Alejandra Gómez Macchia
Voy de regreso a México en un vuelo de más de 12 horas, y miro las nubes.
Tengo una obsesión con el cielo desde que soy muy pequeña: cuando mi abuela se cansaba de enseñarnos a andar en bici y cambiaba el juego: buscar las formas de esas masas blancas y densas que nos demostraban con sus cambios que la tierra se movía.
Sin embargo, aunque mi imaginación nunca ha sido corta, prefería no interpretar el remedo de elefante o a la ballena o a la serpiente que en ocasiones detectaban mis primos. Fantaseaba en lo habría más allá, pasando determinada altura: después del blanco y antes del gris.
Tenía a lo muchos diez años, y no tomé mi primer avión hasta que tuve trece. Pero a los trece me empezaron a interesar más los niños que las nubes…
Por eso ahora, mientras voy trepada en este avión que me lleva de regreso a casa, me sorprendo como si tuviera diez años de todo lo que pasa aquí arriba sin que nos enteremos.
Pienso:
Ojalá que en verdad los muertos subieran al cielo, pero el cielo es algo inaccesible para nosotros, el cielo (así como pensaba Elena Garro de la felicidad) es algo que no se alcanza en esta vida.
Esa cama infinita de abullonados algodones o de densas plumas, jamás podrá arroparnos; veremos siempre el otro lado de las nubes encerrados en una nave metálica con presión controlada.
Los aviones son un regalo que sólo mentes como las de Leonardo pudieron imaginar, y esbozar.
Desde arriba parece que el cielo es el mar lleno de icebergs fantasmas que desaparecen con el pico de la nave que los cruza.
La mirada de ave que se alcanza desde el vuelo, obra el milagro de que el cielo tenga un oleaje lento y espuma ingrávida.
Y nuestro mar real es un espejo negro impenetrable.
Y los ríos son estrías de la vieja madre que sacrificó su lisura para parirnos.
Desde este punto feliz de pedregales espumosos, nuestro suelo es inframundo.
