aras de no contraer coronavirus.

Soy una tipa completamente incoherente: por un lado quiero estar buenísima, pero mi despensa contiene más cocas que botellitas de agua.

Quiero no seguir enfermando de aprehensión, pero me lo paso leyendo a puros pesimistas, drogones y proto-suicidas.

Quiero no-formar parte de la estadística del COVID, pero no veo el momento de salir a un restaurante a atascarme de jabugo y tostas de angulas… así no se puede, ¿verdad?

Sin embargo, sobrevivo. Que no es igual que bien vivir.

Paso por un momento extraño, como todos, en el que ya no distingo entre lo que es una comedia y lo que es una tragedia. Una época plagada de ironías e insensateces, aunque muy nutritiva novelísticamente hablando.

La pandemia nos ha ofrecido un sinnúmero de historias, es un manantial de mierda y miel, según como se quiera ver o se quiera contar.

Ayer volví a escribir mi columna de opinión después de meses completamente estériles. Y no es que no pudiera escribir, más bien no quería, no me daban ganas, estaba explorando otro tipo de desfogue que no requiriera pensar. Así transitamos la vida los neuróticos, los obsesivos, los que padecemos más de un desorden mental no necesariamente diagnosticado.  

Mi familia jura que lo mío es en parte una impostura, pura invención, una pose sobrevenida de mis veleidades intelectuales, pero no; a mí no me interesa profesar el malditismo, es más, no me interesa que se me reconozca como escritora.

Si he publicado dos libros y tengo una revista es básicamente por dos razones: los libros han sido una serie de catarsis necesarias que los editores palomearon y vendieron. La revista me permite vender publicidad y vivir bastante holgadamente de ella. Fin del tema.

Últimamente me atrae más la fotografía que la escritura. Me engancho sobre todo de la imagen por encima del texto, sin embargo, ¿no es esa otra forma de escribir?

Cuando uno siente que está en la orilla del acantilado debe asirse de algo. Más los que no somos adicto al “alabaré” y otros rezos.

Conversar con el Dios de nuestra confianza es como remitirse al bar de nuestra confianza: tu bar puede ser más lujoso y chido y contar con las mejore bebidas espirituosas, pero no por ello mi bar es menos placentero de visitar: si a mí me gusta el marrascapache, si mi alma es en esencia un alma pulquera, el resultado será el mismo: colgarse de algo que nos genere placer para ahuyentar a los demonios internos.

Llevo dos meses sin beber una copa. Y otra vez regreso a mi familia: ellos juran que soy una bebedora de grandes ligas, ¡otro mito genial! El trago para mí es parte de la insuperable ceremonia de sentarse a una mesa en aras de conversar. Un accesorio, como un collar o unos lindos aretes que realzan el vestido.

A veces uno se cuelga hasta el molcajete y no por ello se ve mal; así con el trago: si estás eufórico y feliz, si quien comparte el vino contigo es un surtidor de historias, la cosa se pone barroca o churrigueresca, es decir, bebe uno de más. Punto.

El problema es que no es igual compartir el pan, el vino y la sal con un corrillo de camaradas a los que puedes abrazar, pellizcar, besar o echarles bronca, que hacer una fría tertulia vía Zoom en la que cada parroquiano empine el codo en solitario.

Lo mismo sucede con el sexo, con el amor, con las relaciones humanas.

Me parece tristísimo tener que establecer vínculos afectivos vía WhatsApp o textear cachonderías. Esto quizás es un problema generacional, ya que, por ejemplo, mi hija y sus amigas son de esa generación que han venido resolviendo todo vía internet: se conocen por ahí, se declaran su amor por ahí, se enojan y se contentan por ahí…

Mi cabeza había permanecido en un estado de gracia hasta el momento en el que se inauguró la Nueva Normalidad. Si no me equivoco fue en julio cuando se instauró.

Estoy consciente de que este es un proceso de adaptación y que tendremos que acostumbrarnos al cambio hasta nuevo aviso.

Lo malo es que, al ser bestias mutantes, la regresión a los antiguos ritos se me antoja también un poco complicada, pues los factores externos (economía, política, teorías de conspiración) están generando otras maneras (mucho menos aparatosas) de convivencia.

Hasta el día de hoy he sido incapaz de unirme a un festejo Webinar, por lo tanto me he ido aislando del mundo, que era algo con lo que había fantaseado muchas veces al percatarme que en el entorno pululaba una legión de inmamables.

Mi consumo “libre demanda” de Nutella, tabaco y carne es un placer que germina mejor en solitario dadas las circunstancias actuales, en las que la autoridad moral de los “transcendidos” que sí saben adaptarse a los cambios, nos coloca a los sensuales y a los bleeding hearts como una caterva de primates anacrónicos incapaces de asimilar ese término de moda (que antes era utilizado en el reino mineral y en el léxico de los ingenieros) llamado resiliencia.

Uff.

¿Es una comedia o es una tragedia?

El tiempo lo dirá.