San Pedro Cholula, circa 1993.

Llegamos a vivir a esta mágica ciudad provenientes de Tehuacán. Yo tenía once años, así que no me costó trabajo adaptarme al cambio. Sólo hubo una cosa que no podía reconocer como mía: la música que llegaba desde un paraje misterioso.

Mi padre nunca gustó de las cumbias ni de la música tropical; sólo la ponía en fiestas, sobre todo en año nuevo. Tony Camargo y su “Año Viejo” no podían faltar a la hora de matar el año. Mis tíos, los Macchia, se encargaban de sacar el plomo y echar tiros al aire a manera de ritual. A los niños nos arrobaba ver el espectáculo.

No recuerdo si en mis primeros años, en la casa de la 10 poniente en Tehuacán, llegué a escuchar el barullo de alguna fiesta patronal. Creo que no. No había iglesias a la redonda.

En cambio, San Pedro se erigía como uno de los pueblos más devotos del que yo tuviera razón. El mito dice que son 365 iglesias si borramos los límites entre San Andrés, Santa Isabel, Tonanzintla y Cuautlancingo, sin embargo, el dato es inexacto. No sobrepasan los doscientos templos, que no es poco. Pero suena impresionante y atractivo para apuntar en los libros: Cholula: la ciudad que tiene una iglesia (y una fiesta) por cada día del año. ¡El paraíso!… para los que anhelan ir a limpiar sus conciencias con un bailazo que puede que termine en trifulca. También es un negocio boyante para curas y mayordomos.

A los once años a mí me gustaba el rock; lo que mi papá llamaba “rock pesado”: Iron Maiden, Judas Priest, Poison, etcétera. Él me escondía los casetes que llegaba a comprar de contrabando; los ocultaba porque no entendía qué decían las rolas, ¡si supiera que muchas tonterías para adolescentes onanistas, y no versos satánicos!

Lo peor que pasaba al oír a Maiden era que te enterabas quién era Margaret Thatcher, asesinada utópicamente por la mascota del grupo: el inefable Eddie.

Por esa razón los domingos en casa papá ponía música barroca, del romanticismo, del clásico, hasta llegar a la vanguardia de la así llamada “música culta o de concierto”.

A mí no me desagradaba, pero a mamá le ponía los pelos de punta oír a Varèse un domingo a las 7 de la mañana a todo volumen.

Esa terapia de choque contrarrestaba, según mi jefe, mi mal hábito de consumir rock para mariguanos. Escuchar a Stravinski era nuestra homilía profana. Nosotros no íbamos a la iglesia nunca más que por la tarde a comer plátanos fritos o elotes de las ferias.

Cada fin de semana buscábamos esas verbenas para satisfacer nuestro déficit de carbohidratos.

Fue así como conocí ese otro universo acústico: el sonidero.

Entendí que aquel flujo lento de acordes que iban a un tempo descarrilado no era la falla de uno de los inmensos búferes que sitiaban las iglesias a la hora de sacar y pasear al santo. El sonido, que es verdad, comenzó en monterrey como una falla del equipo por usarlo tanto, encantó a los parroquianos y se convirtió en un estilo: las cholombianas.

Claro que en ese entonces yo no tenía idea de que en Monterrey había un movimiento contracultural de muchachos marginados adictos al cumbión lento, o a la cumbia rebajada.

Recuerdo que cada noche, lejos o cerca, llegaba hasta mi ventana ese  “pum cata pum” a 76 pulsaciones por minuto, en cuyos compases predominaban una caja rítmica de loops grabados y la voz del animador de la pachanga diciendo “botam bó tambó tambó” (tambor tambor) seguido del saludo público a algún licenciado priista que estuviera presente y que, por sentado quedaba, tenía mucho que ver con el patrocinio del oscuro ritual; lo que dotaba al barrio de una ambigüedad maravillosa, pues a la música (que si bien no estaba en escala menor), el tempo la hacía lúgubre y contrastaba con el elemento de luz y divinidad que movía a la banda para acercarse a los atrios y los jardines de las iglesias para castigar las baldosas con sus pasos.

El ruido se volvió pare de mi vida, y muchos años después, cuando conocí al maestro Julio Estrada (tótem de la música concreta en México) confirmé que el no existe ruido despreciable.

Las cumbias rebajadas formaron parte involuntaria de la banda sonora de mi adolescencia.

Fue llegando a la prepa que tuve la oportunidad de acercarme y conocer el fondo de esa subcultura de la mano de mi compañero Yin: un chico algo torvo y tímido, hijo de un conocido brujo polígamo llamado Jehová que tenía un castillo en la carretera a Tonanzintla, y fuera del castillo un león viejo y famélico.

