por Alejandra Gómez Macchia

Vivo en un mundo de hombres, es decir, estoy rodeada de ellos. No sé por qué, pero desde niña preferí la compañía y la amistad de los varones. Me sentía más en confianza. Siempre ha reinado la camaradería entre ellos y yo. Mis amigos, a la fecha, siguen siéndolo; no así las mujeres: conservo pocas amistades femeninas. Creo que de una u otra manera he acabando huyendo de ellas por intrigosas, sin embargo, las respeto. Miro sus respectivas vidas desde el escaparate de las redes: la mayoría son hoy profesionistas o madres. Se ven felices (quién no se ve feliz en Facebook). A muchas de ellas, de mis compañeras de antaño, me las he llegado a topar en tiendas o en restaurantes y hemos quedado en vernos. La cita nunca llega. Quizás porque yo no doy pie a que llegue. No contesto el teléfono o bien, cuando me lo dan, no lo guardo. Aun así, aunque no me interese tener contacto con las chicas de mi clase, les deseo lo mejor y me duele si algo malo les llega a pasar.

Las mujeres con las que conviví cuando me convertí en esposa y madre, me decepcionaron profundamente. Todo iba bien mientras fui “la esposa de” “la mamá de”. Mientras llevaba una vida lujosa sin sobresaltos; una vida ordinaria de señora que habita en un campo de golf (que es algo parecido a una jaula de oro, pero jaula al fin) todas me querían, me confiaban a sus hijos (o más bien me los iban a endosar a las clases de pintura que daba para deshacerse de ellos unas horas durante la tarde). Ahí sí era “la miss buena”, muy alineada al sistema de “señoras que no”: que no se quejan, que no se salen del guión, que no avanzan ni retroceden, que no debaten, que no comen y que no cogen.

No a todas les pasa; tengo claro que no todas las damas son tan vacuas ni tan conformistas, y existen muchas que hasta la fecha conservan a sus amigas de infancia. ¡Felicidades!, a mí me hubiera gustado tener una amiga así pues no tuve una hermana, sin embargo, las amigas que hice en mi veintena (cuando era una señora respetable que vivía en su casa con su marido y su hija) desaparecieron en cuanto decidí que tenía que salir de ese mundo que me estaba resecando el alma y la voluntad.

Todas ellas, las amigas del club de golf, eran igual o peor de infelices que yo, pero todas, casi todas, se tragaban su orgullo y se lo pasaban por el cogote dando gruesos tragos de bilis y frapuchinos. Así estaban mejor, decían. El mundo exterior al suyo era un espacio ignoto y peligroso lleno de tentaciones que, de tomarlas, podría llevarlas al acantilado. Vaya que en ese momento intenté relacionarme con esas mujeres para tratar de adaptarme a la vida que llevábamos en común, pero por más que intenté y que de un modo las veía como el mejor ejemplo de lo que no debería de llegar a ser, no pude. Un buen día tomé mis cosas, escribí una carta de agradecimiento a mi marido, a mi casa, a la vida… y la enterré bajo el durazno que yo misma había plantado. Luego cerré esa puerta que con tanta ilusión abrí siete años antes y supe que jamás volvería. Una vez más, el problema no era ni mi hombre ni el perro ni el carro, el problema era yo misma. Alguien me hizo rebelde, y en cuanto sentí que el aire me faltaba, salí corriendo.

Creía que aquellas mujeres con las que conviví durante años eran mis amigas. Creí que sabrían entenderme. Creí que aplaudirían mi decisión de evadirme de mi propia prisión. No fue así. Apenas supieron que me fui, que había dejado de ser una de ellas –una más en la estadística de la vida doméstica y acomodada– hicieron escarnio de mi reputación. Por un tercero me iba enterando de los comentarios que se daban en medio de las clases de cocina y pintura, que era el espacio propicio para hacer garras a las disidentes. Yo fui la que inauguró la segunda generación de tránsfugas del “happy place”, la primera había sido una cuarentona que dejó a su marido banquero y se fue con un jipi treintón que conoció en Palenque. Ya se imaginarán cómo la deshicieron. La libertad, y sobre todo, la felicidad, es un crimen imperdonable en las sociedades aburguesadas.

