por Alejandra Gómez Macchia

 

Creímos que podíamos cambiar, pero no es verdad.

Paso revista a tuits, artículos, columnas y textos al azar en redes sociales. Hace dos años estaba por alcanzarnos la realidad: el virus llegaría en avión, era inevitable.

Llegó, y por momentos parecíamos escépticos de su letalidad y, aunado a las falacias del doctor muerte Gatell, la mayoría no vio que la cosa iba en serio y que para mediados de año todos tendríamos un muerto cercano.

Facebook era la sección más nutrida de crónicas largas del horror. Twitter un remedo de plana de epitafios breves.

2021 llegó con la promesa de la salvación. El año vacuna, el año en el que una nueva legión de imbéciles apareció para cuestionar con sus teorías reptilianas y conspiranóicas.

Muchos de esos necios murieron, como el pez, tragándose sus palabras. La vacuna no es infalible, pero por lo menos evita que te vayas de vacaciones a una unidad de cuidados intensivos.

Hay niños que no conocen las escuelas porque les agarró la pandemia justo cuando estaban en la edad de ingresar; son niños dubitativos, hoscos, nerviosos, que evitan más que nunca el contacto con otros seres de su especie. Mientras, la salud mental de casi todos se ha visto trastocada: los matrimonios entraron en crisis con mayor rapidez, se agudizaron los golpes, así como las infidelidades vía virtual.

Cuántos dobles frentes desaparecieron por falta de aire, de espacio…

Y llegamos en safe a este nuevo año bisagra, en donde, según los expertos, la infección viene por los que faltan. Mucho más en países como el nuestro en donde hay un daltonismo crónico que hace ver amarillo al rojo y verde al anaranjado (hablando de semáforos sanitarios).

Estamos en la segunda semana del año y la historia se repite con una precisión de cirujano: Twitter vuelve a ser un periódico mural de esquelas. Lo único positivo que abunda en este valle de optimistas Jodorowskianos son los resultados de las PCR.

¿Y qué pasó con los que ya vivimos el trauma hace un año o dos? Los que, en medio del periodo de incubación y el pase casi obligatorio por la tormenta de citocinas juramos que, de salir vivos, cambiaríamos de hábitos, comeríamos mejor y viviríamos como si fuera el último día?

Nada pasó.

No generalizo, pero en mi caso y en todos los casos que conozco, tras abatir el long covid y superar (no al cien) las secuelas, regresamos a ser los mismos, sólo que un poco más dañados, más envejecidos y desconfiados.

Hablo en primera persona: viví en pánico desde que el 20 de noviembre me contagié, me arrepentí de todos los cigarros que me fumé desde los 15 años cuando vi el tamaño de neumonía que amenazaba con matarme, sufrí horrores el alta y al darme cuenta de que mis capacidades físicas no volvieron a la normalidad me volví la clienta número uno de mi doctor porque cada mes siento que el monstruo ha vuelto. Ahora soy la misma, pero con más neurosis, y algo peor: la misma con los mismos vicios, sólo que con una respuesta menor a la hora de que mi cuerpo se defienda.

Uno cree que el hipocondríaco es hipocondriaco por temor a morir, sin embargo, ya tengo mis dudas, el hipocondríaco no le teme a la muerte, sino a la vida, y por eso busca a toda costa el dolor y la enfermedad; para guarecerse en sí mismo y en el supuesto remedio, y así poder culpar a la ciencia por ser falible. Los hipocondríacos como yo somos muy parecidos a los cristianos o católicos a ultranza: vamos a misa creyendo que expiamos nuestros pequeños crímenes, pero una vez que la ostia pasa por nuestra garganta, salimos al atrio a desear a la mujer de nuestro prójimo.

Los hipocondríacos como yo somos conscientes de nuestros pecados: sabemos cuántos cigarros nos fumamos, cuántos pozoles de cabeza nos comimos en septiembre, cuántos contenedores de alcohol hemos bebido en nuestra vida, y queremos que el santo niño doctor y san Tafilito nos redima.

¿Cuántos enfermos de COVID conoce usted que, en plena crisis, prometió cambiar si salía de esta?

¿Y cuántos cambiaron?

Somos una calamidad.