Poco, muy poco sabía sobre la raza del perro que hace unos meses llegó a cambiar mi manera de ver la vida.

Suponía que el Bulldog francés era, evidentemente, algún tipo de mutación o de cruza o de engendrito del Bulldog inglés: el ejemplar de bestia mofletuda y arrugada que nos parece amistosa a simple vista, pues, como todos los gordos, generan en el ser humano una confianza casi inmediata.

No por ello debemos afirmar que todos los gordos son buenas personas. Existen gordos célebres que se volvieron célebres no precisamente por su bonhomía, más bien por una suerte de vileza, pero supongo que en el mundo animal los gordos son tanto más bonachones que los flacos por un mero asunto de velocidad. No es lo mismo ser atacados por un Dóberman que por un Sharpei o por el citado Bulldog.

El primer bulldog francés que conocí fue Chona, cuya dueña es mi amiga Enoé Gómez, hija de mi muy extrañada amiga Enoé González Cabrera.

Enoé madre amaba a los perros un poco más que a los humanos, ¡y vaya que mi adorada amiga quería a la gente!, por lo tanto la gente la quería a ella.

Nunca le presté tanta atención a Chona. Casi nunca estaba en casa. Los que sí estaban eran dos chihuahueños que se ponían nerviosos cuando perdían de vista a Enoé. También por ahí andaba un perro que parecía nube. No recuerdo qué raza era, pero se llamaba Yuki y en verdad ha sido el perro más blanco y abullonado que he visto. Creo que tenía padres de la realeza japonesa o algo así. O si no era hijo de algún miembro de la realeza, estaba educado como tal.

Yuki, aparte de parecer una nube con patas, era silenciosa, atenta y contemplativa. Estoy segura que hasta sabía comer con cubiertos y que le jalaba al baño.  

Luego de Chona, la siguiente vez que tuve un acercamiento al Bulldog francés fue cuando comencé a ir a clases de yoga con mi prima Julieta, quien tiene una mamá a la que nunca le han fascinado los perros como para tener uno. Por eso en cuanto Julieta se independizó y descubrió que los hombres son por general infieles y gilipollas, compró a Coco: un Bulldog francés albino que hoy por hoy es lo que se conoce como un perrhijo, y no sólo eso; Coco es el único can en el mundo que hace el saludo al sol por las mañanas y respiraciones de fuego por las tardes junto con su atlética madre.

Por mi vida han pasado varios perros: el primero fue un tal Jade que era un cocker spaniel como Flush, el protagonista de una de las mejores novelas de Virginia Woolf. Pero a Jade mi madre acabó por regalarlo porque me robaba las galletas y me jalaba del pelo cuando yo sólo tenía dos o tres años. Más adelante hubo otro Jade que suplió al primero (mamá no se complicaba con el nombre y usaba Jade porque incluía las iniciales de cada uno de los miembros de mi familia, ¡qué karma!). El segundo Jade era un french poodle al que todos le decían “el niño perro”. Fue el primer animal que mi papá quiso en su vida. A mí no me caía bien porque tenía la nariz más respingada que yo y porque se cogía a mis peluches. Me daba un poco de asco ese perro, pero terminé queriéndolo cuando me cuidó como un perro fiel el día que me quitaron un ovario y el apéndice a los 17 años.

En el 2002 llegó Chucha. Yo no la bauticé así. Fue mi primer esposo quien lo hizo, cuando no era todavía mi esposo ni me alucinaba. Me la regaló después de que un día se fue por los tabacos al Oxxo y no volvió sino hasta un mes más tarde (sin tabacos ni coleta) .

Más que un labrador, Chucha fue la nana de mi hija Elena. Era la nana gorda y morocha que todo hijo de un franco canadiense decimonónico anhelaba tener. Mi conexión con Chucha fue especial pues parimos el mismo día: yo a Elena y ella a nueve cachorros: cinco negros y cuatro chocolates. El padre de los niños de Chucha era un portentoso labrador negro que llegó, la montó, le enseñó el paraíso, la preñó y huyó. Aún así, Chucha no le guardó rencor.

Las perras son felices porque no tienen memoria.

Esa fue la gran enseñanza que me dejó Chucha y la practico hasta hoy.

Cusca es una westie, una cazadora, una leoncita que debería estar tan blanca como la nube de Enoé, sin embargo, su instinto depredador la ha hecho meterse siempre a los terrenos más fangosos. Cusca era horrible cuando llegó; hasta pensé que era un solovino. Cusca se cruzó con quién sabe quién y tuvo a Pía, que hoy por hoy se llama Minú.

Fueron mis compañeras durante siete años. Les encanta comer cochinillo y jabalí.

Pía sigue siendo virgen y conserva una inocencia peculiar. Sufrió un accidente al nacer y se quedó mentalmente en la tierna infancia. Es nerviosa y chillona. Para muchos puede ser castrosa, pero es leal y solidaria como pocas. Cusca y Pía hoy forman parte de la estadística de los perros que se quedan con el padre tras la separación. Las veo muy poco, pero sé que están en un buen lugar y son felices en su inmenso jardín.

