por Alejandra Gómez Macchia 

La primera vez que escuché la palabra serotonina fue un día en el que corrí y corrí a lo largo del circuito de mi fraccionamiento y una mano omnisciente y providencial me llevó a tocar la puerta de una vecina que era psiquiatra.

Eran las once de la noche, sin embargo, como yo iba poseída no reparé en la imprudencia de la hora, así que me precipité a tocar, la vecina abrió, le hice un resumen de mis tormentos y dijo “vente mañana a medio día, ahorita ya es tarde para que te atienda”.

Nunca llegué más puntual a alguna cita. Voluntariamente me acerqué a la loquera porque simplemente ya sentía que se me estaba yendo gacho la olla. Lloraba por todo, tenía pensamientos obsesivos como repetir la palabra “cuchara” antes de dormir sin parar, lavaba las baldosas con cepillo de dientes y de pronto también pasaba a estados de euforia repentina.

Después de volverle a explicar las razones por las cuales llegué a pedir posada a su portal, la psiquiatra me habló de la depresión, del trastorno bipolar, la serotonina, los chochos que mandan los médicos para equilibrarte la cabeza, etcétera.

Salí enriquecida de la charla. Digamos que me gusta aprender y que ese es básicamente el mejor estimulante para mí.

Me dijo que con base en la entrevista que tuvimos tenía dos opciones: medicarme inmediatamente o tratar de regresarme al centro de la tierra con terapias sin fármacos.

Mi primer pensamiento fue que lo que más deseaba era desaparecer ipso facto mis manifestaciones de manía y mis llantos repentinos, sin embrago, la serotonina tarda unas semanas en empezar a surtir efecto, así que de todas formas iba a tener que esperar para arrancarme ese hueso de pollo que traía perpetuamente atorado en la garganta.

Me decidí por lo segundo: empecé a ir a terapias psicológicas puntualmente en las que fui sacando todo el cochambre que se había acumulado en mi mente y fue asunto de un par de meses vomitar mis demonios en lo que las cosas mejoraron.

El proceso para salir de los fangos de la depresión fue largo. Yo creo que desde el día en el que fui a tocar la puerta de la psiquiatra hasta que pude respirar sin sentir que me ahogaba y que ya no lloraba al ver los anuncios de Tía Rosa y la palabra “cuchara” desapareció de mi cabeza, transcurrió un año.

Lo que más me ayudó, sin duda, fue bailar y escribir.

Me metí a clases de danza africana y esas clases me devolvieron el ánimo y las ganas de levantarme. Mi cuerpo se puso fuerte, mi cabeza recibía las vibraciones del tambor con agradecimiento y las coreografías requerían de toda mi concentración para poder cacharlas.

De pronto, una tarde, me vi liberada de ese maldito espectro que no te deja pensar y te coloca sin pedir permiso un velo como de ala de mosca entre el mundo y los ojos.

Desde ahí entendí que la depresión es un tema complicado dadas nuestras respuestas a la negación del hecho. Parece que uno no sabe de dónde viene, por qué llegó, para qué, sin embargo, cuando se revisa a conciencia el archivo muerto de la choya, ahí están las razones, ocultas entre polvo añejo, baleros, Barbies y canticos infantiles.  

Mi necedad y mi profundo deseos de no medicarme pudieron llevarme fuera del atolladero, o eso creí durante largo tiempo de remisión del trastorno. Pero sé que hay personas que sí requieren la intervención con pastillas permanentemente para hacer menos angustiante el infortunio de transitar un mundo que les queda chico. Yo no quise hacerlo porque de una u otra manera me daba miedo penetrar en ese camino: soy muy proclive a las adicciones y temí colgarme del Prozac cuando según mi terapeuta aún estaba a tiempo de saltarme ese paso.  

A 18 años del incidente “corre, Lola, corre”, el encierro producido por la pandemia ha desencadenado en mí algunas alteraciones psicológicas. O duermo mucho o  casi nada, mi metabolismo cambió, la ansiedad se me disparó al cien y hay días en los que se me agudiza el pesimismo. Y no, la depresión nos se «quita» con la simple voluntad de levantarse o mediante los sabios consejos de los amigos felices. Quien la padece lo único que quiere es no ser juzgado como «ingrato con la vida» por su posición. Al deprimido eso lo hunde más pues, además de sentirse del carajo a causa de una falla en los neurotransmisores (orgánica) ese tipo de intervención familiar-buempedista sólo abona en acumular culpas. 

¿Será hora de salir a tocar de nuevo la puerta de mi vecina?

Quizás sí.

Quienes ya hemos pasado por estas rachas sabemos reconocer el susurro de aquel espectro. Su denso vaho se siente muy cerca de la piel. Y en este punto sólo hay de dos sopas: o te avientas del tobogán con valor espartano hasta besar el polvo o frenas el impulso y buscas la forma de genera o comprar su equivalente en costosos comprimidos.