Me volví entonces en una especie de Madame Bovar; sólo que yo no regresé al pueblo para morirme de tiricia como sí lo hizo otra mujer que a la postre dejó al marido alemán (por aburrido y monomaniaco) y al fracasar, volvió al nido de víboras. Sobra decir que su dignidad quedó reducida a escombros porque tuvo que llegar a ofrecer una serie de explicaciones ridículas para justificar su delito. Ser feliz enoja a las damitas bien. Hay que ser igual que ellas, hay que uniformarse de abulia e insatisfacción para que te amen.

Esa vez fue la segunda que intenté abrir mi círculo de amistades a las mujeres, sin embargo, no hubo manera de satisfacerlas. Hoy sigo teniendo más amigos hombres y he sido afortunada puesto que jamás he sido objeto de su brutalidad. Nunca. Al contrario, en ese club de Tobi, casi siempre yo soy Tobi.

Con esto no intento manifestar que odie a las mujeres. Hacerlo sería un despropósito porque soy una de ellas y tengo madre y tengo hija y dos amigas a las que amo. Admiro a muchas mujeres a la distancia, aunque no las tolere. Aunque no las entienda. Y como cualquier ser humano que tiene sangre en las venas, me afecta la violencia de las que somos objeto.

A mí, afortunadamente, no me ha tocado ser víctima de ningún hombre. A mí las mujeres son las que me ha intentado joder la vida, pero aun así, no les deseo más que sanen su mente de tantos prejuicios.

En un texto anterior expuse lo que creo y no creo sobre los nuevos feminismos. Me faltó decir que no creo en la igualdad, puesto que cada uno somos seres únicos. Somos diferentes entre mujeres, somos diferentes por raza, por las maneras de haber sido educados, por cultura. Somos diferentes: las vaginas, como los copos de nieve, son todas distintas. Ya ni hablar de nuestras diferencias con los hombres: es un asunto elemental de caracteres sexuales. Ni sentimos igual, ni nuestros procesos químicos se parecen.

Confundimos igualdad con equidad.

En la equidad sí que creo, pues el término significa “repartir de forma proporcional lo que cada uno necesita, ni más, ni menos”. Volvemos al debate de siempre: la guerra entre hombres y mujeres, como entre hombres y hombres ha tenido una sola raíz: el poder. Un pequeño o gran poder. Poder desde lo doméstico o poder a gran escala. Poder sexual para dominar al otro.

Dentro de esa concepción, todo se pierde y se pervierte cuando uno abusa, cuando el sentido de lo justo se extravía entre la mar de negociaciones o de imposiciones.

Por mi trabajo he podido ser testigo de innumerables injusticias, y las más –es evidente– recaen sobre las mujeres.

Hoy vemos las cifras de muertas, de desparecidas, de secuestradas, y es verdaderamente alarmante. Da miedo ser mujer en estos tiempos. Da terror salir a la calle pensando que igual y ya no regresaremos.

Lo más terrible de todo es que la confianza es actualmente una flor en peligro de extinción. ¿Qué le pasa a nuestros hombres? ¿En qué momento han dejado de amarnos y comenzaron a despreciarnos hasta llegar al punto de no medir la magnitud de la tragedia si ese odio sigue y sigue alimentándose?

Feminicidio es un término que aborrezco por lo que implica; la coronación de la máxima estupidez masculina sobre la desventaja que ha acarreado históricamente el hecho de tener tetas y vulva.

Ahora bien, al recordar los pasajes desastrosos de las amigas con buenas conciencias del club de golf, irremediablemente me llegan a la mente las imágenes de cómo esas madres cuervo criaban a sus hijos varones. En pleno siglo XXI esas señoras que se llaman a sí mismas “personas de buena cuna”, engendraban monstruos a pequeña escala. Uno de ellos, supe más tarde, estuvo implicado en el secuestro y el asesinato de una de sus compañeras de escuela.

Bajo esta premisa me atrevo a decir que el fenómeno del feminicidio no sólo mana de una fuente con falo y testosterona: tiene como cómplice indirecta a una de nosotras: la madre, que no escatima esfuerzos en hacerle creer a su cerdito que es un rey y que ninguna muchacha lo merece. O la señora que por codependencia neurótica se queda al lado de un patán que la golpea a lo cuanperro y acalla su dolor a tarjetazos.

Como casi todos los conflictos que acaban en tragedia, la causa no es responsabilidad exclusiva de una parte del conjunto. Las mujeres también matan y nos sepultamos unas a las otras con una espada letal como la del ángel del apocalipsis: la violencia empieza por la lengua.