Cuando llegamos a Cholula a vivir, la visita al castillo era una parada obligatoria para sentirnos parte de la comunidad. ¿Qué había dentro? Sólo hasta que conocí a Yin lo supe: treinta y tantas habitaciones y setenta baños (aproximadamente); muchas mujeres juntadas con el brujo y un titipuchal de hijos del sultán con sus concubinas. ¡Qué belleza, pensé, que alguien que se autonombró Jehovah, fuera un pecador de marca que rompiera con los cartabones sociales de un pueblo ultracatólico!

¿A qué se dedicaba el brujo? Entre sus múltiples actividades era dueño de un sonido para fiestas.

Yin era un chico moreno, chaparro, pero fuerte. Una joyita de barrio. Carne de monte, como se dice.

A mi escuela iba todo tipo de alumnos: desde el hijo del presidente municipal hasta los hijos de los señores de intendencia del propio colegio. Yin era, para ese entonces, una rara avis: exótica, un dirty boy . Desobediente y marginado por añadidura.

Los primeros meses Yin se “juntaba solo” en los recesos, acompañado sólo de su walkman.

Yo, curiosa natural, un buen día me le acerqué en un recreo, justo cuando lo miré a lo lejos ejecutando una suerte de brake dance, pero muy bizarro; con sus audífonos colocados en las orejas. Yin desveló sus talentos y sensualidad al mostrar un abdomen trabajadísimo a la hora de contorsionarse.

Lo observé como se mira un objeto raro, una escultura del paleolítico: con temor, excitación y zozobra. Cuando reparó en mi presencia se detuvo e intentó huir, pues como ya dije, a Yin lo precedía siempre su timidez. Lo perseguí y le pedí que me dejara escuchar aquello que lo hacía moverse de esa manera. Me miró de una manera amenazante (casi nadie se le acercaba por temor a ser víctimas de su padre el brujo, y porque se rumoraba que era súper chemo y mariguano… y  sí lo era).

Yo para él era una “pinche chica chic”: una morra fresita popular entre el grupo. Lo que no sabía Yin es que desde entonces poseía una fascinación por lo misterioso, por lo diferente. Así que antes de que pudiera negarse, le arrebaté el discman y pulsé “play”. Descubrí que lo que estaba bailando era una “rebajada”. Comencé a mover los hombros a lo tonto, Yin sonrío y dijo: “A la verga, morra, así no se baila eso, vete a tus fiestas del Señor Frogs”. Cambié el tempo. Volvió a reír: “Pinche Macchia, al chile eres muy cagada”, dijo. Me sacó los audífonos de las orejas y se fue caminando, hundido en sus pantalones cholos que dejaban ver la raya de sus rotundas nalgas trabajadas en horas y horas se bailar al ras del suelo.

No tardé mucho en pasarme al pupitre vecino de Yin. Creo que era la única interesada en su mundo. Poco a poco nos volvimos “compas” y en las tediosas clases de química y de moral hablábamos de música. Yo asocié de inmediato el movimiento “kolombias” con el hip hop, con el brake dance, con el post punk (por los pelos parados) y hasta con el reggae. La cadencia rítmico-melódica de las rebajadas era parecía al “dub” de los rastafaris, pesé, y lo confirmé el día que me escapé con él de pinta a su castillo y descubrí que uno de sus hermanos vendía indumentaria rasta y casetes de rocksteady.

El león había muerto de inanición, o quizás de vejez.

No llegué a entrar nunca al castillo, pero sí al local donde estaba el equipo sonidero.

A Yin le gustaba la mona, el flexo, el chemo, la mois y si había lana el micropoint. Tenía una banda de compitas con los que se juntaba a bailar brake y kolombias. Sabía todo sobre el movimiento, pero nunca se lanzó a Monterrey.

Gracias a Yin supe de los códigos de honor cholo. El por qué de su ropa: mitad gronchera, mitad, nigga… Y los símbolos: el lenguaje de los ademanes y hasta su propia heráldica.

Saliendo de la prepa, ni Yin ni yo recibimos el certificado porque debíamos tres materias. No nos importó. Sabíamos en el fondo que el papel importaba poco si se tenía pasión por lo que se hacía.

No lo volví a ver.

O sí: antier, cuando pulsé play a “Ya no estoy aquí”.

Vi a Yin en el papel de Ulises.

Y las kolombias me devolvieron a ese submundo poco comprendido porque va a 72 pulsaciones por minuto: al corazón agazapado y vapuleado del barrio.