Por: Mario Alberto Mejía

Se tardaron 25 días, pero al fin lo hicieron.

La Fiscalía General de la República hizo el trámite que debió haber hecho desde el jueves 11 de abril, cuando la magistrada del Vigésimo Séptimo Circuito, con sede en Cancún, resolvió que el Juez Segundo de Distrito se había equivocado al negar las cuatro órdenes de aprehensión que ponían en posición de jaque mate a los señores Mario Marín Torres, Kamel Nacif Borge, Adolfo Karam Beltrán y Juan Sánchez Moreno, acusados de torturar a la periodista Lydia Cacho.

Un trámite sencillo se volvió complicado por las más extrañas razones.

(Es como si un viaje en tren de Apizaco, Tlaxcala, a Buenavista —en la Ciudad de México— se convierte en un viaje tortuoso en barco de Transilvania a Londres, con todo y ratas ansiosas por saltar al mar).

Inexplicable, sí, la tardanza operística —en do mayor— de una Fiscalía que nos vendieron como buena, bonita y barata.

Ya se vio que buena no es.

Menos aún bonita.

Y la única b que cumple es la de barata.

Muy barata.

O muy cara.

Depende del cristal con que se mire.

El caso es que, ufff, por fin ya hay tres fichas rojas de la Interpol circulando por el mundo, en aras de aprehender a los inaprehensibles.

Uno de ellos, por cierto, andaba hasta hace unos días en La Calera, fraccionamiento que alguna vez fue de lujo y que fue abaratado —como la Fiscalía— por manos que acabaron con el entorno imitador del Pedregal de San Ángel.

La diferencia es que éste tuvo a un brillante Luis Barragán diseñando y construyendo sobre piedra volcánica, en tanto que La Calera sólo tuvo dinero y especulación en su piedra inmobiliaria.

En fin.

Más allá de las naturales sospechas, por fin la Fiscalía soltó las fichas rojas, con una demora que un jugador consumado en todos los casinos del Mundo —como Kamel Nacif— jamás hubiera perdonado.

En tres patadas, el “héroe, chingá” de esta película —que sigue filmándose para envidia de Cuarón— hubiera acabado con el de las fichas rojas.

Total que, más allá de las naturales suspicacias, los presuntos torturadores de Lydia Cacho ya tienen de qué preocuparse, pues sus rostros —maquilados en papel barato en oscuras imprentas— recorrerán el mundo civilizado con la leyenda de “Se busca”.

Nada grato para tanto ingrato.

La duda mata nuevamente:

Y el que mandó a Marín de vacaciones, ¿ya regresó de su letargo?

Es cuanto, señores del Jurado.

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Una Puntualización

Me aclaran que en las tiendas Sale Vale no venden alcohol a menores de edad.

Para ese fin, juran, hay cámaras que vigilan a los empleados.

Ese filtro —insisten— es imposible de burlar.