Desde hace casi dos años, básicamente me dedico a vender. Vendo cosas que no sabía que la gente adquiriera. Yo, como cualquier mujer caprichosa, creía que lo mío era comprar. Y sí, vendo generalmente para salir corriendo a comprarme algo. A crédito o de contado, dependiendo de la urgencia que tenga para llenar algún vacío. Hay temporadas en las que gasto desmesuradamente; mis estados de cuenta están estrechamente ligados a mis estados de ánimo.

Estuve mucho tiempo castigada en el buró de crédito. Siete años para ser exactos. Me refundieron ahí, en esa prisión abstracta de los deudores, por algo que ni siquiera me pude poner. Algo que no pude calzar ni utilizar para verme diferente cada día. Fue Nextel la compañía que me lanzó al último círculo del infierno burgués. Es inaudito, por no decir una mamada, que, por usar tiempo aire, es decir tiempo nada, seas considerado un pequeño delincuente. Yo fui en ese entonces una primo-delincuente, y ni así me rebajaron la pena. Siete años sin crédito son como los mismos siete años de salación sin sexo en caso de no verse a los ojos cuando brindas. Un horror.

Hoy que decidí no levantarme de la cama porque estoy en huelga; abrí mi buzón fiscal y de inmediato lo cerré porque nada más de ver cómo te jode ese gordo mórbido llamado Fisco, deprime a cualquiera. Aún así, entre el primer café de la mañana y el tercer cigarro, me preguntaba cómo he conseguido ir más allá de la sobrevivencia siendo parte del club de los escritores excluidos por la mafia editorial. Me vale madres, dije. Finalmente, ya se ha escrito todo, o casi todo, y a mí no me toca llegar a ser quien descubra hilos negros ni nuevas formas de hacer del sufrimiento o el goce una bulimia. Pero luego recapacité y pasando revista a lo que he hecho los últimos años, cuando según yo me convertí en una mercader más, descubrí que lo que vendo no son anuncios de publicidad en mi portal ni planas de papel en la revista; ni fotos ni banners. Vendo palabras; ¿buenas o malas? Quién soy yo para juzgarlo.

Me detuve de nuevo en tanto veía un documental de Tom Waits. Recapitulé: no soy periodista, no soy reportera, no soy cronista. No fui a la facultad de letras ni entré a una sola clase de comunicación. Es más, terminé la prepa a empujones entre visitas al billar y borracheras en el cementerio de Chipilo. Cursé dos semestres de música, pero cuando llegué a las pruebas de solfeo me cacharon poniéndole letritas a las notas y me echaron. Entonces pedí esquina y piedad y me enviaron a expiar mis culpas a la biblioteca. Allí me dediqué un rato a acomodar libros, sobre todo religiosos y partituras. Las letras me perseguían como moscas de cantina. La actividad cesó cuando acabó el semestre y salí con mi domingo 7. Entonces fui mamá y ahí sí que tuve que educarme. Las letras y las notas siguieron sonando en mi cabeza por años y descubrí que las letras, cuando se juntan, hacen palabras, y las notas, música. Qué básico, ¿no? Pero para mí fue un despertar tardío.

Tengo amigos verdaderamente talentosos en las letras, en el periodismo y en la música, pensé, y de pronto me sentí un poco culpable porque ellos, a los que considero portentosos, andan luego picando piedra y se topan con toda clase de barreras con las que yo, quién sabe porqué, no me he topado.

Luego, regresando mi atención al documental de Waits, me confundí más. El tipo siempre fue un gran músico, un poeta maravilloso, pero sumamente complejo por experimental. No era fácil que la gente comprara a Tom Waits, sin embargo, logró encontrar una veredita dentro de la marginalidad que, por ejemplo, también encontró el escritor Raymond Carver en su momento, y el borrachín de Charles Bukowsky, pero él sí se volvió ultra famoso, a mi gusto en exceso, todo gracias a su malditismo y a que se volvió el estandarte de los aspirantes a escritores que creen que la dipsomanía es un atributo que se paga con la gloria.

Volví a repasar a mis cuates artistas. Los de verdad. Y sus historias personales me parecen dignas de dramas shakesperianos.

La mayoría tardó en aceptarme en su grupo porque les parecía demasiado fresa, demasiado frívola, demasiado poblana o qué sé yo, pero tarde o temprano me gané un sitio en sus respectivas bandas.

Lo que creo que pasa es que ellos nacieron en el país equivocado. La mayoría debió haber nacido en París o en Italia o en Suecia o en su defecto en Chile o en España. Pero no. Mis compas nacieron acá, en Puebla, la capital mundial de la hipocresía.

Después de escribir esto, pienso: ¿entonces seré yo una digna hija de mi tierra? No lo sé, sin embargo, lo parece.

Desde que inicié el proyecto de revista supe que no la tendría nada fácil porque mis paisanos no consumen temas culturales, les da hueva, prefieren aparecer en las revistas de sociales exhibiendo sus excesos y su buempedismo. Ahora bien, con el peso del sentimiento de culpa a cuestas, hojeo el último número de Dorsia y confirmo que no he caído en la tentación de retacar las páginas de fotografías con las fiestas de canastillas ni con las francachelas de los chavos… o sea que sí, finalmente resulta que vivo de las palabras. Palabras que, por cierto, no se cotizan mucho en el mercado negro del chayote o el tlacoyo.

Hasta este momento no sé bien qué soy ni para qué soy verdaderamente buena. He hecho de todo y todo me ha gustado, pero no tanto como para estacionarme ahí.

Hoy son las palabras. Ayer fue la danza y endenantes la música. Mañana inicio con el mundo de las imágenes: abriré un canal de youtube en donde entrevistaré no sólo a los políticos ni a los artistas visuales; también a mis héroes desconocidos.

Entonces, de dónde se pagan las cuentas de Liverpool y de los restaurantes; los zapatos y la colegiatura.

Termina el documental.

Ahora sé lo que vendo.

No es publicidad ni chayotes ni siquiera palabras o mentiras o verdades. Vendo al personaje que se dice escritora o periodista.

Somos lo que creemos que somos y lo que no creemos que somos también acabamos siendo.