Por Claudia Luna

Hace un par de días escuchaba a Camila, mi hija, platicar con sus amigas. Todas están en sus veintes y discutían acerca de sus inquietudes diarias. Mientras las oía, me veía en ellas a esa edad, mis molestias y aspiraciones eran bastante similares a las de las jóvenes de hoy. Me importaba sobre manera lo que los otros pensaran o hablaran de mí, incluso imaginaba que yo era el centro de su atención cuando, de seguro, estaban ocupados con otros asuntos o espantando sus propios miedos. También me molestaba que mi cuerpo no fuera perfecto y tenía identificadas mis zonas defectuosas: las caderas, la nariz y, por supuesto, nunca estaba lo suficientemente delgada. Como ellas, pasaba demasiadas horas en el imposible “hubiera”, en el tiempo que no fue ni será: “le hubiera dicho”, “hubiera ido”, “si tuviera”, “si fuera” y así sucesivamente. 

En efecto, a los veinte, la mente es como una casa de locos donde nadie sabe lo que sucede. Todos hablan lenguajes diferentes, pero ninguno se da cuenta porque nadie escucha a nadie. Buscan algo con desespero aunque realmente no saben qué es lo que están buscando. Pero como no hay mal que dure cien años, eso también pasa y a partir de los cuarenta, las cosas se empiezan a aclarar. 

Con el paso de los años, te percatas de lo rápido que corre la vida y de que la única forma de que no se te escurra entre los dedos es estar metido en la propia piel y parado en el ahora. El “hubiera” desaparece cuando uno abraza con fuerza el hoy y lo mismo pasa con los pensamientos que en la juventud eran como una cascada vigorosa y caían de golpe. Al paso del tiempo, se transforman en un lago sereno. 

Entre las muchas ventajas que obtuve con el paso de los años, hay una que atesoro: entendí que sólo yo soy la fuente, la causa de mi propia vida y de lo que ahí acontece. Antes estaba lista para responsabilizar a tutiribunda de lo que me sucedía. Lo que me dejaba como barco sin motor en medio de un rio embravecido. En otras palabras, la fiesta era buena si la gente que iba era divertida y simpática, la conversación era interesante si mi interlocutor era entretenido. Suena lógico, claro que suena lógico, pero no es así como en realidad funciona. Hoy sé que yo puedo hacer de cualquier fiesta o conversación una ocasión memorable, una vez que te das cuenta de eso, las posibilidades sólo se multiplican. 

Claro, el culpar a otros, por los males que me acometían, no se limitaba a las fiestas y a las conversaciones. El mal se extendía como un pulpo y llegaba a las personas que más amaba y con las que vivía. Carlos, mi marido, era mi blanco favorito. En ocasiones lo veía como a un salvador y, en otras, se convertía en el malvado de la película.  

Entonces, un día luminoso aprendí otro truco: el del uso de los paréntesis. En el pasado, cuando discutía con Carlos, las peleas eran a muerte y había que encontrar una solución y, claro, a un culpable. Hoy sé que a veces, muchas veces, no hay solución y que no existen los culpables. Hacer un paréntesis no significa que no exista una diferencia, tampoco quiere decir no mirar el desacuerdo o cerrar un ojo. Hacer un paréntesis significa que, a pesar de los desacuerdos, puedo regresar a dormir por la noche con las piernas enredadas entre las de mi marido. Esto suena fácil, pero cualquiera que viva o haya vivido en pareja sabe que no lo es tanto, aunque sí es muy efectivo. Para que el paréntesis funcione debe hacerse de común acuerdo. En otras palabras, un paréntesis es un oasis dentro de un campo de guerra. La mayoría de las veces que he logrado entrar de la mano de mi marido, la batalla ha perdido interés. 

Pero, bueno, para los que no estén muy convencidos de los beneficios que se adquieren con los años, existe la promesa de mi gran amiga Patty. Ella asegura que los cincuentas son los mejores porque, a partir de ese momento, uno puede hacer y decir lo que le venga en gana. Es como obtener un pasaporte para hacer tu reverenda voluntad y, según asegura, nadie lo verá fuera de lugar. En caso de que alguien lo haga, será problema únicamente del observador. Eso a mí no me suena nada mal.