Cuando Janis Joplin firmó su primer contrato con Columbia, le dijo a Clive Davis, el productor: “bueno, ya cerramos; tú tienes a una estrella, yo una gran disquera… ahora es tiempo de irnos juntos a la cama”.

Davis pudo haberse ido al cuarto con la mejor voz femenina del rock; pudo habérsela tirado como sí lo hizo Leonard Cohen en el Hotel Chelsea (ocasión que dio pie a una de sus mejores canciones). Pudo haber abusado de su posición de poder y colgarse una medalla. Pero no lo hizo. El hombre era un profesional que conocía los riesgos de meter la polla en los negocios.

Clive Davis es quizá el empresario musical con el mejor oído de la historia, sin embargo, la música le llegó de rebote, como una de esas extrañas oportunidades que, de no tomarlas, lo hubieran llevado, quizás, a ser uno del montón. En su caso específico, un abogado del montón, pues Davis llega a Columbia Records al departamento jurídico, y no sólo eso, era un muchacho que poco o nada sabía de música.

De pronto, el rock se cruzó en su camino, ¿o él se cruzó en el camino del rock?, y al rock le hizo mucho bien que aquel jurista judío de poquísimo roce artístico fuera removido de área; del papeleo legal a crear estrellas.

Esto me recuerda una película maravillosa (La hora 25) en la que un padre que va a entregar a su hijo narcotraficante hace un alto en la carretera y le pinta dos frescos: si gira a la izquierda (para la comisaría) pasará años purgando sus crímenes… y será lo justo. Lo justo, pero terrible. Si gira a la derecha, se encontrará con una nueva vida, pero huyendo. Deberá cambiar su nombre, olvidar a los suyos, volverse otra persona. Quizás tendría hijos y una mujer que lo amara sin saber su pasado. En libertad, aunque con el peso de su consciencia a cuestas.

Se llaman decisiones. Y a partir de ellas, el mundo cambia.

Así pues, si Clive Davis hubiera optado por seguir arreglando asuntos de índole jurídica, la historia universal de la música sería otra. ¿Más afortunada, menos?

Nadie lo sabe.

Tal vez para los puristas la irrupción de Clive Davis en el showbizz signifó la tumba de ese sueño guajiro de perpetuar el rock.

El propio Miles Davis (el trompetista más virtuoso que ha visto pasar este mundo) tuvo que decidir en su momento entre morir en los clubes del jazz nativo o dar el salto a la fusión. El resultado fue un disco alucinante titulado Bitches Brew.

Escribo de Clive Davis como bien pudiera escribir de otros personajes que han estado detrás de los monstruos que vemos en la pantalla. George Martin podría ser otro, como la mano invisible que hizo de The Beatles un fenómeno. O como Quincey Jones.

Ser un cazatalentos no es un arte menor. Y aquí entra de nuevo el tema de la decisión. ¿Cómo saber si un artista podrá convertirse en un ídolo de masas?

Regresando a los puristas y a los puritanos, la figura de Davis puede llegar a ser una molestia, pues es sin duda uno de los catalizadores de la entronización del POP.

El pop, un concepto pésimamente traducido por las élites musicales, pues POP no es aquello que suena a basura, sino lo que se vuelve POPULAR.

La irrupción de Warhol en las artes pláticas fue el detonante. Su lata de sopa está muy lejos de las grandes obras renacentistas o impresionistas o surrealistas, sin embargo, el mérito de Andy no fue otro más que dejar nacer algo nuevo. ¿Malo, bueno? El arte es subjetivo como el hombre es subjetivo. Es mejor decir que el POP es lo cercano, lo que rompe y une a la vez.

A Clive Davis le debemos, por lo menos tres o cuatro generaciones, la banda sonora de nuestras vidas.

El hombre puso sobre el tablero a verdaderas artistas como la Joplin, Joni Mitchell, Lou Reed, Patti Smith. Revivió de las catacumbas a Aretha Franklin y a Santana. Sacó de las mazmorras de la coca a Miles Davis, y también, claro, nos regaló mucha pero mucha chatarra, que no por ser chatarra deja de ser rica (¿quién no se echa de vez en cuando una Carls Jr y la goza como si fuera caviar?). Papitas fritas como Kenny G, Ace of Base o los fraudulentos Milli Vanilli, y por su puesto a su trágica musa, Witney Houston.

Y en medio de este espectro que va de lo sublime a lo ridículo. Este coctel parecido a mezclar un single malt con una pacha de refino, habita una palabra mágica: elección.

Clive Davis dejó el derecho para volverse el oído más redituable del planeta.

Uno elige oír a Miles o a Puff Daddy.

Uno elige tomar a la derecha o a la izquierda.

La acción se ejecuta en segundos. Ser o no ser. Dejar o tomar algo. Ser fiel a nosotros mismos, aunque el otro de joda, o al revés. Meterse en problemas o no. Pasar a la historia como héroe o como villano. Como valiente o como cobarde. Como agradecido o como desafecto. Como exitoso o como paria.

Uno elige a diario apostarle sus canicas a la Pepsi o a la Coca Cola.

Y la elección estará hecha. Y al ser tomada voluntariamente, no hay de otra. Siempre la decisión tomada es la mejor. O al menos así nos parece.

O si no la mejor, es la que ya se puso en juego.

Janis Joplin estaba dispuesta a acostarse con Clive Davis para cerrar y abrir con broche de oro su contrato con Columbia.

Luego decidió drogarse hasta reventar.

C’est la vie.