por Carlos Meza Viveros

“No escribas como periodista lo que no puedas sostener como hombre”

Francisco Zarco.

El sistema jurídico mexicano, en su ley de prensa y ahora en la ley reglamentaria del articulo 6º constitucional (un bodrio para dar atole con el dedo a los afectados en una nota o comunicado o cualquier trascendido que desdore su honor o su imagen), contempla el derecho de réplica, ¡una verdadera paparruchada!

Si bien todos los que se dedican a la comunicación tienen derecho a publicar, externar y compartir opiniones respecto a personajes públicos situados en el escaparate social, las declaraciones, comentarios y aseveraciones dirigidos hacia esas personas, en múltiples ocasiones derivan en trascendidos falsos, impertinentes e inexactos; violentando así los derechos inherentes a la personalidad y causando un daño grave al patrimonio moral, imagen, buena fama, honor y vida privada, en suma, a la dignidad. De tal suerte que desatendiendo los cánones del periodismo internacional al difundir hechos falsos (fake news) parcialmente analizados e investigados con fuentes controvertibles y sin los alcances ni medios necesarios para conocer la verdad. Como muestra basta un botón: los recientes esputos emergidos de la boca de Loret de Mola –descendiente de una estirpe que no da nada para enorgullecerse– al lanzarse inocuamente en contra del diecror de la CFE… y aquí en Puebla también pululan pseudo periodistas que no hacen mas que reptar y medrar con la noticia.

Huelga decir que, quien esto escribe, ha tenido la oportunidad de demandar y defender asuntos relacionados con el daño moral que surgen cuando las expresiones de quien ofende trascienden en violación al honor, la imagen y la fama pública, cobijándose –equivocadamente– en una supuesta  libertad de expresión arbitraria y por demás conveniente para aquel que injerta el veneno. En efecto, las improntas del Constituyente de Querétaro, al crear el artículo 6  de la Carta magna, no representa una patente de corso para que panfletistas, pseudo periodistas, o remedos de reporteros puedan ofender, dañar y/o cercenar la honra de las personas a través de bulos salidos del guano de su pluma o de la ponzoña de su lengua viperina.

Recuerdo los procedimientos por daño moral que enfrenté contra un periodista de un medio local en defensa de Armando Prida; único procedimiento en el que asesoré al empresario dueño de SINTESIS -ningún otro-.

El fallo en la actualidad porta el carácter de “Criterio Relevante” y emanó de un amparo que hice valer en términos del artículo 107 fracción IX del que  conoció la primera sala de la SCJN, y del que amablemente hace referencia el ministro retirado, Ramón Cosío, en un libro de criterios relevantes, y es así como mi amigo se ocupa de la relatoría de “Los maricones y puñales”, asunto que, por su trascendencia, dio la vuelta al mundo dándome la oportunidad de ser invitado a dictar diversas conferencias en México y el extranjero.

Cómo olvidar el juicio por daño moral que defendí en contra del viudo porcino Lozano Alarcón, que alardeó con traer a “trapazos” en los tribunales a don Manuel Bartlett, a quien defendí. Juntos le propinamos una tunda  jurídica y judicial, pese a ello, el probóscido  aporra-pianos no ceja en su estéril afán de seguir ofendiendo vía twitter (única tribuna con la que cuenta) después de que su dulcinea lo abandonó, pues bien dice que cuando la pobreza entra por la puerta, el amor escapa por la ventana.

Volviendo al tema de los chayoteros metidos a periodistas (sin serlo), bien les vendría una buena dosis de lectura que les hiciera entender que “la libertad de expresión” no es hermana siamesa de la impunidad, y que no pueden extorsionar a sus victimas con trascendidos, no sólo falsos, sino impertinentes y pésimamente escritos (además). Si acaso estos especímenes dejaran de engrosar las filas del analfabetismo funcional, sabrían que la constitución no reconoce el derecho al insulto y sí la protección de la imagen, y que la noticia veraz es el único vehículo para que el lector interesado en los acontecimientos noticiosos.

Partiendo de esto, es necesario recordar que las redes sociales hacen uso de lo que se conoce como “ el mercado de las ideas”, al que todos tenemos derecho a acceder… Ser comunicador es un privilegio de unos cuantos, de quienes aman el periodismo y no la ofensa gratuita oprobiosa. Por otro lado, aquellos que actúan con la vileza propia de los mercenarios de la información,  merecen una sanción por causar daño moral, pese a que hayan camuflado en actos simulados; me refiero al uso de prestanombres sobre los bienes que adquirieron a punta de una cutre actividad de gatilleros a sueldo, ora en pasquines, ora en imágenes publicitadas en espectaculares regalados por sus patrones, desde la miserable condición de quien actúa con todo el dolo posible en contra de su víctima en turno.

Las palabras edifican el verbo, por lo tanto el discurso suele ser el estandarte de un movimiento, de una generación, de una realidad. Determinar los origines del derecho de réplica requiere una ardua tarea; quizás el primer contacto se dio en aquel lugar de cual provenimos todos: la Hélade de Grecia: cuna del diálogo y movimientos filosóficos que contemplaban la disparidad de ideas, pero no la descalificación de espíritu. El paraiso de las ideas, no de ideologías; luego entonces, surgieron los movimientos Asamblearios, mismos en los que la pasión política desbordaba (la Boulé), y la necesidad de disentir expresamente, convidaba a los presentes a externar su discrepancia de forma directa. Este no es nuestro caso, por desgracia, pues acá no es Grecia ni estamos rodados de pensadores o de sabios, sino todo lo contrario; vivimos rodeados panfleteros mindundis e ignorantes, carentes de un ápice de inteligencia e incapaces de hilvanar un discurso que pueda ser materia de réplica. ¡No lo merecen!

Ante este escenario sobreviene la necesidad de llamar la atención de estos personeros del mal que se han enriquecido obscenamente desde una inmoral actividad “periodística”, cuando en realidad son la escoria de la comunicación poblana cuyo contenido se reduce a la ofensa palurda y a la publicación de imágenes oprobiosas y lamentables, lo que se traduce como  “la satanización de la verdad”. En suma, personajes escatológicos a los que pronto veremos en capilla judicial negando los hechos como lo habré de documentar en su momento. Ellos saben quienes son y nombrarlos me resulta vomitivo.

Un consejo más: si les quedó el saco, suban de talla. Al fin que nuestra gastronomía es rica en lípidos y carbohidratos.

¡Lo digo sin acritud, pero lo digo!