Termina acá el recuento de los perros que habían pasado por mi vida hasta el año que acaba de terminar.

No sé bien su fecha de nacimiento, pero todo parece indicar que nació en septiembre (librana como yo), sin embargo, fue a principios de noviembre cuando conocí al bulldog francés que hoy me tiene hundida en la depresión porque simplemente no está. Ya no la veo correr de la escalera hacia mis pies con una esfera hurtada del árbol.

Su papá la bautizó con el nombre de Lizzy. Es negra y tiene una mancha blanca que le cruza el pecho.

Cuando vi a Chona y a Coco no me pareció que la raza fuera esencialmente bonita: son perros chatos y chaparros  (no tanto como Pugs), medio gorditos y arrugados (no tanto como sus ancestros los ingleses). Pensé que no me gustaría tener uno porque me recordaban a algún miembro de mi familia… es más, cuando dejé de ver a Cusca y a Pía juré que jamás volvería a encariñarme con un perro ya que uno sufre más por los perros que por los hombres cuando se enferman o cuando se escapan o cuando se mueren (esto último lo dice y lo sabe mi abuela).

Sin embargo, y sin pensarlo, llegó Lizzy. No a mi casa, no a mi vida; sino a la casa y a la vida y a la perrera de mi pareja (y sabemos que como buenas mexicanas, lo que llega a la casa y a la vida de nuestros hombres se vuelve inevitablemente parte de nosotras).

Lizzy inmediatamente se convirtió en el foco de atención de todos los que frecuentamos la casa. Su rostro indescifrable, mezcla rara de temor y candor, nos sedujo. Todos la cargan, todos se dejan morder por ella, todos la quieren manosear y torear.

Como bien sabemos, los perros acaban pareciéndose a sus dueños, y Lizzy sabe quién es el macho alfa en su vida. Basta con que papá la llame con un tono más alto de lo habitual para que baje las orejas y se le brinde en cueros. Con él aprendió a comer aguacate, a chupar hielos con un poco de vodka, conoció la milanesa de las tortas del «Tío Perro» y hasta sabe que, si se empacha, las gotas homeopáticas del Moro la sacan del entuerto. Está aprendiendo a redactar oficios y es una joven promesa del derecho. En una de esas se vuelve una perra haciendo amparos. La Lizzy es una digna hija de su padre. No le teme a los malandros, gruñe cuando algo le desagrada, es amigable con la banda y tiene sus reservas con los que identifica como miembros de su misma especie.

Yo jugaba con la perrita cada vez que iba a visitar a su amo. Veíamos películas de gánsters juntos y nos la peleábamos para ver con quién se acomodaba mejor. Justo hace un mes me la traje a casa de vacaciones.

Cuando llegó, debo aceptarlo, tuve que lidiar con el hecho de recoger las excrecencias a cada hora. Lizzy posee un excelente metabolismo, lo que sería maravilloso si yo tuviera un jardín.

Con el paso de los días y la convivencia, la negrita del lucero al pecho se fue ganando un lugar no sólo en mi corazón, sino en mi estancia, en mi sillón y en mi cama.

Rápidamente se volvió adicta al tallo de mis tacones. En menos de quince días rompió veinte pares de medias. Devastó todas las orillas de las mesas. Se tragó las obras completas de Borges y Ray Carver con un hambre voraz que ni los lectores más entrenados pueden presumir.

Aprendió a reconocerse en el espejo y se hizo aficionada a las selfies. También se graduó como bailarina de un solo hit.

Antes de dormir se le mete un conejo y salta sobre los cojines, siempre con la amenaza latente de mearse sobre la colcha. Los dientes le han crecido como alfileres y su lima favorita es mi brazo.

La noche antes de año nuevo decidió que mi celular le robaba cámara y lo hizo pedazos provocando una crisis mediática en casa.

Una vez que satisfacía sus ansias de juego, se metía dentro de las cobijas como le enseñó papá y se iba directo a atacar mis pies como última opción para echar desmadre. Luego, cuando las luces se apagaban, surgía de entre las sábanas como un pequeño espectro y se me instalaba tiernamente bajo el mentón. Entonces la besaba sin parar y ambas nos quedábamos dormidas, compartiendo el mismo sueño, el mejor.

Pasamos juntas la noche vieja y el arranque del año nuevo. Solas las dos, bebiendo un vino  sin esperar que dieran las doce.

Nos acompañamos durante la ausencia de papá. Lo extrañamos mucho y concluimos que nuestras vidas estaban incompletas sin él.

Hoy el plazo se cumplió.

Volvió nuestro Ulises sin un solo rasguño, y bailamos y le movimos la cola en señal de alegría. Pasaron las horas y de pronto él dijo: gracias por cuidarla, ya me la llevo.

Confirmé que me había enamorado de ella y que al despedirnos un vacío enorme se abriría en la casa aunque mida escasos treinta centímetros y no ladre tan fuerte como yo.

Mientras escribo esto, ya empiezo a extrañar sus ojos atónitos color avellana.