por Alejandra Gómez Macchia

La abuela está sentada en su reposet.
La televisión está encendida.
La abuela ha pasado largos años viendo programas de nota roja.
Tiene una extraña afición por las tragedias, y sin que ella lo haya asumido, ahí hay una fascinación curiosa por la muerte.
La abuela –a los ocho años– encontró a su madre derrumbada en su habitación con la mirada vacía; la señora aún respiraba, sin embargo, estaba iniciando el proceso de desprenderse.
La vio morir desde un punto ciego del pasillo.
Luego sus hermanas acabaron por criarla.
Mi abuela huérfana de madre, a los 15 perdió a su padre; murió en los durmientes de un tren. En una estación de moscas, como diría Octavio Paz; pero lo hizo en plena sobriedad; lo suyo fue un accidente, el tren lo arroyó.
A la abuela no la ha tocado el sol desde que la pandemia nos encerró.
Ha hecho su vida entre cuatro paredes: de su cuarto a la sala, de la sala al cuarto.
Ve la tele. Nota roja.
Cada mes, desde que tengo uso de razón, ha llorado por los muertos de la agenda: ora Pedro Infante, ora María Félix, ora Juan Gabriel, ora Bisoño.
Ha enterrado a todas sus hermanas, y poco a poco fue seleccionando sus sufrimientos.
La abuela tiene la cabeza funcionando al cien.
Recuerda todo, y olvida a conveniencia.
Tiene sus afectos bien cimentados. A don Carlos, mi abuelo, el hombre que la amó y la sacó de quicio durante más de 50 años, prefiere no nombrarlo.
Sus pensamientos ahora se dirigen a esos que vio pasar entre los cafetales, las tías metiches y siete panzas: don Luis de Llave, don fulano, don zutano… Esos pretendientes que se quedaron en eso: en el proyecto de un “quizás”, en la danza nostálgica de los hubiera.
La abuela se refugió en la tele y las comedias para poder vivir una vida paralela, ajena a la que le arrebató la orfandad.
La abuela sabe bien que esa otra vida que existe en su mente –en este momento de agonía– tuvo que ser descartada, si no, de otra manera, no estaría hoy, 25 de septiembre, sentada en su reposet rodeada de sus hijos, preparándose para morir.
Morir como verbo, no como el sujeto que impone nuestra narrativa trágica: la muerte.
¿Por qué la consecuencia natural (y segura) del nacimiento no se nos presenta como un verbo (acción) en vez de ser un sujeto (gramatical) que se antoja como un espectro de capa negra y guadaña afilada?
Porque “la muerte” no tiene oposición, antónimo. Teniendo en cuenta que su contraparte es el acto de nacer (verbo). Porque el nacimiento no es sujeto, es precipitación, movimiento, ráfaga de luz.
La abuela tuvo un piernón de Tongolele.
Una cadera que fabricó siete seres humanos. Unos ojos azules y gentiles. Una mirada curiosa y morbosilla. Una piel blanca y tensa.
Hoy pude tocar esa piel y es como la última capa de la cebolla. Finita y transparente.
Toqué los huesos de los que viene mi linaje.
Los manguitos rotadores de las piernas de Tongolele siguen funcionando, sólo que han dejado de bailar.
Y los ojos de la abuela se abren ya muy poco, sólo oponen resistencia al umbral que vislumbra y que se niega a cruzar.
Si uno entrevistara a un bebé minutos después de salir del canal de parto, seguro daría una opinión algo desorientada sobre el viaje telúrico del oscuro, cálido y húmedo útero, a la fría y caótica realidad de las pinzas, los médicos y la luz artificial de un quirófano. Sin embargo, el trauma de ser expulsado sin remedio a la vida se le pasará en cuanto se prenda a la teta y conozca el placer.
Luego entonces, es bien sabido que lo contrario al amor no es el odio, sino el miedo. Por eso suena lógico que, si la vida empieza entre apapachos y besos, termine entre llanto y temor.
La abuela está participando del momento estelar de su vida, que no fue ni ser madre ni ser abuela ni la cándida y leal esposa de don Carlitos.
Asiste a ver desde una perspectiva inédita su propio desprendimiento entre dulces lágrimas y discretos tosidos.
Cuando alguien se muere de años y no de enfermedad, sabe que la maquinaria de su respectivo Dios se ha echado a andar.
Silencio… es momento que apaguemos la televisión de la abuela.
Silencio… la abuela está en agonía y esto es “el evento culmen de su ser”.
Eres afortunada, abuela, le susurré: le ganaste al reloj y nunca enterraste a un hijo o a un nieto, aunque Rafa y yo estuvimos bajo amenaza.
Asintió y dio un suspiro, pues es en la hora de la muerte en donde habita la única y unánime verdad.
Es el momento mas real de nuestra biografía porque estamos desnudos frente a todo lo que hemos recorrido, eso que dejamos atrás todos los días y se llama tiempo.
Aquellos que tienen la gracia de sentir su propia metamorfosis sin un cáncer que los coma, comienzan a ver ese otro mundo (el de los órganos, la sangre y las mucosas) con reconciliación y compasión.
Morir debería ser un gozo. Un alto honor poder ser el anfitrión a esta ceremonia de las despedidas.
Dicen los algólogos que nadie muere sin ahogarse.
Lógico, la vida está diseñada para llevar un orden y un programa espejo con el nacimiento: la criatura llora cuando se da cuenta que el agua se volvió aire, el anciano sufre porque el aire que lo llenaba se acaba ya.
La abuela me dijo hace unos días que no le duele nada, más que los años.
Judeocristianamente está teniendo la recompensa de los justos.
Ella que siempre dijo sí cuando en realidad quería decir no y mandar a la chingada a todos de vez en vez.
Cuando los alumnos de medicina comienzan a analizar su materia de estudio (el cuerpo) empiezan por lo primero que somos: huesos. De ahí va enredándose la cosa hasta llegar a la fineza de unos labios, la complejidad de un iris…
La abuela musita “ya no, ya no”. Es su mantra desde hace cinco días.
El agua ya no le pasa por la garganta, y aun así, sus uñas y su piel parecen no estar deshidratadas.
Conocí a mi abuela desde que nací.
Y la imagen más repetida en mi mapa mental es verla corriendo junto a mí, con sus tobillos fuertes de Tongolele trepados en un tacón puente, después de varios días de intento fallidos por arrancar, hasta que… un día a las cinco de la tarde dejé de oír sus pasos poderosos mientras gritaba: ¡ya vas sola, ya vas sola!
Y sin dejar de pedalear por primera vez esa bicicleta, la fui dejando atrás.
La agonía es un proceso natural que se nos ha vendido como la tragedia máxima.
Un limbo doloroso.
Y lo es, cuando lo que te mata es un cáncer, un odio o una enfermedad terminal.
Aún así, la agonía es  la otra esquina del alumbramiento: es la lucha por soltar lo conocido.
Y lo conocido, desgraciadamente, no es nuesro mundo interior, sino el cuerpo.
La abuela está ahora en su cama.
Va a esa patria desconocida de los sueños.
Está agotada de pasar revista a 97 años.
Piensa en la vida como un lugar que le aterra dejar.
Pero, abuela, abuela, la vida no es espacio; la vida es sólo tiempo.